Tal nuestro riesgo, tal nuestra esperanza

Guillermo Castro H.

El concepto de formación económico – social – elaborado por Marx a fines de la década de 1850, pero incorporado al desarrollo del marxismo solo en la segunda mitad del siglo XX -, permite referir aquel otro, más amplio y abstracto, de modo de producción, a sociedades específicas en tiempos puntuales.  El primero, en efecto, resalta el hecho de que en toda sociedad existe “una determinada producción que asigna a todas las otras su correspondiente rango [e] influencia”, la cual constituye “un éter particular que determina el peso específico de todas las formas de existencia que allí toman relieve.”[i]

En Panamá, el tránsito interoceánico ha desempeñado un importante papel en el desarrollo histórico del Istmo durante miles de años, a partir de múltiples rutas existentes en el territorio. De cinco siglo acá, sin embargo, ese tránsito se ha concentrado en una ruta específica para una función específica: facilitar la la circulación del capital a escala mundial.

De allí ha resultado una formación económico – social que podemos llamar transitista, cuya formulación teórica no se origina en nuestro marxismo, sino desde nuestro liberalismo. El transitismo, en efecto, fue presentado por primera vez al país por Hernán Porras en 1953, en un ensayo de vasta influencia en nuestra cultura, destinado a demostrar que en Panamá había clases sociales, sino grupos étnicos vinculados entre sí por sus relaciones con la oligarquía blanca que controlaba las relaciones de todos con la economía de tránsito.[ii]

Veinte años después, el transitismo fue objeto de generalización teórica por parte del historiador Alfredo Castillero.[iii] Eran tiempos nuevos: la oligarquía blanca había perdido el control político de la situación, y una alianza entre los cholos del interior y los mestizos de la Capital negociaba con Estados Unidos el fin de su enclave colonial en Panamá.

Desde esa circunstancia, Castillero enfatizó tres rasgos fundamentales en el transitismo. Uno fue la concentración del tránsito interoceánico por una sola ruta, bajo control de una potencia extranjera. Otro, la subordinación de las actividades productivas en el conjunto del territorio del país a las necesidades del tránsito. Y el último, la concentración de la renta producida por el tránsito, y del poder político en el Istmo, en los sectores sociales que controlan esa actividad.

Hoy, las actividades asociadas a la circulación del capital en el mercado mundial generan cerca del 90% del Producto Interno Bruto de Panamá, mientras las vinculadas a los sectores industrial y agropecuario se disputan el 10% restante. Esas actividades, además, se concentran en el Corredor Interoceánico establecido a lo largo del Canal de Panamá, que ya concentra el 50% de la población del país.

El factor determinante en la formación transitista panameña durante el siglo XX radicó en el control del Corredor Interoceánico por una potencia extranjera. En el XXI, la integración del Canal a la economía interna, y del país al mercado global, crearon una circunstancia inédita en nuestra historia. Esto, a su vez, inauguró un proceso de transición que aún está en marcha, y que determinará en su momento las nuevas formas de organización del país.

Esas formas nuevas ya se anuncian en la reorganización territorial de la economía y la sociedad panameñas. Esa reorganización va desde la creación de nuevas vías interoceánicas en diversos puntos del país,  a la recuperación de nuestra función como puente terrestre entre las Américas, y la presencia de formas nuevas y más complejas de actividad económica más allá del Corredor interoceánico.

Por otra parte, esa transición opera a partir del empeño de los sectores conservadores en preservar un orden de cosas en el que constiuyen una minoría social con el poder de una mayoría política. Esto genera una brecha creciente entre esa minoría social y los sectores mayoritarios del país, que demandan una reforma del Estado que garantice la representatividad del sistema político y permita organizar el tránsito de una manera no transitista, de modo que los frutos de esa actividad lleguen a todas las regiones del país.

Es a través de este aflorar de viejas y nuevas contradicciones que participamos, junto a todos los pueblos de nuesta América, en una circunstancia en la que el mundo “está en tránsito violento, de un estado social a otro.” Ante un cambio tal, si no hay una gestión política previsora,

los elementos de los pueblos se desquician y confunden; las ideas se obscurecen; se mezclan la justicia y la venganza; se exageran la acción y la reacción; hasta que luego, por la soberana potencia de la razón, que a todas las demás domina, y brota, como la aurora de la noche, de todas las tempestades de las almas, acrisólense los confundidos elementos, disípanse las nubes del combate, y van asentándose en sus cauces las fuerzas originales del estado nuevo: ahora estamos, en cosas sociales, en medio del combate.[iv]

Tales nuestros riesgos; tal, nuestra esperanza.

Panamá, 5 de marzo de 2019

 

[i] Elementos Fundamentales para la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) 1857 – 1858. I. Siglo XXI Editores, México, 2007. I, 27 – 28.

[ii] “Papel histórico de los grupos humanos en Panamá” (1953). Gandásegui, Marco (compilador): Las Clases Sociales en Panamá. CELA, segunda edición, Panamá. 2002, 41-78.

[iii] Nueva Sociedad Nº 5, San José, marzo-abril, 1973, pp 35-50; Estudios Sociales Centroamericanos Nº 5, San José, mayo-agosto, 1973, pp.  65-114;  Revista Cultural Lotería, Panamá, agosto-septiembre 1973, de la cual se tiró una separata, y Anuarios de Estudios Centroamericanos Nº1, San José, 1975.

[iv]Cuentos de Hoy y de Mañana, por Rafael Castro Palomares”. La América, Nueva York, octubre de 1883. Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. V, 109.

 

Advertisements

Los futuros de ayer y anteayer

Los futuros de ayer y anteayer

Guillermo Castro H.

“Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria.”[1]

José Martí: “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI, 18

“La historia no es teleológica, lo que significa que el desarrollo histórico

no va a ninguna parte, sino que, al contrario, procede de algún sitio.”

Chris Wickham[2]

 

 

A la luz y las sombras de la agresión contra Venezuela, va ganando nuevo ímpetu el debate en torno a la identidad, la historia y las opciones de futuro de nuestra América. Para algunos, ese debate tendría su punto de partida en aquella cita de Marx en su obra de 1852 sobre la captura de la revolución liberal de 1848 en Francia por la dictadura lumpenburguesa de Napoleón III: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa.”[3]

El pequeño Napoleón de nuestros tiempos, por supuesto, tiene armas nucleares, y una comparsa de aliados dignos de su amo y señor. Y no construye un imperio nuevo, sino que administra la voraz decadencia del que le ha tocado gobernar, ofreciendo renovar una edad dorada imaginaria mediante los trinos de oropel de una propaganda basada en noticias falsas y provocaciones verdaderas.

