Panamá: pasado, futuro, territorio

Panamá: pasado, futuro, territorio

Guillermo Castro H.

 

 

En Panamá, la decisión de crear una nueva provincia en la ribera Oeste de la vertiente Pacífica del Canal, aprobada como Ley por la Asamblea Nacional recientemente, ha suscitado diversas críticas. Inicialmente, lo fundamental de esas críticas se ha enmarcado en las mentalidades correspondientes al viejo orden establecido en Panamá entre 1903 y 1979. Tales cuestionamientos, en efecto, hacen referencia a problemas legales – cambios en documentos de identidad, símbolos patrios, etc. -; administrativos – creación de nuevas burocracias, mayor gasto improductivo, etc. -, y conflictos de pequeña política municipal, como la disputa por la nueva cabecera provincial entre los distritos de Arraiján y La Chorrera.

Otros planteamientos – como los del antropólogo Orlando Acosta sobre los riesgos que el nuevo ordenamiento conlleva para la gestión de la cuenca del Canal, sin embargo -, se corresponden con las mentalidades que empiezan a tomar forma a partir de la entrada en vigencia del Tratado Torrijos – Carter. El Tratado, en efecto, abrió paso a la incorporación del Canal a la economía interna de Panamá, potenció así la transformación del Corredor interoceánico en un complejo de transporte multimodal, y sentó las bases para establecer y desarrollar en ese Corredor toda una plataforma de servicios al comercio global.

Ese proceso sigue en marcha mediante una diversidad de procesos que van desde la conurbación en curso entre las ciudades de Panamá y Colón por un lado, y de Chorrera a Pacora a lo largo del litoral Pacífico, hasta la ampliación del Canal, la construcción del nuevo puente sobre el Canal en el Atlántico, y – a partir de allí – la de dos carreteras estratégicas. Una, que irá de Colón a Centro América por el litoral Atlántico – conectando entre si las salidas al Pacífico ya existentes en Petaquilla, Calovébora y Rambala, y otra que irá desde Río Indio hasta La Chorrera, por la ribera Occidental del lago Gatún, atravesando la cuenca del Trinidad en su desembocadura.

No hay duda alguna sobre la necesidad de ir a un nuevo ordenamiento territorial que ponga orden en estas transformaciones – hasta ahora espontáneas en una importante medida, y mal articuladas entre sí -, limitando sus efectos más destructivos y potenciando los más productivos. Sin embargo, la creación de la décima provincia, tal como ha sido concebida por los personeros del poder legislativo, fragmenta aún más el territorio en lo político – administrativo, contribuye a la segregación de elementos cuya integración debería ser favorecida – como el complejo logístico Panamá – Pacífico y los principales puertos asociados al Canal-, y terminará por elevar innecesariamente los costos de operación del Corredor Interoceánico, disminuyendo la competitividad de Panamá en el mercado global de servicios logísticos.

Si de cambios se trata, lo sensato sería promover y facilitar aquellos que contribuyeran a relacionar armónicamente entre sí la organización natural del territorio, con la organización territorial de la economía, mediante una nueva organización territorial del Estado. En la práctica, el Corredor Interoceánico ya abarca un conjunto de actividades que tienden a integrarse en un espacio común: el propio Canal, con su área de operaciones y toda su cuenca; los componentes del sistema de transporte multimodal y de la plataforma de servicios globales, y las ciudades que acogen a quienes trabajan en las diversas actividades que se llevan a cabo en el Corredor – que, según cálculos del economista Rubén Lachman, generan el 50% de la riqueza nacional.

Ese conjunto tendrá que se organizado eventualmente en una provincia del Canal, estructurada con el valle del Chagres como eje, y que abarque, en el litoral Pacífico, el sistema conurbado que va de Capira – Chorrera al Oeste, a Pacora en el Este; en el Atlántico, lo que va de Río Indio al Oeste a Portobelo al Oeste de la ciudad de Colón; el Corredor propiamente dicho, con la ciudades de Panamá al Sur y Colón al Norte, y la Cuenca del Canal, finalmente integrada en un marco político – administrativo adecuado a su gestión integral.

Esto, naturalmente, terminará por generar transformaciones en el conjunto del territorio nacional, en la medida en que facilite la generalización de las correspondencias entre la organización natural del territorio y la organización territorial de la economía y del Estado. La discusión de esas transformaciones – que estarán asociadas por necesidad a la multiplicación de vías de comunicación interoceánica que ya está en curso – requeriría un planteamiento separado.

De momento, dos tareas esperan por la labor de nuestros intelectuales, incluyendo a aquellos dedicados a tareas de dirección en las organizaciones sociales y económicas que hacen parte de nuestra sociedad civil. Una consiste en encarar críticamente las consecuencias de enfrentar los problemas del siglo XXI con la mentalidades del XIX. La otra, en iniciar las tareas de imaginación bien fundamentada que demanda poner en relación entre sí el enorme potencial de nuestra población y nuestros recursos con los desafíos y oportunidades que nos ofrece el mundo que emerge del proceso de globalización.

En esto, como en tantos otros temas, quizás tengamos que esperar a que pase lo que entre nosotros pasa por ser un campaña electoral, para poner sobre la mesa, finalmente, los problemas que realmente van a definir nuestro futuro. Con ello, habremos dado un paso de la mayor importancia por abrir paso a la verdadera renovación política que nuestro país demanda ya con tanta urgencia.

 

 

 

Algunos errores útiles

1875: “algunos errores útiles”. Proteccionismo, libre cambio y camino propio en José Martí

Guillermo Castro H.

 “No estriba el amor patrio en afianzar la libertad:

estriba en labrar un pueblo en que la libertad se afiance”

José Martí [1]

1875 ha de haber sido un año extraordinario en aquella forja de sí mismo que fue la vida de José Martí. Cabría imaginarlo, quizás, como el año en que el metal fundido salió de su horno de origen en busca del molde que le diera utilidad y sentido plenos en el servicio a los pueblos de que formaba parte el suyo. Y ese primer momento de búsqueda tuvo lugar en el mejor escenario imaginable: México, donde la Reforma Liberal había generado las expresiones más intensas del conflicto entre reacción y progreso que allí vendría a desembocar en aquella peculiar síntesis– ilustrada por la convivencia bajo tutela estatal del cientificismo positivista y el catolicismo ultramontano – que encontró expresión política en la dictadura de Porfirio Díaz entre 1876 y 1910. Ya después sería Cuba el yunque, y el Partido Revolucionario Cubano el martillo que le darían a Martí su forma y su estatura definitivas.

En México, además de reunirse con su familia al regreso de su exilio en España, Martí recibió una cálida acogida en un grupo de jóvenes intelectuales liberales de clara orientación democrática, y de un patriotismo que buscaba caminos hacia el futuro en un mundo que tendía a organizarse en una comunidad de Estados nacionales. El país emergía entonces de un prolongado y devastador período de guerras por la Reforma Liberal y contra la intervención extranjera. Su economía estaba en ruinas, y dependía sobre todo de la exportación de metales preciosos para abastecerse de bienes de consumo indispensables.Esa situación fue sintetizada en los siguientes términos por Martí en su columna de prensa para la Revista Universal:

“Se elabora, se extrae, se cultiva.

Lo que se extrae, va decayendo; lo que se cultiva, no va aumentando; lo que se elabora, sofócase y debilítase en la competencia que lo extranjero viene a hacerle, y que por sus timideces o impericias no puede nuestra industria sostener. La economía ordena la franquicia; pero cada país crea su especial economía. Esta ciencia no es más que el conjunto de soluciones a distintos conflictos entre el trabajo y la riqueza: no tiene leyes inmortales; sus leyes han de ser, y son, reformables por esencia. Tienen en cada país especial historia el capital y el trabajo: peculiares son de cada país ciertos disturbios entre ellos, con naturaleza exclusiva y propia, distinta de la que en tierra extraña por distintas causas tengan.”

Y de tal panorama – de una manera que llegaría a ser característica de su reflexión social y política -, concluía Martí lo siguiente:

” A propia historia, soluciones propias. A vida nuestra, leyes nuestras. No se ate servilmente el economista mexicano a la regla, dudosa aun en el mismo país que la inspiró. Aquí se va creando una vida; créese aquí una economía. Álzanse aquí conflictos que nuestra situación peculiarísima produce: discútanse aquí leyes, originales y concretas, que estudien, y se apliquen, y estén hechas para nuestras necesidades exclusivas y especiales.”[2]

Un mes antes, ese razonamiento había sido precedido por un análisis de los orígenes del problema en el que encontramos elementos que recuerdan del debate contemporáneo sobre las consecuencias socio-ambientales y económicas del neoliberalismo en nuestra América. Decía Martí entonces:

“La tierra es perpetua: séanlo las fuerzas que a vivir de la tierra se apliquen. Fuerzas constantes y productoras, elementos creadores, industrias transformadoras de los elementos que hoy existen. Nada pone la manufactura extractiva en lugar de lo que arranca. La industria fabril crea y transforma, en cambio, de un modo siempre nuevo productos fijos y constantes, en los que se asienta el verdadero bienestar de una nación.”