Nada de esto, sin embargo, hace justicia a los verdaderos desafíos que esta circunstancia plantea a nuestra cultura política. Para eso, hay que ir al párrafo en que Marx culmina el razonamiento iniciado con la cita de Hegel. Allí nos dice que a lo largo de las luchas de 1848-1851 “no hizo más que dar vueltas el espectro de la antigua revolución” de 1879, y advierte:

La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí, la frase desbordaba el contenido; aquí, el contenido desborda la frase.[4]

Para nosotros, hoy, el contenido fundamental de esa advertencia fue señalado con admirable claridad por Rosa Luxemburgo en 1903:

la creación de Marx, que como hazaña científica es una totalidad gigantesca, trasciende las meras exigencias de la lucha del proletariado para cuyos fines fue creada. […] Sólo en la proporción en que nuestro movimiento avanza y exige la solución de nuevos problemas prácticos nos internamos en el tesoro del pensamiento de Marx para extraer y utilizar nuevos fragmentos de su doctrina. Pero como nuestro movimiento, como todas las empresas de la vida real, tiende a seguir las viejas rutinas del pensamiento, y aferrarse a principios que han dejado de ser válidos, la utilización teórica del sistema marxista avanza muy lentamente.[…] No es cierto que Marx ya no satisface nuestras necesidades. Por el contrario, nuestras necesidades todavía no se adecúan a la utilización de las ideas de Marx.[5]

De nuestro tiempo, esto debe recordarnos que el materialismo de Marx es histórico, o no es, y sólo es histórico en cuanto es dialéctico. Desde allí se facilita comprendernos desde nosotros mismos: a Evo Morales y Andrés Manuel Lopeza Obrador desde lo que Bolivia y México han llegado a ser, como a Jair Bolsonaro y Mauricio Macri desde el temor que inspira a su propias oligarquías todo lo que Brasil y Argentina pueden llegar a ser. Y en esta tarea no hay orientación más valiosa que la que nos ofrece Martí sobre la historia y la universidad americanas.

Martí, como Marx, nos legó un pensar que dista mucho de haber sido aprovechado en la plenitud de sus posibilidades para comprender a nuestra América en su desarrollo histórico y sus posibilidades de futuro. Marx, por su parte, nos deja una obra cuya hora ha llegado nuevamente, en la medida – por ejemplo -, en que nos proporciona orientaciones metodológicas que desbordan a lo que puede ofrecer la universidad europea en cuanto satélite del universo neoliberal.

Desde Marx, y contra todo dogmatismo y todo mecanicismo, podemos entender que en el estudio de nuestra historia es imprescindible atender al hecho de que

En todas las formas de sociedad existe una determinada producción que asigna a todas las otras su correspondiente rango de influencia, y cuyas relaciones por lo tanto aseguran a todas las otras el rango y la influencia. Es una iluminación general en la que se bañan todos los colores y [que] modifica las particularidades de éstos. Es como un éter particular que determina el peso específico de todas las formas de existencia que allí toman relieve.[6]

Es desde esa perspectiva como mejor podemos entender y comprender el misterio aparente de nuestra unidad en la diversidad, al que se refiere el Papa Francisco al advertirnos de la superioridad del tiempo sobre el espacio, y de la realidad sobre las ideas. Es desde allí, también, que hoy podemos celebrar el fin de las teleologías. Nada nos condena de antemano ni a la perdición, ni a la salvación. Somos los únicos responsables de nuestro futuro, pero sólo podemos ejercer esa responsabilidad en la medida en que sepamos asumirla desde un claro dominio de nuestro pasado.

Panamá, 20 de febrero de 2019

[1] “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI, 18.

[2] Europa en la Edad Media. Una nueva interpretación. © Editorial Planeta S. A., 2017

[3] Marx, Karl: El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. (1852)

https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm

[4] Idem.

[5] https://www.marxistsfr.org/espanol/luxem/03Estancamientoyprogresodelmarxismo_0.pdf

[6] Elementos Fundamentales para la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) 1857 – 1858. I. Siglo XXI Editores, México, 2007. I, 27 – 28.

 

Lucy González Parsons y el milagro martiano

Lucy González Parsons y el milagro martiano

Guillermo Castro H.

En 1926, Julio Antonio Mella – que un año antes había participado en la fundación del Partido Comunista de Cuba, junto a Carlos Baliño, a su vez compañero de lucha de José Martí – se planteaba la necesidad de

 

Desentrañar el milagro – así parece hoy – de la cooperación estrecha entre el elemento proletario de los talleres de la Florida y la burguesía nacional; la razón de la existencia de anarquistas y socialistas en la filas del Partido Revolucionario [Cubano][i]

Ese problema sigue siendo del mayor interés para los movimientos que buscan culminar en nuestra América la obra de las revoluciones de independencia de principios del siglo XIX. Más allá de las categorías que permiten plantearlo – como las de formación económico-social e interés general de la sociedad -, es imprescindible buscar las raíces del aparente milagro en la vida misma de nuestras sociedades, y en la experiencia personal de quienes luchan por transformar la realidad.

En el caso que intrigaba a Mella desempeñó un importante papel lo aprendido por Martí, desde la perspectiva de su radical humanismo, sobre la vida y las luchas de los trabajadores en los Estados Unidos a lo largo de su exilio en ese país entre 1881 y 1895. Y en ese aprendizaje desempeñó un papel singular una mujer: la dirigente anarquista Lucy González Parsons.

Ella nació en 1853 en Waco, Texas, hija de la afromexicana Marie Gather y el mestizo indígena Creek John Waller. En 1871 se casó con Albert Parsons, y en 1873 ambos se mudaron a Chicago, donde se involucraron en organizaciones anarquistas del movimiento obrero. Allí, Lucy se conviritió en una reconocida periodista y oradora.

En 1886, Albert Parsons, junto a los inmigrantes alemanes August Spies, Adolf Fischer, Louis Lingg y George Engel fueron condenados a muerte, sin prueba alguna, por un atentado terrorista ocurrido durante una manifestación obrera en la plaza de Haymarket, en demanda de la jornada de ocho horas. Las protestas que desató su ejecución el 11 de noviembre de 1887 condujeron a establecer el 1 de mayo – fecha en que ocurriera aquella manifestación – como Día Internacional de los Trabajadores. A largo del juicio, la condena, la ejecución y las luchas subsiguientes de los obreros de Chicago, Lucy Parsons desarrolló una activa campaña por la absolución y la memoria de compañeros.