Y añadía: México “no es útilmente rico”, pues “su riqueza comenzará a ser útil al país, cuando pueda aplicarse en beneficio de él mismo, y no haya de llevarse fuera de la patria en pago de las más sencillas necesidades materiales y domésticas.”

De eso deducía una conclusión que seguramente asombró entonces, como quizás asombre hoy. Frente al dogma liberal de la libertad de comercio, propuso lo que recomendaría 16 años después en su ensayo Nuestra América: entender ”que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas” [3], lo cual en el caso de México en 1875 significaba comprender que

“Cuando perturbaciones y errores anteriores han alejado de su cauce natural a un país, sucede frecuentemente que necesita este para su bienestar la comisión de algunos errores útiles. Ordena la economía, por más que hiciera bien en limitarse a aconsejar, que sea franco y libérrimo el comercio de todos los efectos extranjeros.”

Y concluía entonces:

“Utilísima es para un país formado la libertad absoluta de comercio: ¿es de la misma manera útil para un país que se forma? La libertad comercial es, a más de conveniente, justa. Cuando han constituido la vida de un país injusticias esenciales, ¿no será todavía necesario el cumplimiento de injusticias transitorias? El comercio libre es bueno; pero realizado en nuestro país, extinguiría en su nacimiento las abandonadas industrias nacionales.

Fuera impolítico y erróneo cerrar hoy los puertos a los efectos extranjeros: parece necesario limitar su introducción con derechos relativamente crecidos; pero sólo una manera se ofrece de destruir la vacilante situación actual de la riqueza: la competencia es esta manera única; la competencia que no podrá establecerse con los arbitrios generales de la hacienda, que la misma manera gravan al efecto de consumo que se introduce, que la instrumento de trabajo que nada debería pagar.” [4]

Aquel debate se prolongaría aún hasta octubre de 1875. El día 9 de ese mes, el joven Martí lo situaría en una perspectiva más general y más precisa a un tiempo:

“Luchan perpetuamente en la vida social los dos principios generadores, el de la dominación, todo error; el de la libertad, todo nobleza. En economía política aquel se llama proteccionismo; este se llama libre cambio. Pero ¿es de inteligencias que se estiman, dejarse arrastrar por el sistema aprendido? Una razón sana debe estudiar el conflicto y encadenar a la justicia práctica la simpatía prematura.

Hay un medio seguro de no errar en el sistema general: estudiarlo en sus casos particulares. El sistema hacendario de México es abigarrado y confuso: consiste en no tener sistema. Cada doctrina tiene en él sus triunfos; pero de esta mezcla de residuos no puede resultar una conducta franca y lógica.”[5]

Ante tal situación, dice Martí, debe adoptar la doctrina mejor, que debe adaptarse, hade ser aquella “cuyos frutos alcanzan a una clase más numerosa.” De allí pasa al ataque a la doctrina del proteccionismo. “He ahí”, dice, “el patriotismo de los proteccionistas: la ganancia del fabricante sobrepuesta al beneficio de la gran masa de la patria.” Por contraste, dice, es “indiscutible” que la industria nacional “está interesada en el libre cambio”, si entiende que tal industria “no es el provecho de algunos industriales aislados”, sino “el desarrollo progresivo de las fuerzas trabajadoras de la nación, aplicadas a la elaboración de sus productos.”

Y añade:

“El proteccionismo ahoga el comercio; no alimenta el interés de las naciones extranjeras, que se alejarán de nosotros por la inutilidad de sus relaciones mercantiles. Privaríamos de vida a los puertos, y arrebataríamos a nuestro pueblo naciente el medio de colocarse por la imitación y el trato mutuo a la altura de los países formados.

El libre cambio atrae a los pueblos extraños; nos dan sus productos baratos, y abren mercados a los nuestros; nos dan de su vida, en cambio de lo que contribuyamos a la suya. Vivirán nuestros puertos, y nuestra civilización se afianzará.

El patriotismo consiste en procurar el mayor bien para el número mayor.”

 El debate entre protección y libre cambio, por supuesto, no era nuevo en 1875. Así, por ejemplo, en enero de 1848, Carlos Marx – a sus 29 años -, había pronunciado en una sesión pública de la Sociedad Democrática de Bruselas su Discurso sobre el Libre Cambio, en el que concluyó lo siguiente:

“No creáis, señores, que al criticar la libertad comercial tengamos el propósito de defender el sistema proteccionista.

Se puede ser enemigo del régimen constitucional sin ser partidario del viejo régimen.

Por lo demás, el sistema proteccionista no es sino un medio de establecer en un pueblo la gran industria, es decir, de hacerle depender del mercado mundial; pero desde el momento en que depende del mercado mundial, depende ya más o menos del libre cambio. Además, el sistema proteccionista contribuye a desarrollar la libre concurrencia en el interior de un país. Por eso vemos que, en los países donde la burguesía comienza a hacerse valer como clase, en Alemania, por ejemplo, realiza grandes esfuerzos para lograr aranceles protectores. Para ella son armas contra el feudalismo y contra el poder absoluto; son para ella un medio de concentrar sus fuerzas y de realizar el libre cambio en el interior del propio país.

Pero, en general, el sistema proteccionista es en nuestros días conservador, mientras que el sistema del libre cambio es destructor. Corroe las viejas nacionalidades y lleva al extremo el antagonismo entre la burguesía y el proletariado. En una palabra, el sistema de la libertad de comercio acelera la revolución social. Y sólo en este sentido revolucionario, yo voto, señores, a favor del libre cambio.”[6]

Todo esto es del mayor interés en nuestra circunstancia contemporánea. Desde circunstancias y perspectivas distintas, y para propósitos diferentes, Marx y Martí convergen en una postura afín con veintisiete años de diferencia. ¿Podría alguien en su sano juicio sustentar que la postura martiana no era la más avanzada posible en la sociedad mexicano de su tiempo: apoyar a un libre cambio destructor del viejo orden, frente a un proteccionismo que buscaba conservarlo? ¿Podría alguien, también, sostener que la alternativa a los desastres del libre comercio neoliberal en nuestra América sea el retorno a alguna variante desarrollismo liberal proteccionista de las décadas de 1950 a 1970?

Hoy, como en 1875, el bien mayor para el número mayor. La economía que necesitamos es aquella que haga de ese criterio una prioridad para la asignación de recursos escasos entre fines múltiples y excluyentes, para asegurar el desarrollo progresivo de las fuerzas trabajadoras de nuestra América, aplicadas a la elaboración de sus productos. Para la señora Thatcher no había alternativa al neoliberalismo. Para nosotros, trascenderlo es la única alternativa.

[1] “Boletín”. Revista Universal. México, 14 de agosto de 1875. Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2000. II, 170.

[2] “Boletín”. Revista Universal. México, 14 de agosto de 1875. Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2000. II, 170 – 171. [cursiva: GCH] Era así evidente que la república democrática y equitativa a que aspiraba aquella generación de jóvenes liberales necesitaba ser próspera para llegar a ser. En aquellos debates cabe encontrar una de las raíces que, ya exilado en Nueva York, llevó a Martí a decir en 1884 que “Ser bueno es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre. Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno. Y el único camino abierto a la prosperidad constante y fácil es el de conocer, cultivar y aprovechar los elementos inagotables e infatigables de la naturaleza.” La América. Nueva York, mayo de 1884. VIII, 288 – 292.

[3] “Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república.”

“Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI, 20 – 21.

[4] “Boletín”. Revista Universal. México, 14 de julio de 1875. Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2000. II, 122 – 124.

[5] “Proteccionismo y libre cambio”. Revista Universal. México, 9 de octubre de 1875.

http://www.josemarti.cu/wp-content/uploads/2014/06/44.1-Proteccionismo-y-libre-cambio.pdf

[6] Discurso sobre el libre cambio. Pronunciado por Marx el 9 de enero de 1848 en una sesión pública de la Sociedad Democrática de Bruselas.https://www.marxists.org/espanol/m-e/1847/miseria/009.htm

Con Cuba en el mundo real

Estudien, los que quieran opinar…

Guillermo Castro H.

 

¿Qué significa para nuestro pueblo el 10 de Octubre de 1868?

¿Qué significa para los revolucionarios de nuestra patria esta gloriosa fecha?

Significa sencillamente el comienzo de cien años de lucha,

el comienzo de la revolución en Cuba,

porque en Cuba solo ha habido una revolución:

la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de Octubre de 1868.

Y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes.

Fidel Castro Ruz, La Demajagua, 1968[1]

 

 

El fallecimiento de Fidel Castro Ruz, la austera modestia que pidió para su memoria, la masividad inestridente y afectuosa de su funeral, y la elección del Cementerio de Santa Efigenia en Santiago de Cuba como su lugar de reposo final – en compañía de Carlos Manuel de Céspedes, Mariana Grajales y José Martí-, abren a debate, una vez más, el carácter y el alcance del proceso revolucionario que encabezó entre 1953 y 2016. Ese debate no puede ser planteado –ni siquiera imaginado- en los términos amorales, anacionales y finalmente ahistóricos que han venido a ser usuales en los años de hierro del neoliberalismo triunfante. Tales términos, en efecto, sólo permiten dar cuenta de mundos imaginarios, pero no del mundo real, donde persiste en ocurrir lo imposible una y otra vez, desde la elección del Papa Francisco en un extremo, hasta la del nuevo Presidente de los Estados Unidos, en el otro.

Los términos que reclama el debate sobre Cuba todo lo contrario de aquellos otros: éticos, nacionales, e históricos. Desde esos términos, por ejemplo, ha advertido Fernando Martínez Heredia que en Cuba viene ocurriendo un proceso socialista de liberación nacional. Ese proceso nace del rico y complejo devenir de la formación de la nación cubana, que se inicia a fines del siglo XVIII, ingresa de 1868 en adelante a una fase revolucionaria, que adoptó una forma liberal radical primero, otra demócrata revolucionaria a partir de 1895, y finalmente una socialista al alcanzar su fase culminante en las condiciones de desarrollo del capitalismo a escala mundial a mediados del siglo XX.

Aquella primera fase liberal radical encontró una clara expresión en los términos en que el joven José Martí emplazó a la Primera República Española – nacida en febrero de 1873, liquidada por un golpe de Estado monárquico en diciembre de 1874 – a aceptar el hecho de que Cuba había optado por conquistar su independencia en el campo de batalla, y no por una mera reforma de su condición colonial:

 

Más dirán ahora que puesto que España da a Cuba los derechos que pedía, su insurrección no tiene ya razón de existir. – No pienso sin amargura en este pobre argumento, y en verdad que [de] la dureza de mis razones habrá de culparse a aquellos que las provocan. – España quiere ya hacer bien a Cuba. ¿Qué derecho tiene España para ser benéfica después de haber sido tan cruel? – Y si es para recuperar su honra ¿qué derecho tiene para hacerse pagar con la libertad de un pueblo, honra que no supo tener a tiempo, beneficios que el pueblo no le pide, porque ha sabido conquistárselos ya? – ¿Cómo quiere que se acepte ahora lo que tantas veces no ha sabido dar?¿Cómo ha de consentir la revolución cubana que España conceda como dueña de derechos que tanta sangre y tanto duelo ha costado a Cuba defender?- España expía ahora terriblemente sus pecados coloniales que en tal extremo la ponen que no tiene ya derecho a remediarlos. – La ley de sus errores la condena a no parecer bondadosa. Tendría derecho para serlo si hubiera evitado aquella inmensa, aquella innumerable serie de profundísimos males. Tendría derecho para serlo si hubiera sido siquiera humana en la prosecución de aquella guerra que ha hecho bárbara e impía.[2]

 

La cercanía de este emplazamiento con los términos en que Cuba ha ejercido su lucha contra el bloque que le ha sido impuesto desde 1960 por los Estados Unidos serán evidentes para el observador atento de nuestras realidades. De igual modo debería ser evidente el paso a un planteamiento democrático revolucionario en el momento en que la lucha armada del pueblo cubano por el derecho a decidir su propio destino ingresa nuevamente en una fase armada a comienzos de 1895, según lo plantearon José Martí y Máximo Gómez como voceros del mando político y militar de la revolución que renacía de la derrota a que la habían condenado sus disputas internas en la guerra de 1868 – 1878:

 

Cuba vuelve a la guerra con un pueblo democrático y culto, conocedor celoso de su derecho y del ajeno; o de cultura mucho mayor, en lo más humilde de él, que las masas llaneras o indias con que, a la voz de los héroes primados de la emancipación, se mudaron de hatos en naciones las silenciosas colonias de América; y en el crucero del mundo, al servicio de la guerra, y a la fundación de la nacionalidad, le vienen a Cuba, del trabajo creador y conservador en los pueblos más hábiles del orbe, y del propio esfuerzo en la persecución y miseria del país, los hijos lúcidos, magnates o siervos, que de la época primera de acomodo, ya vencida, entre los componentes heterogéneos de la nación cubana, salieron a preparar, o – en la misma Isla continuaron preparando, con su propio perfeccionamiento, el de la nacionalidad a que concurren hoy con la firmeza de sus personas laboriosas, y el seguro de su educación republicana.[3]

 

Tal fue, así, el pueblo democrático y culto que poco después pudo decir al New York Herald, a través del Delegado de su Partido Revolucionario Cubano que

 

“es nuestro deber, como representantes electos de la Revolución, […] expresar de modo sumario al pueblo de los Estados Unidos y al mundo las razones, composiciones y fines de la Revolución que Cuba inició desde principios de siglo, que se mantuvo en armas con reconocido heroísmo de 1868 a 1878, y se reanuda hoy por el esfuerzo ordenado de los hijos del país dentro y fuera de la Isla, para fundar, con el valor experto y el carácter maduro del cubano, un pueblo independiente, digno y capaz del gobierno que abre la riqueza estancada de la Isla de Cuba, en la paz que solo puede asegurar el decoro satisfecho del hombre, al trabajo libre de sus habitantes y al paso franco del Universo”.[4]

 

Cuba, y su revolución, existen en este mundo real, no en el imaginario del pensamiento único y las abstracciones tan cómodas como acomodaticias de la cultura que ese pensamiento promueve. Como tal, Cuba, y su revolución, pueden y deben ser objeto de todo el debate que merezcan sus limitaciones, sus logros, los errores que haya cometido y los modos en que los haya enmendado o no.

Para que ese debate sea útil, en todo caso, es bueno recordar dos cosas. Una, que no existen en el mundo real críticas constructivas ni destructivas, sino únicamente críticas fundamentadas o carentes de fundamento. Y otra, el sano consejo que ofreció Martí a quienes deseaban participar en la discusión de las cosas de este mundo, incluyendo la Revolución a la que había dedicado todas sus fuerzas, y a la que entregaría su vida un año después:

 

Estudien, los que pretenden opinar. No se opina con la fantasía, ni con el deseo, sino con la realidad conocida, con la realidad hirviente en las manos enérgicas y sinceras que se entran a buscarla por lo difícil y oscuro del mundo. Evitar lo pasado y componernos en lo presente, para un porvenir confuso al principio, y seguro luego por la administración justiciera y total de la libertad culta y trabajadora: ésa es la obligación, y la cumplimos. Ésa es la obligación de la conciencia, y el dictado científico. La misma injusticia de aquella escasa porción de nuestra patria que no amase a los que la quieren constituir para una paz durable, conforme a sus verdaderos elementos, no podría desviar, ni aflojar siquiera, a los que, dispuestos a dar la vida por su país, le dan de seguro lo que vale menos que ella: – la paciencia. […] Amemos la herida que nos viene de los nuestros. Y fundemos, sin la ira del sectario, ni la vanidad del ambicioso. La revolución crece.[5]

 

Panamá, 13 de diciembre de 2016

 

[1] Discurso pronunciado por el Comandante Fidel Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, en el resumen de la Velada Conmemorativa de los Cien Años de Lucha, efectuada en La Demajagua, Monumento Nacional, Manzanillo, Oriente, el 10 de Octubre de 1968. (Departamento de Versiones Taquigráficas del Gobierno Revolucionario)

http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1968/esp/f101068e.html

 

[2] Martí, José: “La República Española ante la Revolución Cubana”. Febrero, 1873. Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2006. I, 105.

 

[3] “Manifiesto de Montecristi”. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. IV, 95.

 

[4] Martí, José: “Al New York Herald. 2 de mayo de 1895”. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. IV, 151 – 152.

[5] Martí, José: “Crece”.[Patria, 5 de abril de 1894]. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. IV, 121.

 

Universidad de Panamá: el privilegio de la autonomía

Universidad de Panamá: el privilegio de la autonomía

Guillermo Castro H.[i]

 

Hace 70 años ya que fue promulgada, el 24 de septiembre de 1946, la Ley que norma la autonomía concedida – tal es el verbo que tiliza en texto – a la Universidad de Panamá por la tercera Constitución de la República, promulgada el 14 de marzo de aquel año. Aquella Constitución fue en su momento la más avanzada, sobre todo en el plano social, que hasta entonces había tenido Panamá. Por un lado, ese carácter se hizo sentir en el rechazo a la cultura conservadora que había inspirado, por ejemplo, el artículo 23 de la Constitución de 1941, que consideraba “de inmigración prohibida” lo que llamaba “la raza negra cuyo idioma originario no sea el Castellano, la raza amarilla y las razas originarias de la India, el Asia Menor y el Norte de África”; por otro, se expresó en el desarrollo de lo mejor de una cultura de inspiración liberal radical, que incorporaba además influencias del pensamiento socialista de la época, comprometida con la tarea de construir una nación digna de ese nombre en lo que entonces era un protectorado militar extranjero.

Vista así, la Ley del 24 de septiembre vino a normar, en lo que hace a una Universidad fundada apenas 11 años antes, las preocupaciones sobre el papel de la educación y la cultura recogidas en diversos Artículos del Capítulo 40 de la Constitución de marzo de 1946. En ese marco más amplio se expresa en plenitud lo dispuesto en el Artículo 86, que declara que “la universidad oficial de la República es autónoma” y, como tal, le reconoce “personería jurídica, patrimonio propio y derecho de administrarlo”, así como la facultad “para organizar sus estudios y designar y separar su personal en la forma que determina la Ley”, y le asigna la responsabilidad de incluir en sus actividades “el estudio de los problemas nacionales y la difusión de la cultura popular.” Allí también se ubica lo dispuesto en el Artículo 87, que obliga al Estado a garantizar la autonomía económica de la Universidad, dotándola “de lo indispensable para su instalación, funcionamiento y desarrollo futuros”, y el 88, que reconoce ”la libertad de cátedra sin otras limitaciones que las que, por razones de orden público, establezca el Estatuto Universitario.”