Martí, como sabemos, cubrió para distintos medios hispanoamericanos el ascenso del movimiento obrero en los Estados Unidos a mediados de la década de 1880, que vino a culminar en los hechos del 1 de mayo. Los textos que dan cuenta de ese proceso revelan también la creciente toma de conciencia del propio Martí sobre las razones de fondo de las luchas de los trabajadores, las contradicciones de su movimiento, y la brutal de la represión de que fueron objeto.

La primera reacción de Martí fue de repudio a la violencia que atribuía a la influencia del anarquismo en la región de Chicago. Y en esa primera reacción, emerge Lucy Parsons, descrita como “una mulata [que] marcha a la cabeza de las procesiones ondeando con gesto de poseída una bandera roja”, mientras sus camaradas acopiaban armas y preparaban bombas para enfrentar a la policía.[ii]

Tras el arresto de los anarquistas, Lucy Parsons emerge de nuevo en la crónica martiana. Uno solo de los arrestados, “casado con una mulata que no llora”, dice Martí, “es norteamericano”, y describe a “la mulata Parsons,” diciendo que es “implacable e inteligente” como su esposo, y “que no pestañea en los mayores aprietos, que habla con feroz energía en las juntas públicas, que no se desmaya como las demás, que no mueve un músculo del rostro cuando oye la sentencia fiera.”[iii]

Desde allí, las crónicas de Martí evidencian un giro que lo llevará a criticar con energía el juicio amañado y la ejecución vengativa de los anarquistas de Chicago. Y en ese giro, la valentía personal y el talento oratorio de Lucy Parsons desempeñarán un papel de importancia aún pendiente de investigación. Así, por ejemplo, nos dice:

En ninguna iglesia de la ciudad [de Nueva York] hubo ayer domingo un sacerdote más ferviente, ni una congregación más atribulada, que en Clarendon Hall, el salón de los desterrados y los pobres. Pugnaba en vano la concurrencia de afuera por entrar en la sala atestada, donde hablaba a los anarquistas de Nueva York, alemanes en su mayor parte, la Lucy Parsons, la “mulata” elocuente, Lucy Parsons, la esposa de uno de los anarquistas condenados en Chicago a la horca.[iv]

Ella, agrega Martí,

Sabe de de evolución y revolución, y de fuerzas medias, de todo lo cual habla con capacidad de economista lo mismo en inglés que en castellano. “La anarquía está”, según ella, “en su estado de evolución: luego vendrá la revolución, si es imprescindible: y luego la justicia.” “La anarquía no es desorden, sino un nuevo orden.”

Y sintetiza así lo que Lucy Parsons plantea:

Pedimos la descentralización del poder en grupos o clases.[…] La tierra será poseída en común, y no habrá por consiguiente renta, ni intereses, ni ganancias, ni corporaciones, ni el poder del dinero acumulado. No pesará sobre los trabajadores la tarea brutal que hoy pesa. Los niños no se corromperán en las fábricas, que es lo mismo que corromper a la nación; sino irán a los museos y a las escuelas. No se trabajará desde el alba hasta el crepúsculo y los obreros tendrán tiempo de cultivar su mente y salir de la condición de bestia en que viven ahora. [Y] no se amontonarán capitales locos, que tientan a todos los abusos: no habrá dinero de sobra con que corromper a los legisladores y a los jueces: no habrá la miseria que viene del exceso de la producción, porque sólo se producirá en cada ramo lo necesario para la vida nacional.[v]

A partir de  aquí, la que ondeaba una bandera roja “con gesto de poseída” se transfigura en una persona a la que le dicen mulata “por su color cobrizo”, que tiene “el pelo ondeado y sedoso: la frente clara, y alta por las cejas: los ojos grandes, apartados y relucientes; los labios llenos; las manos finas y de linda forma”, que habla “con una voz suave y sonora, que parece nacerle de las entrañas, y conmueve las de los que la escuchan.”  Y lo hace “con todo el brío de los grandes oradores”, con una elocuencia poderosa que le viene “de donde viene siempre, de la intensidad de la convicción”.

A veces su palabra levanta ampollas, como un látigo; de pronto rompe en un arranque cómico, que parece roído con labios de hueso, por lo frío y lo duro, sin transición, porque lo vasto de su pena y creencia no la necesitan, se levanta con extraño poder a lo patético, y arranca a su voluntad sollozos y lágrimas. […] Cuando acabó de hablar esta mestiza de mexicano e indio, todas las cabezas estaban inclinadas, como cuando se ora, sobre los bancos de la iglesia, y parecía la sala henchida un campo de espigas encorvadas por el viento.”[vi]

Así la mulata se transfigura en “la apasionada mestiza en cuyo corazón caen como puñales los dolores de la gente obrera,” que en las manifestaciones solía hablar de un modo tal que “con tanta elocuencia, burda y llameante, no se pintó jamás el tormento de las clases abatidas; rayos los ojos, metralla las palabras, cerrados los dos puños, y luego, hablando de las penas de una madre pobre, tonos dulcísimos e hilos de lágrimas.”[vii]

Seis años después de los acontecimientos que lo pusieron en contacto con Lucy Parsons, en un artículo para El Partido Liberal, de México encontramos la última referencia a la dirigente anarquista en las crónicas norteamericanas de Martí:

Un diario dice: “No es posible dejar de notar que aumenta en las masas el culto por los anarquistas ahorcados en Chicago: a la sombra de la horca, en Chicago mismo, han ido en procesión los obreros a visitar las sepulturas, y llevaba la bandera roja la mulata elocuente, la viuda del americano Parsons.”[viii]

Lucy Parsons llevó esa bandera, sin claudicar nunca en sus convicciones, hasta fallecer en Chicago en 1942, 47 años después de que Martí cayera en combate por la independencia de Cuba. Descansa en el Cementerio Forest Home, en Chicago, cerca del monumento dedicado a los mártires del 1 de mayo. Patria, realmente, es Humanidad.

Panamá, 8 de marzo de 2019, Día Mundial de la Mujer.

 

 

 

[i] “Glosas al pensamiento de José Martí. Un libro que debe escribirse”. Guanche, Julio César (compilador), 2009: Julio Antonio Mella. Ocean Sur, México, DF, p. 73.

[ii] “Correspondencia particular para El Partido Liberal.” El Partido Liberal, México, 29 de mayo de 1886. En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892. Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 2003, p. 604.

[iii] “El proceso de los siete anarquistas de Chicago.” La Nación, Buenos Aires, 21 de octubre de 1886. En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892. Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 2003, p. 722 y 726.

 

[iv] “Correspondencia particular para El Partido Liberal.” El Partido Liberal, México, 7 de noviembre de 1886. En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892. Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 2003, p. 738.

 

[v] “Correspondencia particular para El Partido Liberal.” El Partido Liberal, México, 7 de noviembre de 1886. En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892. Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 2003, p. 738 – 739.