Estamos, así, ante la expresión – en lo que a la Universidad concierne – del interés general de una Nación entonces emergente, que en sus primeros 43 años de historia republicana había conocido ya dos golpes de Estado y una larga serie de conflictos sociales, algunos de los cuales habían sido resueltos por los sectores dominantes solicitando la intervención militar extranjera. Es en esa circunstancia, también, donde toma forma la Ley promulgada el 24 de septiembre de aquel año.

Aquí, es bueno empezar por lo primero. Así, el primer Artículo de la Ley señala lo siguiente: “La Universidad oficial, que se denominará Universidad de Panamá, […] tendrá a su cargo la educación superior”, definida a partir del cumplimiento de las siguientes tareas: “impartir enseñanzas en las más altas disciplinas del pensamiento; organizar el estudio de determinadas profesiones; cultivar la aptitud para las investigaciones científicas, y ser centro de difusión de la cultura por todo el país.” El artículo 2º , a su vez, señalaba que la Universidad se inspiraría “en las doctrinas democráticas” y se regiría “por el principio de la libertad de cátedra e investigación.” Es en el Artículo 3º donde – establecido lo anterior – se indica que la Universidad “es una institución organizada conforme al régimen de autonomía que le concede el Artículo No. 86 de la Constitución de la República”. Los restantes 14 artículos están dedicados a temas de gobierno interior y administración de los bienes de la Universidad, que proveen la base material de su actividad.

 

¿Cuál es el significado pasado y presente, y cuáles las proyecciones futuras, de esos hechos de ayer? En lo más inmediato de sus consecuencias, la de mayor trascendencia consistió en que la Ley 18 contribuyó a dotar a la Universidad de las condiciones que le permitieron a la Nación contar con ella como un recurso cultural y político de primer orden para poner un alto definitivo al colonialismo en las jornadas de diciembre de 1947 – que rechazaron el intento norteamericano de prolongar la presencia de bases militares construidas fuera de la Zona del Canal durante la Segunda Guerra Mundial -, animadas por su primera generación de egresados. Esto, a su vez, abrió paso al despliegue de las energías sociales que nos condujeron a conquistar finalmente la plenitud de nuestra soberanía a lo largo de las luchas de liberación nacional libradas por nuestra gente a lo largo de las décadas de 1950, 1960 y 1970.

Desde el punto de vista de los grupos dominantes en Panamá a comienzos del siglo XX – tan admirablemente sintetizados por la historiadora Patricia Pizzurno en su libro sobre el papel del miedo a los sectores populares en la política cultural de la República oligárquica, entre 1903 y 1930 –[ii], la creación de la Universidad de Panamá representó un grave riesgo político: el de la constitución de la intelectualidad orgánica que demandaba un proyecto alternativo de país. Ese riesgo se vio acentuado – y aquel temor cumplido – con el papel asignado a la Universidad por la Constitución de marzo y la Ley de septiembre de 1946. Las capas medias y los sectores populares de mediados el siglo XX necesitaban de la Universidad para constituirse en ciudadanos de pleno derecho, y ejercerse como tales, como en efecto lo hicieron.

La circunstancia nacional ha cambiado, sin duda, pero no se ha transformado en una medida que permita relegar a la paz de los museos lo aprendido entonces, y desde entonces. La incorporación del Canal a la economía interna del país a partir de la ejecución del Tratado Torrijos – Carter de 1977 ha abierto paso a un proceso de transición hacia formas nuevas y más complejas de desarrollo, que ganan cada día en importancia como factores de renovación y contradicción en la vida de una sociedad que cambia sin transformarse.

De momento, y en ausencia de un proyecto nacional alternativo, esto ha dado lugar a un proceso de crecimiento económico sostenido con inequidad social persistente y degradación ambiental creciente, agravado por un deterioro político que tiene su expresión más visible en la contradicción entre un Gobierno cada vez más fuerte y centralizado, y un Estado nacional cada vez más débil en su capacidad de expresar y atender el interés general de la sociedad. En estas circunstancias, ya es urgente preguntarnos si llegaremos al 2046 con un Estado fallido, que se limite a subordinar el país a las necesidades del Corredor Interoceánico Pro Mundi Beneficio – según lo proclama el lema del Escudo Nacional adoptado en 1904 -, o con una República organizada en torno a las necesidades que plantea el desarrollo de una sociedad próspera, equitativa y capaz de servir al mundo Pro Domo Beneficio.

Nada es sencillo aquí. Los desafíos que debemos encarar van desde la persistencia de una mentalidad colonial que niega al país capacidad para encarar en sus propios términos sus propios problemas, hasta una crisis de las viejas formas de identidad nacional, que se desgastan con rapidez en su contacto con las culturas que emergen en esta transición sin llegar – aún – a expresar a plenitud a la sociedad que emerge de ese proceso.

Esta es la circunstancia en que cabe abrir a debate el significado de los deberes que entraña para la Universidad la autonomía que le concediera la Nación hace ya sesenta años. Tal es, también, el desafío mayor que enfrenta la Universidad: utilizar ese privilegio para culminar, junto a su pueblo y con su pueblo, esta transición desde la semicolonia que fuimos hacia la República plenamente soberana, equitativa y próspera que podemos, debemos, merecemos llegar a ser.

 

 

[i] Versión abreviada de la conferencia ofrecida en el Paraninfo de la Universidad de Panamá el 23 de septiembre de 2016, en el acto conmemorativo del 70º Aniversario de la promulgación de la autonomía de la Universidad.

 

[ii] El Miedo a la Modernidad en Panamá (1904 – 1930). Cultural Portobelo, 2016. Biblioteca de Autores Panameños.

Panamá en transición

Panamá en transición

Guillermo Castro H.

 

“sólo se han de contar en un pueblo los días que nacen

de aquel en que se sacudió de la frente la corona extraña”

José Martí[1]

 

Hace apenas quince años culminó en Panamá el proceso de sacudirnos de la frente la corona extraña de que habla Martí, con la salida del último contingente militar extranjero de nuestro territorio, tal como había sido pactado en el Tratado Torrijos – Carter de 1977. El cumplimiento de aquel acuerdo internacional, sin embargo, se vio alterado por el desacuerdo interior entre quienes propugnaban profundizar el proceso de liberación nacional que liderizara hasta su muerte temprana el General Omar Torrijos, otros que buscaron convertir ese proceso en mero instrumento de intereses espurios, y otros más que sólo podían concebirse a sí mismos y al país en el paso de una situación semicolonial a otra de carácter neocolonial. Con ello, la tarea de asumir en su plenitud las responsabilidades del ejercicio pleno de la soberanía nacional por primera vez en nuestra historia pasó a convertirse en un difícil proceso de aprendizaje y nueva construcción de la nación que había venido a ser soberana.

En ese proceso de aprendizaje, han abundado y abundan los que quisieran evadir su dificultad por vía de la imitación: Panamá, dicen, debe aspirar a ser como Singapur. Con ello, rememoran sin saberlo el viejo sueño de quienes hacia 1903 proponían establecer la nueva República en el corredor interoceánico, y dejar a su suerte el resto del país, y olvidan la pequeña potencia que Panamá llegó a ser años atrás en servicios como la creación de empresas de ultramar, o el abanderamiento de naves, donde solo Liberia – recordemos – compite con nosotros.

La soberanía, por otra parte, ha demostrado ya su papel decisivo para el desarrollo del país y la definición de sus opciones de futuro. Librada a sí misma – o, mejor, al meneo de la cuna por la mano invisible de quienes controlan el mercado -, ingresamos a un ciclo de crecimiento económico sostenido con inequidad social persistente, degradación ambiental creciente, y deterioro institucional constante, que se traduce en un Estado cada vez más débil con un Gobierno cada vez más fuerte. Todo esto hace evidente la necesidad ya impostergable entendernos en lo que hemos devenido, y comprendernos en lo que podemos llegar a ser.

En esto, conviene empezar por entender mejor nuestro lugar en el mundo. Debería llamarnos la atención, aquí, que Panamá sea el único país que nunca se ha visto definido en el mercado mundial, ni en las Américas, por los bienes que exporta. Desde el siglo XVI, en cambio, nos definen los servicios que ofrecemos para el tránsito interoceánico de lo que otros exportan e importan.

Esa actividad de tránsito no se inició entonces, sin embargo. Desde mucho antes de la llegada de los europeos, el territorio del Istmo había sido organizado por sus primeros pobladores en un conjunto de corredores interoceánicos a lo largo de las cuencas de los principales ríos que fluyen desde la Cordillera central hacia el Pacífico y el Atlántico. Esos corredores no sólo les permitían aprovechar los recursos de ecosistemas muy diversos: además, facilitaban el intercambio de bienes entre las sociedades del Atlántico mesoamericano y las del litoral norte del Pacífico sudamericano.

La incorporación del Istmo al proceso de formación del mercado mundial dio lugar a una reorganización radicalmente distinta de esa actividad de tránsito. El resultado de ello fue lo que el historiador Alfredo Castillero Calvo denominó un modelo de desarrollo transitista, definido por la extrema centralización de sus actividades, y la extrema concentración de sus beneficios. Así, ese modelo centraliza toda la actividad del tránsito por una sola ruta –la definida por las cuencas de los ríos Chagres, en el Atlántico, y Grande, en el Pacífico, donde hoy sirve de vía de acceso al Canal -, bajo control monopólico estatal, sea de la Corona española, del Estado norteamericano, o del panameño. De igual modo, concentra los beneficios del tránsito en los sectores sociales que controlan el Estado, y el conjunto de los recursos del Istmo – demográficos, ambientales, financieros – en torno a las necesidades del tránsito, y subordinados a esas necesidades.

El resultado inevitable de esta modalidad de organización del tránsito ha sido el desarrollo desigual y combinado del conjunto del territorio del Istmo desde el siglo XVI hasta nuestros días, en todos los planos de la vida de sus habitantes. El Corredor interoceánico del Chagres concentra hoy lo fundamental de la actividad económica, y de la inversión pública y privada, y a la mayor parte de la población del país. En el plano ambiental, esto genera una huella ecológica devastadora sobre el conjunto del territorio nacional, como en el plano cultural genera una identidad en la que las regiones interiores desempeñan una función apenas decorativa, y en el político estimula modalidades de pensamiento y conducta que tienden a aceptar pasivamente la extrema centralización del poder en la minoría social que controla el Estado que a su vez controla el Canal.

 

Una transición en curso

La incorporación del Canal a la economía interna del país a partir de la ejecución del Tratado Torrijos – Carter de 1977 no ha afectado hasta ahora las bases materiales y culturales que dan sustento al transitismo, en buena medida porque no vino acompañada de un plan de desarrollo para la transformación del país. Aun así, esa incorporación ha tenido, tiene y tendrá una importancia decisiva en la historia inmediata de Panamá, en la medida en que ha abierto paso a un proceso de transición hacia formas nuevas y más complejas de desarrollo cuyas tendencias ganan cada día en importancia como factores de renovación y contradicción en la vida del país.

En primer término, esa transición ha acelerado y ampliado el desarrollo del capitalismo en todo el territorio nacional, dentro de las limitaciones impuestas por el transitismo y en creciente contradicción con ellas. Ese desarrollo, en efecto, ha operado mediante una acelerada transnacionalización de la economía panameña, visible en la inversión masiva de capitales provenientes de Colombia, México, España, Inglaterra y los Estados Unidos, que ha tenido un severo impacto sobre el sector empresarial nacional productivo previamente existente. Esto se expresa, por ejemplo, en el hecho de que si bien la economía en su conjunto tiende a crecer a partir del dinamismo del sector servicios, cuya actividad se concentra en el Corredor Interoceánico, las exportaciones generadas por los sectores productivos agropecuario e industrial tienden a decrecer.

En segundo lugar, el país se ha visto lanzado al mercado global sin estar preparado para ello. Panamá, por ejemplo, no cuenta aún con un centro de estudios asiáticos, aunque la República Popular China sea ya el segundo cliente en importancia del Canal de Panamá y la República de China ocupe un importante lugar en el flujo de inversiones extrajeras al país. A esto cabe agregar que el país carece de las capacidades necesarias para atender las demandas de nuevo tipo que estas transformaciones demandan en materia de capital humano, tecnología y gestión pública. Y aún cabe agregar que este ingreso a la economía global ha sido encarado mediante una estrategia de concentración de sus beneficios en el Corredor Interoceánico, antes que mediante un esfuerzo de ampliación de las oportunidades que ofrece la globalización al conjunto del país.

Lo anterior permite añadir un tercer rasgo al proceso en curso. En las condiciones descritas, ese proceso agudiza las contradicciones no resueltas del viejo modelo transitista al tiempo que genera contradicciones de nuevo tipo para el desarrollo del país en su conjunto. Esto se ha expresado, y sigue haciéndolo, en un proceso combinado de crecimiento económico sostenido con inequidad social persistente y degradación ambiental creciente. En el plano político, a su vez, lo anterior se expresa en la tendencia al desarrollo de un Estado nacional cada vez más débil en su capacidad de expresar y atender el interés general de la sociedad, y un Gobierno cada vez más fuerte en lo que hace al servicio de las necesidades del modelo transitista en cuestión.

La manera más adecuada de encarar esta compleja situación consiste en asumirla como una transición de mediano plazo entre el país que fuimos y el que podemos llegar a ser. Esa transición se inicia con la desaparición de la Zona del Canal en 1979; se degrada con la dictadura bonapartista de 1984 – 1989; se ve reducida a reducida a la captura de los beneficios del tránsito por quienes pasan a controlar el Estado tras la intervención militar extranjera de diciembre de 1989, y tiende nuevamente a degradarse a partir de la segunda década del siglo XXI en la medida en que crea nuevos conflictos sin resolver viejas contradicciones.

Al propio tiempo, esa transición sigue actuando en nuestra sociedad como un proceso histórico de gran dinamismo, cuyas consecuencias pueden llegar a ser del todo imprevisibles si nuestra sociedad no asume su control y orientación. Ella nos plantea, así, la mayor y más compleja tarea pendiente de Panamá en el siglo XXI. Nuestra capacidad para plantear y encarar esa tarea definirá si llegamos a mediados de siglo con un Estado fallido, organizado para subordinar el país a las necesidades del Corredor Interoceánico, o con una República organizada en torno a las necesidades que plantea el desarrollo sostenible de una sociedad próspera, equitativa y capaz de servir al mundo Pro Domo Beneficio.

 

Nuevas oportunidades

En su desarrollo, el proceso de transición que vive la sociedad panameña ha creado ya nuevas oportunidades y ventajas competitivas, que coexisten con otras, más antiguas, que tienden a convertirse en un lastre para el incremento del conjunto. Apreciar ese conjunto, por otra parte, requiere de una perspectiva que la cultura transitista no puede ofrecer, que vincule entre sí las transformaciones en curso en el país como un todo, de un modo que permita identificar el potencial de innovación e integración que emerge en el proceso de transición.

Así, por ejemplo, el viejo sector de servicios existente antes de 1979 se ha transformado ahora en una verdadera Plataforma de Servicios Globales cuyos componentes más modernos interactúan de manera sinérgica entre sí, al tiempo que otros más tradicionales tienden a ubicarse en una posición marginal y aun a entrar en contradicción con el conjunto. Esa Plataforma incluye hoy, entre otros componentes:

 

  • Un complejo de transporte multimodal (marítimo, aéreo, ferroviario), conformado entre 1850 – 2016, que alcanza su mayor nivel de complejidad con la ampliación del Canal de Panamá.
  • Una Zona de libre comercio, establecida en 1948 en Colón – cuando la forma fundamental de organización de la economía internacional consistía en mercados nacionales estrechamente regulados por sus respectivos Estados -, que encara crecientes dificultades para encontrar un nuevo nicho en una economía organizada en torno al libre comercio entre corporaciones transnacionales.
  • Un Centro Financiero Internacional, establecido a partir de 1970, que incorporó actividades previamente existentes como el registro de empresas de ultramar, que hoy desempeñan un papel relativamente marginal y parasitario en el conjunto mayor del sector de servicios de la nueva economía en formación en Panamá.
  • Un Centro de Apoyo a la Gestión del Conocimiento, en operación en Clayton desde el año 2000 con el nombre de Ciudad del Saber, que desempeña un papel de creciente importancia en el desarrollo de servicios innovadores en tecnología de la información – la cual a su vez constituye la columna vertebral de la economía global -, así como en la promoción de servicios ambientales, la investigación en biomedicina y biotecnología, la formación de capacidades de emprendimiento, y el fomento de la cooperación internacional en materia de Investigación – Desarrollo – Innovación con Panamá.
  • Un Centro Regional para América Latina de la Organización de las Naciones Unidas, en desarrollo desde 2002, ubicado en la Ciudad del Saber.
  • Un Centro de Servicios Logísticos en operación en la antigua base aérea de Howard desde 2004, con el nombre de Panamá – Pacífico.
  • Un Centro Regional de Sedes de Corporaciones Transnacionales, en operación desde 2007.
  • Múltiples corredores interoceánicos

 

A ese desarrollo innovador de viejas y nuevas ventajas competitivas asociadas a la oferta de servicios al comercio global, la transición en curso en Panamá agrega, hoy, la oportunidad de fomentar otras ventajas que la cultura transitista no está en capacidad de identificar y aprovechar. Se trata, aquí, de la posibilidad de poner en verdadero valor la extraordinaria abundancia de agua y biodiversidad que caracteriza a los ecosistemas del Istmo, que hasta ahora ha sido objeto de un aprovechamiento extensivo, extractivo y destructivo, que puede y debe pasar a ser intensivo y sostenible a partir de la creación y desarrollo de un verdadero mercado de servicios ambientales en Panamá.