 

[vi] “Correspondencia particular para El Partido Liberal.” El Partido Liberal, México, 7 de noviembre de 1886. En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892. Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 2003, p. 739.

 

[vii] “Un drama terrible.” La Nación, Buenos Aires, 1 de enero de 1888. En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892. Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 2003, p. 963.

 

[viii] “Correspondencia particular de El Partido Liberal. La cuestión social y el remedio del voto.” El Partido Liberal, México, 11 de diciembre de 1889. En los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892. Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 2003, p. 1326.

 

El Capital de que se trata

El Capital de que se trata

Guillermo Castro Herrera

 

Hemos llegado a las vísperas del 150 aniversario de la publicación del primer tomo de El Capital. Se trata, sin duda, de la más rica y compleja de las obras de Carlos Marx. En el esquema de organización del conocimiento creado por el liberalismo ascendente, pasa por ser una obra de economía. Desde el pensamiento del autor, quizás sea en realidad un libro de historia, que aborda la formación, las características, las contradicciones internas y las perspectiva de desarrollo de una relación social a la que llamamos capital. Entre ambas visiones hay un conflicto insalvable: la liberal considera a El Capital una interpretación – entre otras – de la economía moderna; la otra lo considera una herramienta para la transformación de la realidad creada por y para esa relación social.

El esquema liberal, en efecto – tan ricamente descrito en su origen y evolución por Immanuel Wallerstein – organizó los distintos campos del saber a partir de lo que a primera vista parecían ser objetos exclusivos, y excluyentes. Las ciencias naturales fueron separadas de las sociales, y las que se referían a la narrativa de procesos que no cabían en ninguna de aquellas, conformaron el campo de las Humanidades. Así, la sociología pasó a ser la ciencia de la sociedad; la ciencia política, la del Estado, y la economía, la de los procesos de producción, distribución y cambio, según se enseñaba en la escuela secundaria, cuando en nuestra educación secundaria se enseñaban esas cosas.

Desde la perspectiva abierta por Marx, esas disciplinas no dejan de existir. Desaparece, si, su definición a partir de objetos excluyentes de conocimiento, para dar paso al estudio de campos de relación que definen ámbitos diversos de un mismo proceso histórico. De ahí que el marxismo – que no es una filosofía, ni una sociología no una economía en el sentido usual de esos términos en la cultura creada por el liberalismo – no encuentre en verdad un lugar para sí en la estructura del conocer creada por esa cultura liberal.

Ese lugar es de una naturaleza distinta. Corresponde a un vasto y complejo proceso histórico que, entre otras cosas, comprende la maduración y crisis temprana de la cultura liberal. El marxismo, precisamente, critica y trasciende a un tiempo esa cultura, que a su vez reacciona ante esa crítica rechazándola e intentando asimilarla.

Cabe recordar, al respecto, que el primer tomo de El Capital fue publicado 19 años después de que apareciera El Manifiesto Comunista, y 50 años antes de la Revolución de Octubre en Rusia que – a través de la combinación de las armas de la crítica con la crítica de las armas – abrió paso a la formación de la Unión Soviética. Y es notable que aun después de la caída del campo socialista del Este europeo, sigue manteniendo al liberalismo a la defensiva. Y esto es llevado a unos extremos tales de vulgaridad teórica e ignorancia histórica, que solo puede uno imaginar que si El Capital y el comunismo no existieran, el liberalismo tendría que inventarlos para enmascarar el hecho – no la idea – de los desastres sociales, políticos, ambientales y económicos que ha ocasionado y ocasiona en su desarrollo.

En realidad, todo comprueba aquí lo señalado por Gramsci desde su celda: que la superioridad de una visión del mundo respecto a otra se expresa ante todo en su capacidad para asumirla como un elemento de su propio desarrollo. A eso se refería Lenin, por ejemplo, cuando consideraba a la filosofía clásica alemana, el socialismo francés y la economía inglesa como tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, que las asumía y las trascendía en un mismo movimiento de su desarrollo. Tal fue la vía por la cual, al decir de Federico Engels en el discurso que pronunciara en el funeral de su camarada y amigo entrañable,

 

Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana: el hecho, tan sencillo, pero oculto bajo la maleza ideológica, de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc.; que, por tanto, la producción de los medios de vida inmediatos, materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un pueblo o una época es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres y con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse, y no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo. Pero no es esto sólo. Marx descubrió también la ley específica que mueve el actual modo de producción capitalista y la sociedad burguesa creada por él . El descubrimiento de la plusvalía iluminó de pronto estos problemas, mientras que todas las investigaciones anteriores, tanto las de los economistas burgueses como las de los críticos socialistas, habían vagado en las tinieblas.

 

Y añadía enseguida:

 

Para Marx, la ciencia era una fuerza histórica motriz, una fuerza revolucionaria. Por puro que fuese el gozo que pudiera depararle un nuevo descubrimiento hecho en cualquier ciencia teórica y cuya aplicación práctica tal vez no podía preverse en modo alguno, era muy otro el goce que experimentaba cuando se trataba de un descubrimiento que ejercía inmediatamente una influencia revolucionadora en la industria y en el desarrollo histórico en general.[1]

 

El Capital de que se trata fue y sigue siendo, en este sentido, un producto del trabajo científico de indudable influencia revolucionaria en el desarrollo histórico en general. Su influencia indirecta ha sido, en muchos sentidos, tanto o más importante, en la medida en que la visión del mundo planteada por Marx ha seguido incorporando a otras visiones – en lo ambiental y lo religioso, como en la crítica al moderno sistema mundial – como elementos de su propio desarrollo.

Quien conozca a Marx sabe que fue enemigo de toda canonización, en vida o tras su muerte. Sabe, también que su obra posterior al Capital  sometió a prueba lo planteado en su libro a través del debate constante con sus adversarios, y del examen atento a los azares del desarrollo del mercado mundial. A 150 años de entonces, ese debate y ese examen son los medios más adecuados para el desarrollo de la visión del mundo de Marx en las circunstancias de nuestro tiempo, y de nuestra crisis. Y ante una tarea de tal riqueza y tal complejidad, conviene tener presente lo que nos advirtiera otro revolucionario ejemplar de la América nuestra:

 

Estudien, los que pretenden opinar. No se opina con la fantasía, ni con el deseo, sino con la realidad conocida, con la realidad hirviente en las manos enérgicas y sinceras que se entran a buscarla por lo difícil y oscuro del mundo. Evitar lo pasado y componernos en lo presente, para un porvenir confuso al principio, y seguro luego por la administración justiciera y total de la libertad culta y trabajadora: ésa es la obligación, y la cumplimos. Ésa es la obligación de la conciencia, y el dictado  científico. La misma injusticia de aquella escasa porción de nuestra patria que no amase a los que la quieren constituir para una paz durable, conforme a sus verdaderos elementos, no podría desviar, ni aflojar siquiera, a los que, dispuestos a dar la vida por su país, le dan de seguro lo que vale menos que ella: – la paciencia. […] Amemos la herida que nos viene de los nuestros. Y fundemos, sin la ira del sectario, ni la vanidad del ambicioso. La revolución crece.[2]

 

Panamá, 18 de marzo de 2017

Notas

 

[1] Discurso ante la tumba de Marx (1883). https://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/83-tumba.htm

 

[2] Martí, José: “Crece”. ”. Patria, 5 de abril de 1894. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975. III, 121.