Un mercado así no ve en el agua un mero insumo para otras actividades, a libre disposición de todo el que tenga los medios para extraerla. La ve, en cambio, como un elemento natural valioso en sí mismo, que puede y debe ser transformado en un recurso adecuado para actividades muy diversas – desde el tránsito de buques, hasta la generación de energía, el riego agrícola y el consumo humano – gestionando de manera innovadora su oferta natural, y ordenando su demanda económica y social. En otros términos, la producción de agua – como elemento y como recurso natural, es una oportunidad apenas explorada en Panamá, sobre todo en áreas puntuales como la Cuenca del Canal y la de la hidroeléctrica de Fortuna.

En estrecha relación con la producción y aprovechamiento intensivo del agua, la abundante biodiversidad de los ecosistemas del Istmo constituye otra fuente de oportunidades para el desarrollo sostenible de Panamá. En relación a esta ventaja comparativa afloran oportunidades en campos como la bioprospección, la innovación biotecnológica, el ecoturismo y la agroecología, a partir de la gestión de ecosistemas tanto por Organizaciones de Base Comunitaria como de empresas cooperativas y de otros tipos, en la perspectiva de una economía circular. A esto cabría agregar, además, el aprovechamiento de las ventajas que ofrecen ecosistemas como los bosques de manglar para la captura de carbono y el fomento de la vida marina, y las que ofrecen otras regiones del país para la producción de energía solar, eólica y geotérmica.

Estas ventajas comparativas, como es natural, requieren de formas nuevas de organización productiva y social para poder ser transformadas en ventajas competitivas. Al respecto, cabe señalar que el proceso de transición en curso ya incluye iniciativas en este sentido. Una de ellas, por ejemplo, la ofrece el nuevo Centro de Competitividad de la Región Occidental de Panamá, que vincula entre sí a organizaciones empresariales, sociales y académicas de las provincias de Chiriquí y Bocas del Toro, y de la Comarca Ngöbe – Buglé. El Centro, con el respaldo de entidades como la Corporación Andina de Fomento y el Instituto Interamericano de Cooperación en la Agricultura promueve y apoya un esfuerzo concertado para abrir paso a un desarrollo integrado, inclusivo y sostenible, a partir de una estrategia común bien fundamentada en un análisis del enorme potencial de la región para ampliar la inserción del país en la economía global.

A este mismo plano de innovación social se vincula el creciente interés de los sectores profesionales e intelectuales del país en la identificación de nuevas alternativas para un desarrollo mucho más y mejor integrado de Panamá. Ese interés ha tenido un foco de importancia cada vez mayor en la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresa. El mismo proceso se expresa, también, en el interés de otros grupos de profesionales de capas medias en contribuir a la renovación del sistema nacional de educación superior, vinculándolo de manera realmente efectiva a la mejor comprensión de los problemas, y al diseño de soluciones innovadoras para los mismos.

 

Nuevos desafíos

Son muchos los desafíos que enfrenta el proceso de transición por el atraviesa Panamá. Ellos incluyen desde la persistencia en determinados sectores sociales de una mentalidad colonial que niega al país capacidad para encarar en sus propios términos sus propios problemas, hasta una crisis de las viejas formas de identidad nacional generadas por el transitismo, que se desgastan con rapidez en su contacto con las culturas emergentes en el proceso de inserción del país en la economía global sin llegar – aún – a la creación de formas alternativas que expresen a la sociedad que emerge de ese proceso.

Otros problemas emergen de factores de una profundidad histórica aún mayor. Uno de ellos, por ejemplo, se expresa en la creciente contradicción entre la organización natural del territorio y la organización territorial de la economía y el Estado creada por el transitismo a partir del siglo XVI. Esa organización territorial, concebida para subsidiar al Corredor Interoceánico, redujo al litoral Atlántico y el Darién a la categoría de fronteras interiores que sólo empezaron a ser ocupadas a fines de la década de 1960. Ese proceso alcanza en la transición nuevas y más dramáticas repercusiones con la creación de nuevas vías de comunicación interoceánica en Chiriquí, Veraguas, Coclé, Panamá y Darién, la construcción de un nuevo puente sobre el Canal en el Atlántico, y la de una carretera que comunique el Corredor Interoceánico con el Atlántico mesoamericano.

En el marco del modelo transitista de desarrollo esos cambios no buscan transformar la organización territorial del país, sino reforzar su relación de dependencia y subsidio con respecto al Corredor Interoceánico. No es de extrañar, en este sentido, que se renueven y se tornen más complejas las tradicionales contradicciones entre la región central, que concentra la inversión y los beneficios del crecimiento económico, y otras regiones que ven limitadas sus posibilidades de ampliar su participación en esos beneficios.

Todo esto ha derivado de momento en una situación de crisis de liderazgo en la conducción del país. Los sectores que tradicionalmente han usufructuado los beneficios del transitismo ven erosionada su autoridad política en una sociedad cada vez más diversa y compleja: aquellos otros que han visto limitada su participación en esos beneficios ofrecen una creciente resistencia a todo cambio institucional que no apunte a modificar ese orden de cosas tradicional. Todo ello se alimenta una creciente situación de anomia política, que va erosionando de manera constante la legitimidad del orden establecido.

 

 

Conocernos, ejercernos

El país ha llegado así a un momento de su historia en la que el transitismo conspira contra el tránsito. La operación eficiente y sostenida del Canal y de la Plataforma de Servicios Globales asociada al mismo dependerá cada vez más del desarrollo sostenible del país en su conjunto. Y ese desarrollo, a diferencia del transitista, demanda todo el potencial de la posición geográfica y de las capacidades de nuestra población.

La transición inaugurada en 1979 ha llegado, así, a un punto en el que la transformación económica del país requiere la transformación institucional que abra paso a la transformación social. Esto, a su vez, demanda un proyecto nacional de desarrollo integral, inclusivo y sostenible que oriente ese proceso de transformación, de modo que desemboque en un Estado nuevo para crear un país renovado.

Tal es, en su síntesis más apretada, el desafío mayor que enfrentamos los panameños en esta transición desde la semicolonia que fuimos hacia la República plenamente soberana, equitativa y próspera que podemos llegar a ser. No en balde se ha dicho que la solución de todo gran problema estratégico genera siempre problemas nuevos y más complejos. Los que tenemos hoy se derivan de los que fuimos capaces de encarar y resolver ayer apenas, cuando lanzamos de nuestra frente la corona extraña y entramos, finalmente, a la tarea de conocernos y ejercernos para llegar a ser la nación que merecemos ser.

 

Panamá, junio de 2016.

 

 

[1] Discurso pronunciado en la velada de la Sociedad Literaria Hispanoamericana en Honor de Venezuela, en 1882. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975: VII, 290.

 

“El mercado es mi pastor. Nada me faltará”

“El mercado es mi pastor”.

Economía y política en Panamá en el año 15 de nuestra soberanía.

Guillermo Castro H.

Son muchos años ya – desde 1984, al menos – de culto al pensamiento único neoliberal entre nosotros, incluyendo su constante llamado a descartar como ingenuo – y peligroso – todo lo que pueda alejarse de su dogma fundamental: “el mercado es mi pastor; nada me faltará”. Los resultados del dogma están a la vista: crecimiento económico constante, con pobreza subsidiada persistente, y deterioro ambiental creciente.

Esto nos plantea un problema de una compleja sencillez: cómo llevar a cabo una transición desde el crecimiento sostenido hacia el desarrollo sostenible, que garantice a un tiempo la operación eficiente del Canal, y una vida digna en cada hogar panameño. Lo complejo, aquí, consiste en ubicar ese problema en la realidad que lo genera. En lo más esencial, esa realidad es la de las transformaciones en nuestra economía y nuestra vida social que se derivan del doble proceso – en curso desde fines del siglo XX – de incorporación del Canal a nuestro mercado interno, y de la integración de éste en el mercado global.

Ese proceso ha operado, en lo que se refiere a nuestro mercado interno, a través de la la transnacionalización de una parte significativa de nuestra actividad económica, asociada no sólo a la expansión del sector servicios, sino además a la restructuración del mercado mismo. Este proceso de cambios – y las transfrmaciones que resultan del mismo – no puede seguir siendo objeto ni de una lectura desarrollista propia de las décadas de 1960 y 1970, ni de una meramente utilitarista, como la que ha predominado a partir de 1990.

La lectura desarrollista, por ejemplo, tiende a confundir el subdesarrollo con la subadministración. En ella, por ejemplo, resalta como un grave problema la ruina de las viejas estructuras de producción agropecuaria, que afecta sobre todo a los pequeños y medianos productores agropecuarios vinculados al mercado interno, que debería ser encarada con una política más eficiente de subsidios y de protección arancelaria a esas víctimas.

Necesitamos en cambio una lectura que explique a un tiempo esa ruina, y el éxito de un sector agroindustrial intrado por empresas como las del Grupo Melo, Calesa… y la Cooperativa Dos Pinos. Ambos elementos son caras de la misma moneda, y tienen ejemplos equivalentes en todos los ámbitos de nuestra actividad económica.

Para el desarrollismo – y con toda razón- debe preocuparnos el crecimiento económico con inequidad social. Sin embargo, eso no es sino la expresión de un vasto proceso de concentración y centralización del capital, como resultado de una expansión acelarada de las fuerzas productivas, y una transformación mediatizada de las relaciones de producción, que nos lleva hacia un capitalismo mucho más maduro y complejo que el que conocimos en el siglo pasado.

Es en ese marco donde cabe plantearse aquella contradicción entre el tránsito como función dominante en nuestra relación con el mercado mundial, y el transitismo como modalidad particular de organización de esa función en nuestra historia, que bloquea la posibilidad de una tansformación realmente integral de nuestra sociedad. Aquí no hay un problema de subadministración. Aquí lo que hay es el fruto de una administración eficiente y eficaz de la desigualdad como mecanismo de acumulación.

Vuelve a tener razón Rubén Darío Herrera con su propuesta de aprovechar la función de servicios para generar recursos que permitan modernizar y diversificar el conjunto de nuestra economía, de un modo que finalmente amplíe su base de sustentación social. Pero esa propuesta no resolvería nada si es asumida en una perspectiva conservadora, y entendida como la necesidad de subsidiar el atraso del interior con una parte de los ingresos que genera la plataforma de servicios globales constituida en torno al Canal.

No es la multiplicación de pequeños productores lo que resolverá nuestro atraso agrario, sino la proliferación de empresas asociativas, de carácter cooperativo, que permitan incorporar el aporte de la ciencia y la tecnología a la producción, y eleven al mismo tiempo la productividad, la calidad y el valor de la fuerza de trabajo en todo el país. El problema político, aquí, consiste en estimular la formación de la demanda social de una política económica encaminada a ampliar la base social del desarrollo mediante el fomento de cooperativas de producción realmente modernas; mejorando la integración física y funcional del mercado interno; recuperando la función de puente terrestre entre las Américas, y creando un Estado nacional nuevo, capaz de asumir y llevar a la práctica una política tal.

Un Estado así estaría en capacidad de llevar a cabo tareas que para el que tenemos son simplemente inimaginables. Enfrentar la crisis endémica de la seguridad social incrementando el número de los cotizantes, y no desmejorando los servicios a los asegurados, por ejemplo: generar los recursos locales – humanos, de organización social, y financieros – necesarios para una descentralización efectiva de servicios públicos cada vez más deficientes, como los de educación básica, seguridad pública, abastecimiento de agua, disposición de desechos, y mantenimiento de infraestructuras locales; fomentar mercados no tradicionales, como el de servicios ambientales, en una verdadera perspectiva glocal, y no meramente global, y, por supuesto, desarrollar una capacidad de planificación realmente participativa, que permita negociar en el mediano plazo los intereses de los grupos fundamentales de la Nación: empresarios, trabajadores manuales e intelectuales del campo y de la ciudad, comunidades rurales y urbanas, por mencionar algunos.

Es evidente que no existe entre nosotros, aún, una organización capaz de encarnar un proyecto así esbozado, y proporcionarle el liderazgo que demanda. Ese liderazgo, por otra parte, sólo puede surgir del desarrollo del debate público que lo lleve a convertirse en un verdadero proyecto de transformación nacional, capaz de expresar el interés de las grandes mayorías, como lo expresara la lucha por culminar la formación de un Estado nacional plenamente soberano, culminada hace apenas quince años.

Para eso, hace falta una condición que debe ser reclamada y conquistada: la del pleno ejercicio del derecho a la organización por parte de todos los trabajadores asalariados del país, tal como es ejercido ese derecho por los empresarios que emplean a esos trabajadores. Esta es apenas una reivindicación democrática, en una sociedad en la que la demanda de la democracia sigue siendo una demanda profundamente revolucionaria.

Lograr esto es posible.Tan solo demanda de nosotros dejar atrás la cómoda idea de que la política es el arte de lo posible. En cambio, es necesario asumir a política como el arte de crear las condiciones que hagan posible lo que ya va siendo necesario si deseamos salir con bien, y hacia un futuro mejor, de la crisis en que ha venido a desembocar la aplicación a ultranza del programa neoliberal en Panamá de la década de 1990 a nuestros días.

Ciencia, cultura y cultura de la ciencia en Panamá

Ciencia, cultura y cultura de la ciencia en Panamá

Guillermo Castro H.

El elogio de la ciencia constituye uno de los tópicos más característicos de la cultura contemporánea. Se trata, además, de un caso bien argumentado. Para el astrónomo y educador norteamericano Carl Sagan, por ejemplo, la ciencia puede ofrecer “el camino dorado” para que las naciones en desarrollo salgan de la pobreza y el atraso; puede alertarnos sobre los riesgos que plantean las tecnologías que alteran el medio ambiente del que dependen nuestras vidas; nos enseña “los aspectos más profundos de (los) orígenes, naturalezas y destinos: de nuestra especie, de la vida, de nuestro planeta, del universo”, y se caracteriza por valores que son “en muchos casos indistinguibles” de los de la democracia.[1]

En esa perspectiva, cabe preguntar qué condiciones permiten a la ciencia – entendida como una manera de conocer, antes que como un cuerpo de conocimientos[2] -, convertirse en el elemento articulador de una cultura, esto es, de una visión del mundo y un sistema de conducta correspondiente a su estructura. La respuesta que podamos dar a esta pregunta debe conducirnos, además, a plantear el problema más específico de las condiciones que han dado lugar a que la ciencia no haya llegado a desempeñar (aún) ese papel en el caso de Panamá.

Algunas precisiones pueden ser útiles. Primero, cabe recordar que la presencia del razonar científico como elemento central en la cultura humana es en verdad muy reciente: dos, quizás tres siglos a lo sumo, dentro de una historia de nuestro desarrollo como especie que abarca al menos cien mil años.[3] Segundo, que esa presencia del razonar científico en la cultura no es el resultado de una continuidad, sino de una ruptura – o mejor aún, de un conflicto constantemente renovado – con respecto a una prolongada etapa precedente de predominio del razonar mágico.[4]

Ese conflicto se hace evidente en el hecho de que incluso en aquellas sociedades en cuyo desarrollo la ciencia ha llegado a ocupar un lugar especialmente relevante, como los Estados Unidos, persiste y se reproduce constantemente una pertinaz presencia del pensamiento mágico y la superstición en la vida y la cultura cotidiana de amplios segmentos de la población. Así lo prueba, por ejemplo, el empeño demostrado por los medios masivos de comunicación en explotar, cuando no ampliar, ese segmento de su mercado, contribuyendo a crear una situación que llevó a Carl Sagan a plantear que

Hemos preparado una civilización global en la que los elementos más cruciales – el transporte, las comunicaciones y todas las demás industrias; la agricultura, la medicina, la educación, el ocio, la protección del medio ambiente e, incluso la institución democrática clave de las elecciones – dependen profundamente de la ciencia y la tecnología. También hemos dispuesto las cosas de modo que nadie entienda la ciencia y la tecnología. Eso es una garantía de desastre. Podríamos seguir así una temporada pero, antes o después, esta mezcla combustible de ignorancia y poder nos explotará en la cara.[5]

El papel de la ciencia en la cultura está íntimamente asociado a la creación de condiciones de desarrollo y organización económica y social, y de relación con el mundo natural, que carecen de precedente en la historia de nuestra especie. La ciencia es una conquista intelectual alcanzada y preservada a través de una transformación revolucionaria en las formas de organización del trabajo humano, tanto en el plano del aprovechamiento intensivo de las condiciones de producción – fuerza de trabajo, recursos naturales, infraestructura -, como en el de la producción de esas condiciones.[6]

Las condiciones que constituyen el sustrato de la cultura de la ciencia surgieron con el capitalismo y, en particular, con el desarrollo de su forma más acabada y compleja de organización: la economía de escala planetaria en que vivimos, cuyo proceso de organización, iniciado a mediados del siglo XVI, estaba culminado en lo esencial hacia 1850.[7] En ese mercado mundial, si por un lado la aplicación masiva del conocimiento a la producción y el comercio es un requisito imprescindible para satisfacer la demanda de mercados en constante expansión, por otro lado la expansión de esos mercados crea los medios necesarios para dar respuesta a esa necesidad de conocimiento.

Ahora bien: el mercado mundial se caracteriza por la interdependencia asimétrica entre sus componentes, tanto al nivel de las sociedades nacionales, como al de los diversos sectores que integran cada una de esas sociedades. En este sentido, el acceso a una cultura científica por parte esas sociedades, como de los distintos sectores al interior de cada una de ellas, está asociado de múltiples maneras con sus posibilidades de relación con las formas de organización del trabajo y la vida cotidiana correspondientes a la era de la ciencia.[8]

Esta situación explica la presencia de amplios segmentos de población que, en Panamá como en todo el planeta, viven en el siglo XXI mientras habitan en el XIV, o el XVIII, en la medida en que sus condiciones de vida, trabajo y esperanza no demandan ni un pensamiento ni una cultura científicos, ni proporcionan el estímulo y los medios imprescindibles para alcanzarla. En esos segmentos de población, por el contrario, persisten y se renuevan de manera constante el pensamiento mágico, sus conductas y sus valores, de un modo que puede incluso distorsionar por entero las posibilidades de transformación que ofrece el acceso a nuevas técnicas y métodos de organización y trabajo.

En lo que hace a Panamá, Rodrigo Noriega – en su ensayo Ciencia imperial: la investigación científica en los trópicos como un discurso de poder -, considera que en la medida en que la ciencia “representa una entidad racionalizadora de los valores de la sociedad que la emprende”[9], la posibilidad de generar en Panamá una cultura de la ciencia depende en una medida muy importante de la capacidad del país para generar desde sus propios valores y necesidades la ciencia que articule esa cultura.