 

 

 

Panamá: pasado, futuro, territorio

Panamá: pasado, futuro, territorio

Guillermo Castro H.

 

 

En Panamá, la decisión de crear una nueva provincia en la ribera Oeste de la vertiente Pacífica del Canal, aprobada como Ley por la Asamblea Nacional recientemente, ha suscitado diversas críticas. Inicialmente, lo fundamental de esas críticas se ha enmarcado en las mentalidades correspondientes al viejo orden establecido en Panamá entre 1903 y 1979. Tales cuestionamientos, en efecto, hacen referencia a problemas legales – cambios en documentos de identidad, símbolos patrios, etc. -; administrativos – creación de nuevas burocracias, mayor gasto improductivo, etc. -, y conflictos de pequeña política municipal, como la disputa por la nueva cabecera provincial entre los distritos de Arraiján y La Chorrera.

Otros planteamientos – como los del antropólogo Orlando Acosta sobre los riesgos que el nuevo ordenamiento conlleva para la gestión de la cuenca del Canal, sin embargo -, se corresponden con las mentalidades que empiezan a tomar forma a partir de la entrada en vigencia del Tratado Torrijos – Carter. El Tratado, en efecto, abrió paso a la incorporación del Canal a la economía interna de Panamá, potenció así la transformación del Corredor interoceánico en un complejo de transporte multimodal, y sentó las bases para establecer y desarrollar en ese Corredor toda una plataforma de servicios al comercio global.

Ese proceso sigue en marcha mediante una diversidad de procesos que van desde la conurbación en curso entre las ciudades de Panamá y Colón por un lado, y de Chorrera a Pacora a lo largo del litoral Pacífico, hasta la ampliación del Canal, la construcción del nuevo puente sobre el Canal en el Atlántico, y – a partir de allí – la de dos carreteras estratégicas. Una, que irá de Colón a Centro América por el litoral Atlántico – conectando entre si las salidas al Pacífico ya existentes en Petaquilla, Calovébora y Rambala, y otra que irá desde Río Indio hasta La Chorrera, por la ribera Occidental del lago Gatún, atravesando la cuenca del Trinidad en su desembocadura.

No hay duda alguna sobre la necesidad de ir a un nuevo ordenamiento territorial que ponga orden en estas transformaciones – hasta ahora espontáneas en una importante medida, y mal articuladas entre sí -, limitando sus efectos más destructivos y potenciando los más productivos. Sin embargo, la creación de la décima provincia, tal como ha sido concebida por los personeros del poder legislativo, fragmenta aún más el territorio en lo político – administrativo, contribuye a la segregación de elementos cuya integración debería ser favorecida – como el complejo logístico Panamá – Pacífico y los principales puertos asociados al Canal-, y terminará por elevar innecesariamente los costos de operación del Corredor Interoceánico, disminuyendo la competitividad de Panamá en el mercado global de servicios logísticos.

Si de cambios se trata, lo sensato sería promover y facilitar aquellos que contribuyeran a relacionar armónicamente entre sí la organización natural del territorio, con la organización territorial de la economía, mediante una nueva organización territorial del Estado. En la práctica, el Corredor Interoceánico ya abarca un conjunto de actividades que tienden a integrarse en un espacio común: el propio Canal, con su área de operaciones y toda su cuenca; los componentes del sistema de transporte multimodal y de la plataforma de servicios globales, y las ciudades que acogen a quienes trabajan en las diversas actividades que se llevan a cabo en el Corredor – que, según cálculos del economista Rubén Lachman, generan el 50% de la riqueza nacional.

Ese conjunto tendrá que se organizado eventualmente en una provincia del Canal, estructurada con el valle del Chagres como eje, y que abarque, en el litoral Pacífico, el sistema conurbado que va de Capira – Chorrera al Oeste, a Pacora en el Este; en el Atlántico, lo que va de Río Indio al Oeste a Portobelo al Oeste de la ciudad de Colón; el Corredor propiamente dicho, con la ciudades de Panamá al Sur y Colón al Norte, y la Cuenca del Canal, finalmente integrada en un marco político – administrativo adecuado a su gestión integral.

Esto, naturalmente, terminará por generar transformaciones en el conjunto del territorio nacional, en la medida en que facilite la generalización de las correspondencias entre la organización natural del territorio y la organización territorial de la economía y del Estado. La discusión de esas transformaciones – que estarán asociadas por necesidad a la multiplicación de vías de comunicación interoceánica que ya está en curso – requeriría un planteamiento separado.

De momento, dos tareas esperan por la labor de nuestros intelectuales, incluyendo a aquellos dedicados a tareas de dirección en las organizaciones sociales y económicas que hacen parte de nuestra sociedad civil. Una consiste en encarar críticamente las consecuencias de enfrentar los problemas del siglo XXI con la mentalidades del XIX. La otra, en iniciar las tareas de imaginación bien fundamentada que demanda poner en relación entre sí el enorme potencial de nuestra población y nuestros recursos con los desafíos y oportunidades que nos ofrece el mundo que emerge del proceso de globalización.

En esto, como en tantos otros temas, quizás tengamos que esperar a que pase lo que entre nosotros pasa por ser un campaña electoral, para poner sobre la mesa, finalmente, los problemas que realmente van a definir nuestro futuro. Con ello, habremos dado un paso de la mayor importancia por abrir paso a la verdadera renovación política que nuestro país demanda ya con tanta urgencia.

 

 

 

Algunos errores útiles

1875: “algunos errores útiles”. Proteccionismo, libre cambio y camino propio en José Martí

Guillermo Castro H.