Así, por ejemplo, nuestras carencias en educación y calidad de vida se ubican en un terreno en el que es posible obtener avances con relativa rapidez si se cuenta con una estrategia para el desarrollo integral del país, y con la voluntad política para llevarla a cabo. Y esto es tanto más necesario, cuanto que resulta imposible imaginar una política de desarrollo científico y tecnológico que no sea parte de un proyecto nacional de desarrollo.

Esa política científica, por otra parte, no puede ser una mera extensión de lo que se haya hecho en el pasado o se esté haciendo en el presente. Por el contrario, incluso en lo relativo a las oportunidades abiertas por las nuevas posibilidades de acceso a la red global de producción y difusión del conocimiento y la innovación, bien puede ocurrir lo mismo que en relación al viejo subsistema de educación superior e investigación científica del antiguo enclave canalero. Allí, como plantea Noriega, aunque ha existido “una apropiación política de la ex zona del Canal, y una apropiación económica de la misma por parte de las élites, no ha habido la correspondiente apropiación científico-tecnológica por parte de las comunidades cognitivas”.[10]

Una cultura de la ciencia construida desde nuestros valores, requiere de una agenda que sintetice nuestras aspiraciones y nuestras necesidades. Desde una agenda así, disciplinas como la hidráulica, campos como los de la gestión ambiental y la producción social de la salud, y toda la amplia gama de problemas políticos, culturales, técnicos y económicos del desarrollo humano sostenible deberán estar en el centro de la ciencia que llegue a estar en el centro de nuestra cultura. El momento es bueno para hacerlo.

El sistema panameño de gestión del conocimiento debe reencontrarse con el país que emerge de la incorporación del Canal de Panamá a la economía interna, y de esa economía al mercado global. En el siglo XXI, el conocimiento – y la conciencia nacional que le otorgue sentido – determinarán de manera decisiva la posibilidad de que nuestra gente conquiste la vida mejor a la que aspira. Lograrlo exigirá, más que una reforma administrativa del sistema nacional de producción y difusión del conocimiento, una reforma social y económica que abra a los panameños la posibilidad de encarar desde sí el reto que ayer apenas presentara Carl Sagan a sus compatriotas en los Estados Unidos:

Para encontrar una brizna de verdad ocasional flotando en un gran océano de confusión y engaño se necesita atención, dedicación y valentía. Pero si no ejercitamos esos duros hábitos de pensamiento, no podemos esperar resolver los problemas realmente graves a los que nos enfrentamos… y corremos el riesgo de convertirnos en una nación de ingenuos, un mundo de niños a disposición del primer charlatán que nos pase por delante.[11]

[1] “Ciencia y esperanza”, en El Mundo y sus Demonios. La ciencia como una luz en la oscuridad. Planeta, México, 1997 (1995), p. 56, 57.

[2] En el sentido en que el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) plantea – en un ensayo de referencia obligada sobre el tema – que, si bien la ciencia proporciona “conocimientos sobre la técnica que, mediante la previsión, sirve para dominar la vida, tanto las cosas externas como la propia conducta de los hombres”, por otro ofrece “métodos para pensar, instrumentos y disciplina para hacerlo” y sobre todo, “claridad”. “La ciencia como vocación”, en El Político y el Científico, Alianza, México, 1991, p. 221.

[3] El proceso que llevó a la ciencia a ocupar ese lugar central en la cultura europea occidental, por ejemplo, se expresa en el campo de la literatura en lo que va de la publicación en 1818 de la novela Frankestein o el moderno Prometeo, de la escritora inglesa Mary Shelley, al éxito editorial sin precedentes en la literatura de masas alcanzado por el novelista francés Julio Verne con obras como Viaje al centro de la tierra (1864), De la tierra a la luna (1865), Veinte mil leguas de viaje submarino (1870), La isla misteriosa (1870) y La vuelta al mundo en ochenta días (1872). La tensión ya evidente en el siglo XIX entre las preocupaciones de orden ético y moral sobre el poder que la ciencia otorgaba a los humanos en su relación con la naturaleza viviente, característica de la obra de Shelley, y el optimismo progresista de Verne se prolonga hasta nuestros días, y se renueva incluso en el debate en torno a las promesas y los riesgos de la manipulación genética, por citar un ejemplo destacado.

[4] Así, por ejemplo, Weber llega a señalar que el progreso científico “constituye una parte, la más importante” del proceso de “intelectualización y racionalización” que, más que “un creciente conocimiento general de las condiciones generales de nuestra vida”, significa “se sabe o se cree que en cualquier momento en que se quiera se puede llegar a saber que, por tanto, no existen en torno a nuestra vida poderes ocultos e imprevisibles, sino que, por el contrario, todo puede ser dominado mediante el cálculo y la previsión. Esto quiere decir simplemente que se ha excluido lo mágico del mundo”. Op. Cit. pp. 198-200 (negrita del autor). El corolario ético de ese planteamiento, por demás inquietante en la perspectiva de Shelley, lleva a Weber a afirmar que “Todas las ciencias de la naturaleza responden a la pregunta de qué debemos hacer si queremos dominar técnicamente la vida. Las cuestiones previas de si debemos y, en el fondo, queremos conseguir este dominio y si tal dominio tiene verdaderamente sentido son dejadas de lado o, simplemente, son respondidas afirmativamente de antemano”. Ibid., p. 209.

[5] Ibid., p. 44.

[6] Al respecto, por ejemplo: O’Connor, James: “The Conditions of Production and the Production of Conditions”, en Natural Causes. Essays in Ecological Marxism. The Guilford Press, New York London, 1998, pp. 144- 157. Una version en español aparecerá próximamente en la revista TAREAS, del Centro de Estudios Latinoamericanos “Justo Arosemena”.

[7] “La misión particular de la sociedad burguesa”, decía Carlos Marx en una carta a Federico Engels en 1959, “es el establecimiento del mercado mundial, al menos en esbozo, y de la producción basada sobre el mercado mundial. Como el mundo es redondo, esto parece haber sido completado por la colonización de California y Australia y el descubrimiento de China y Japón.” Marx a Engels. Londres, [8 de octubre de] 1858. Apud. Dobb, Maurice (1977): Marx como Economista. Editorial Nuestro Tiempo, México, p. 106. Fuente original: Marx, Engels (1957): Correspondencia. Editorial Cartago, Buenos Aires. Por otra parte, Marx atribuye a la organización y desarrollo de ese mercado un papel decisivo en la formación de la ciencia moderna: “La exploración de la Tierra en todas las direcciones, para descubrir tanto nuevos objetos utilizables como nuevas propiedades de uso de los antiguos, al igual que nuevas propiedades de los mismos en cuanto materias primas, etc.; por consiguiente el desarrollo al máximo de las ciencias naturales; igualmente el descubrimiento, creación y satisfacción de nuevas necesidades provenientes de la sociedad misma; el cultivo de todas las propiedades del hombre social y la producción del mismo como un individuo cuyas necesidades se hayan desarrollado lo más posible, por tener numerosas cualidades y relaciones; su producción como producto social lo más pleno y universal que sea posible (pues para aprovecharlo multilateralmente es necesario que sea capaz de disfrute, y por tanto cultivado al extremo) constituye asimismo una condición de la producción fundada en el capital.” Elemento Fundamentales para la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) 1857 – 1858. I. Siglo XXI Editores, México, 2007 (1971). I, 361.

[8] Así, por ejemplo, ocurre que haya sido la Inglaterra victoriana la que, en la década de 1850, estuviera en la necesidad de, y dispusiera de los medios para, domesticar el árbol de la cinchona, originario de la Amazonía Perú-boliviana, con el fin de producir quinina en la cantidad y calidad necesaria para proteger de la malaria a sus tropas, administradores y plantadores en la India. Como testimonio del éxito de la empresa, el Superintendente del Museo del Gobierno Central de Madras, India, Cirujano-Mayor Bidie, escribió en 1879 a Thisleton Dyer, Director Asistente del Jardín Botánico de Kew, en Inglaterra, lo siguiente: “Para Inglaterra, con sus numerosas y extensas posesiones coloniales, (la cinchona) es simplemente invaluable; y no es exagerado decir que si existen porciones de su imperio tropical que están sometidas por la bayoneta, el brazo que sostiene el arma sería ineficaz de no ser por la corteza de Cinchona y sus principios activos”. Philip, Kavita: “Imperial Science Rescues a Tree: Global bothanic networks, local knowledge and the transcontinental transplantation of Cinchona”. Environment and History, Volume 1, Number 2, June 1995, p. 192.

[9]En El Canal de Panamá en el Siglo XXI. Encuentro académico internacional sobre el Canal de Panamá. Panamá, 4 – 5 de septiembre de 1997. Universidad de Panamá, Universidad Tecnológica de Panamá, Universidad Santa María La Antigua, Ciudad del Saber, Centro de Estudios y Acción Social Panameño, Centro de Estudios Latinoamericanos. Panamá, 1998. P. 398.

[10] Ídem.

[11] “Ciencia y esperanza”, en op. Cit., p. 57.