 “No estriba el amor patrio en afianzar la libertad:

estriba en labrar un pueblo en que la libertad se afiance”

José Martí [1]

1875 ha de haber sido un año extraordinario en aquella forja de sí mismo que fue la vida de José Martí. Cabría imaginarlo, quizás, como el año en que el metal fundido salió de su horno de origen en busca del molde que le diera utilidad y sentido plenos en el servicio a los pueblos de que formaba parte el suyo. Y ese primer momento de búsqueda tuvo lugar en el mejor escenario imaginable: México, donde la Reforma Liberal había generado las expresiones más intensas del conflicto entre reacción y progreso que allí vendría a desembocar en aquella peculiar síntesis– ilustrada por la convivencia bajo tutela estatal del cientificismo positivista y el catolicismo ultramontano – que encontró expresión política en la dictadura de Porfirio Díaz entre 1876 y 1910. Ya después sería Cuba el yunque, y el Partido Revolucionario Cubano el martillo que le darían a Martí su forma y su estatura definitivas.

En México, además de reunirse con su familia al regreso de su exilio en España, Martí recibió una cálida acogida en un grupo de jóvenes intelectuales liberales de clara orientación democrática, y de un patriotismo que buscaba caminos hacia el futuro en un mundo que tendía a organizarse en una comunidad de Estados nacionales. El país emergía entonces de un prolongado y devastador período de guerras por la Reforma Liberal y contra la intervención extranjera. Su economía estaba en ruinas, y dependía sobre todo de la exportación de metales preciosos para abastecerse de bienes de consumo indispensables.Esa situación fue sintetizada en los siguientes términos por Martí en su columna de prensa para la Revista Universal:

“Se elabora, se extrae, se cultiva.

Lo que se extrae, va decayendo; lo que se cultiva, no va aumentando; lo que se elabora, sofócase y debilítase en la competencia que lo extranjero viene a hacerle, y que por sus timideces o impericias no puede nuestra industria sostener. La economía ordena la franquicia; pero cada país crea su especial economía. Esta ciencia no es más que el conjunto de soluciones a distintos conflictos entre el trabajo y la riqueza: no tiene leyes inmortales; sus leyes han de ser, y son, reformables por esencia. Tienen en cada país especial historia el capital y el trabajo: peculiares son de cada país ciertos disturbios entre ellos, con naturaleza exclusiva y propia, distinta de la que en tierra extraña por distintas causas tengan.”

Y de tal panorama – de una manera que llegaría a ser característica de su reflexión social y política -, concluía Martí lo siguiente:

” A propia historia, soluciones propias. A vida nuestra, leyes nuestras. No se ate servilmente el economista mexicano a la regla, dudosa aun en el mismo país que la inspiró. Aquí se va creando una vida; créese aquí una economía. Álzanse aquí conflictos que nuestra situación peculiarísima produce: discútanse aquí leyes, originales y concretas, que estudien, y se apliquen, y estén hechas para nuestras necesidades exclusivas y especiales.”[2]

Un mes antes, ese razonamiento había sido precedido por un análisis de los orígenes del problema en el que encontramos elementos que recuerdan del debate contemporáneo sobre las consecuencias socio-ambientales y económicas del neoliberalismo en nuestra América. Decía Martí entonces:

“La tierra es perpetua: séanlo las fuerzas que a vivir de la tierra se apliquen. Fuerzas constantes y productoras, elementos creadores, industrias transformadoras de los elementos que hoy existen. Nada pone la manufactura extractiva en lugar de lo que arranca. La industria fabril crea y transforma, en cambio, de un modo siempre nuevo productos fijos y constantes, en los que se asienta el verdadero bienestar de una nación.”

Y añadía: México “no es útilmente rico”, pues “su riqueza comenzará a ser útil al país, cuando pueda aplicarse en beneficio de él mismo, y no haya de llevarse fuera de la patria en pago de las más sencillas necesidades materiales y domésticas.”

De eso deducía una conclusión que seguramente asombró entonces, como quizás asombre hoy. Frente al dogma liberal de la libertad de comercio, propuso lo que recomendaría 16 años después en su ensayo Nuestra América: entender ”que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas” [3], lo cual en el caso de México en 1875 significaba comprender que

“Cuando perturbaciones y errores anteriores han alejado de su cauce natural a un país, sucede frecuentemente que necesita este para su bienestar la comisión de algunos errores útiles. Ordena la economía, por más que hiciera bien en limitarse a aconsejar, que sea franco y libérrimo el comercio de todos los efectos extranjeros.”

Y concluía entonces:

“Utilísima es para un país formado la libertad absoluta de comercio: ¿es de la misma manera útil para un país que se forma? La libertad comercial es, a más de conveniente, justa. Cuando han constituido la vida de un país injusticias esenciales, ¿no será todavía necesario el cumplimiento de injusticias transitorias? El comercio libre es bueno; pero realizado en nuestro país, extinguiría en su nacimiento las abandonadas industrias nacionales.

Fuera impolítico y erróneo cerrar hoy los puertos a los efectos extranjeros: parece necesario limitar su introducción con derechos relativamente crecidos; pero sólo una manera se ofrece de destruir la vacilante situación actual de la riqueza: la competencia es esta manera única; la competencia que no podrá establecerse con los arbitrios generales de la hacienda, que la misma manera gravan al efecto de consumo que se introduce, que la instrumento de trabajo que nada debería pagar.” [4]

Aquel debate se prolongaría aún hasta octubre de 1875. El día 9 de ese mes, el joven Martí lo situaría en una perspectiva más general y más precisa a un tiempo:

“Luchan perpetuamente en la vida social los dos principios generadores, el de la dominación, todo error; el de la libertad, todo nobleza. En economía política aquel se llama proteccionismo; este se llama libre cambio. Pero ¿es de inteligencias que se estiman, dejarse arrastrar por el sistema aprendido? Una razón sana debe estudiar el conflicto y encadenar a la justicia práctica la simpatía prematura.

Hay un medio seguro de no errar en el sistema general: estudiarlo en sus casos particulares. El sistema hacendario de México es abigarrado y confuso: consiste en no tener sistema. Cada doctrina tiene en él sus triunfos; pero de esta mezcla de residuos no puede resultar una conducta franca y lógica.”[5]

Ante tal situación, dice Martí, debe adoptar la doctrina mejor, que debe adaptarse, hade ser aquella “cuyos frutos alcanzan a una clase más numerosa.” De allí pasa al ataque a la doctrina del proteccionismo. “He ahí”, dice, “el patriotismo de los proteccionistas: la ganancia del fabricante sobrepuesta al beneficio de la gran masa de la patria.” Por contraste, dice, es “indiscutible” que la industria nacional “está interesada en el libre cambio”, si entiende que tal industria “no es el provecho de algunos industriales aislados”, sino “el desarrollo progresivo de las fuerzas trabajadoras de la nación, aplicadas a la elaboración de sus productos.”

Y añade:

“El proteccionismo ahoga el comercio; no alimenta el interés de las naciones extranjeras, que se alejarán de nosotros por la inutilidad de sus relaciones mercantiles. Privaríamos de vida a los puertos, y arrebataríamos a nuestro pueblo naciente el medio de colocarse por la imitación y el trato mutuo a la altura de los países formados.

El libre cambio atrae a los pueblos extraños; nos dan sus productos baratos, y abren mercados a los nuestros; nos dan de su vida, en cambio de lo que contribuyamos a la suya. Vivirán nuestros puertos, y nuestra civilización se afianzará.

El patriotismo consiste en procurar el mayor bien para el número mayor.”

 El debate entre protección y libre cambio, por supuesto, no era nuevo en 1875. Así, por ejemplo, en enero de 1848, Carlos Marx – a sus 29 años -, había pronunciado en una sesión pública de la Sociedad Democrática de Bruselas su Discurso sobre el Libre Cambio, en el que concluyó lo siguiente:

“No creáis, señores, que al criticar la libertad comercial tengamos el propósito de defender el sistema proteccionista.

Se puede ser enemigo del régimen constitucional sin ser partidario del viejo régimen.

Por lo demás, el sistema proteccionista no es sino un medio de establecer en un pueblo la gran industria, es decir, de hacerle depender del mercado mundial; pero desde el momento en que depende del mercado mundial, depende ya más o menos del libre cambio. Además, el sistema proteccionista contribuye a desarrollar la libre concurrencia en el interior de un país. Por eso vemos que, en los países donde la burguesía comienza a hacerse valer como clase, en Alemania, por ejemplo, realiza grandes esfuerzos para lograr aranceles protectores. Para ella son armas contra el feudalismo y contra el poder absoluto; son para ella un medio de concentrar sus fuerzas y de realizar el libre cambio en el interior del propio país.

Pero, en general, el sistema proteccionista es en nuestros días conservador, mientras que el sistema del libre cambio es destructor. Corroe las viejas nacionalidades y lleva al extremo el antagonismo entre la burguesía y el proletariado. En una palabra, el sistema de la libertad de comercio acelera la revolución social. Y sólo en este sentido revolucionario, yo voto, señores, a favor del libre cambio.”[6]

Todo esto es del mayor interés en nuestra circunstancia contemporánea. Desde circunstancias y perspectivas distintas, y para propósitos diferentes, Marx y Martí convergen en una postura afín con veintisiete años de diferencia. ¿Podría alguien en su sano juicio sustentar que la postura martiana no era la más avanzada posible en la sociedad mexicano de su tiempo: apoyar a un libre cambio destructor del viejo orden, frente a un proteccionismo que buscaba conservarlo? ¿Podría alguien, también, sostener que la alternativa a los desastres del libre comercio neoliberal en nuestra América sea el retorno a alguna variante desarrollismo liberal proteccionista de las décadas de 1950 a 1970?

Hoy, como en 1875, el bien mayor para el número mayor. La economía que necesitamos es aquella que haga de ese criterio una prioridad para la asignación de recursos escasos entre fines múltiples y excluyentes, para asegurar el desarrollo progresivo de las fuerzas trabajadoras de nuestra América, aplicadas a la elaboración de sus productos. Para la señora Thatcher no había alternativa al neoliberalismo. Para nosotros, trascenderlo es la única alternativa.

[1] “Boletín”. Revista Universal. México, 14 de agosto de 1875. Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2000. II, 170.

[2] “Boletín”. Revista Universal. México, 14 de agosto de 1875. Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2000. II, 170 – 171. [cursiva: GCH] Era así evidente que la república democrática y equitativa a que aspiraba aquella generación de jóvenes liberales necesitaba ser próspera para llegar a ser. En aquellos debates cabe encontrar una de las raíces que, ya exilado en Nueva York, llevó a Martí a decir en 1884 que “Ser bueno es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre. Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno. Y el único camino abierto a la prosperidad constante y fácil es el de conocer, cultivar y aprovechar los elementos inagotables e infatigables de la naturaleza.” La América. Nueva York, mayo de 1884. VIII, 288 – 292.

[3] “Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república.”

“Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI, 20 – 21.

[4] “Boletín”. Revista Universal. México, 14 de julio de 1875. Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2000. II, 122 – 124.

[5] “Proteccionismo y libre cambio”. Revista Universal. México, 9 de octubre de 1875.

http://www.josemarti.cu/wp-content/uploads/2014/06/44.1-Proteccionismo-y-libre-cambio.pdf

[6] Discurso sobre el libre cambio. Pronunciado por Marx el 9 de enero de 1848 en una sesión pública de la Sociedad Democrática de Bruselas.https://www.marxists.org/espanol/m-e/1847/miseria/009.htm

Con Cuba en el mundo real

Estudien, los que quieran opinar…

Guillermo Castro H.

 

¿Qué significa para nuestro pueblo el 10 de Octubre de 1868?

¿Qué significa para los revolucionarios de nuestra patria esta gloriosa fecha?

Significa sencillamente el comienzo de cien años de lucha,

el comienzo de la revolución en Cuba,

porque en Cuba solo ha habido una revolución:

la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de Octubre de 1868.

Y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes.

Fidel Castro Ruz, La Demajagua, 1968[1]

 

 

El fallecimiento de Fidel Castro Ruz, la austera modestia que pidió para su memoria, la masividad inestridente y afectuosa de su funeral, y la elección del Cementerio de Santa Efigenia en Santiago de Cuba como su lugar de reposo final – en compañía de Carlos Manuel de Céspedes, Mariana Grajales y José Martí-, abren a debate, una vez más, el carácter y el alcance del proceso revolucionario que encabezó entre 1953 y 2016. Ese debate no puede ser planteado –ni siquiera imaginado- en los términos amorales, anacionales y finalmente ahistóricos que han venido a ser usuales en los años de hierro del neoliberalismo triunfante. Tales términos, en efecto, sólo permiten dar cuenta de mundos imaginarios, pero no del mundo real, donde persiste en ocurrir lo imposible una y otra vez, desde la elección del Papa Francisco en un extremo, hasta la del nuevo Presidente de los Estados Unidos, en el otro.

Los términos que reclama el debate sobre Cuba todo lo contrario de aquellos otros: éticos, nacionales, e históricos. Desde esos términos, por ejemplo, ha advertido Fernando Martínez Heredia que en Cuba viene ocurriendo un proceso socialista de liberación nacional. Ese proceso nace del rico y complejo devenir de la formación de la nación cubana, que se inicia a fines del siglo XVIII, ingresa de 1868 en adelante a una fase revolucionaria, que adoptó una forma liberal radical primero, otra demócrata revolucionaria a partir de 1895, y finalmente una socialista al alcanzar su fase culminante en las condiciones de desarrollo del capitalismo a escala mundial a mediados del siglo XX.

Aquella primera fase liberal radical encontró una clara expresión en los términos en que el joven José Martí emplazó a la Primera República Española – nacida en febrero de 1873, liquidada por un golpe de Estado monárquico en diciembre de 1874 – a aceptar el hecho de que Cuba había optado por conquistar su independencia en el campo de batalla, y no por una mera reforma de su condición colonial:

 

Más dirán ahora que puesto que España da a Cuba los derechos que pedía, su insurrección no tiene ya razón de existir. – No pienso sin amargura en este pobre argumento, y en verdad que [de] la dureza de mis razones habrá de culparse a aquellos que las provocan. – España quiere ya hacer bien a Cuba. ¿Qué derecho tiene España para ser benéfica después de haber sido tan cruel? – Y si es para recuperar su honra ¿qué derecho tiene para hacerse pagar con la libertad de un pueblo, honra que no supo tener a tiempo, beneficios que el pueblo no le pide, porque ha sabido conquistárselos ya? – ¿Cómo quiere que se acepte ahora lo que tantas veces no ha sabido dar?¿Cómo ha de consentir la revolución cubana que España conceda como dueña de derechos que tanta sangre y tanto duelo ha costado a Cuba defender?- España expía ahora terriblemente sus pecados coloniales que en tal extremo la ponen que no tiene ya derecho a remediarlos. – La ley de sus errores la condena a no parecer bondadosa. Tendría derecho para serlo si hubiera evitado aquella inmensa, aquella innumerable serie de profundísimos males. Tendría derecho para serlo si hubiera sido siquiera humana en la prosecución de aquella guerra que ha hecho bárbara e impía.[2]

 

La cercanía de este emplazamiento con los términos en que Cuba ha ejercido su lucha contra el bloque que le ha sido impuesto desde 1960 por los Estados Unidos serán evidentes para el observador atento de nuestras realidades. De igual modo debería ser evidente el paso a un planteamiento democrático revolucionario en el momento en que la lucha armada del pueblo cubano por el derecho a decidir su propio destino ingresa nuevamente en una fase armada a comienzos de 1895, según lo plantearon José Martí y Máximo Gómez como voceros del mando político y militar de la revolución que renacía de la derrota a que la habían condenado sus disputas internas en la guerra de 1868 – 1878:

 

Cuba vuelve a la guerra con un pueblo democrático y culto, conocedor celoso de su derecho y del ajeno; o de cultura mucho mayor, en lo más humilde de él, que las masas llaneras o indias con que, a la voz de los héroes primados de la emancipación, se mudaron de hatos en naciones las silenciosas colonias de América; y en el crucero del mundo, al servicio de la guerra, y a la fundación de la nacionalidad, le vienen a Cuba, del trabajo creador y conservador en los pueblos más hábiles del orbe, y del propio esfuerzo en la persecución y miseria del país, los hijos lúcidos, magnates o siervos, que de la época primera de acomodo, ya vencida, entre los componentes heterogéneos de la nación cubana, salieron a preparar, o – en la misma Isla continuaron preparando, con su propio perfeccionamiento, el de la nacionalidad a que concurren hoy con la firmeza de sus personas laboriosas, y el seguro de su educación republicana.[3]

 

Tal fue, así, el pueblo democrático y culto que poco después pudo decir al New York Herald, a través del Delegado de su Partido Revolucionario Cubano que

 

“es nuestro deber, como representantes electos de la Revolución, […] expresar de modo sumario al pueblo de los Estados Unidos y al mundo las razones, composiciones y fines de la Revolución que Cuba inició desde principios de siglo, que se mantuvo en armas con reconocido heroísmo de 1868 a 1878, y se reanuda hoy por el esfuerzo ordenado de los hijos del país dentro y fuera de la Isla, para fundar, con el valor experto y el carácter maduro del cubano, un pueblo independiente, digno y capaz del gobierno que abre la riqueza estancada de la Isla de Cuba, en la paz que solo puede asegurar el decoro satisfecho del hombre, al trabajo libre de sus habitantes y al paso franco del Universo”.[4]

 

Cuba, y su revolución, existen en este mundo real, no en el imaginario del pensamiento único y las abstracciones tan cómodas como acomodaticias de la cultura que ese pensamiento promueve. Como tal, Cuba, y su revolución, pueden y deben ser objeto de todo el debate que merezcan sus limitaciones, sus logros, los errores que haya cometido y los modos en que los haya enmendado o no.

Para que ese debate sea útil, en todo caso, es bueno recordar dos cosas. Una, que no existen en el mundo real críticas constructivas ni destructivas, sino únicamente críticas fundamentadas o carentes de fundamento. Y otra, el sano consejo que ofreció Martí a quienes deseaban participar en la discusión de las cosas de este mundo, incluyendo la Revolución a la que había dedicado todas sus fuerzas, y a la que entregaría su vida un año después:

 

Estudien, los que pretenden opinar. No se opina con la fantasía, ni con el deseo, sino con la realidad conocida, con la realidad hirviente en las manos enérgicas y sinceras que se entran a buscarla por lo difícil y oscuro del mundo. Evitar lo pasado y componernos en lo presente, para un porvenir confuso al principio, y seguro luego por la administración justiciera y total de la libertad culta y trabajadora: ésa es la obligación, y la cumplimos. Ésa es la obligación de la conciencia, y el dictado científico. La misma injusticia de aquella escasa porción de nuestra patria que no amase a los que la quieren constituir para una paz durable, conforme a sus verdaderos elementos, no podría desviar, ni aflojar siquiera, a los que, dispuestos a dar la vida por su país, le dan de seguro lo que vale menos que ella: – la paciencia. […] Amemos la herida que nos viene de los nuestros. Y fundemos, sin la ira del sectario, ni la vanidad del ambicioso. La revolución crece.[5]

 

Panamá, 13 de diciembre de 2016

 

[1] Discurso pronunciado por el Comandante Fidel Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, en el resumen de la Velada Conmemorativa de los Cien Años de Lucha, efectuada en La Demajagua, Monumento Nacional, Manzanillo, Oriente, el 10 de Octubre de 1968. (Departamento de Versiones Taquigráficas del Gobierno Revolucionario)

http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1968/esp/f101068e.html

 

[2] Martí, José: “La República Española ante la Revolución Cubana”. Febrero, 1873. Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2006. I, 105.

 

[3] “Manifiesto de Montecristi”. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. IV, 95.

 

[4] Martí, José: “Al New York Herald. 2 de mayo de 1895”. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. IV, 151 – 152.

[5] Martí, José: “Crece”.[Patria, 5 de abril de 1894]. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. IV, 121.