Ciencia, cultura y cultura de la ciencia en Panamá

Ciencia, cultura y cultura de la ciencia en Panamá

Guillermo Castro H.

El elogio de la ciencia constituye uno de los tópicos más característicos de la cultura contemporánea. Se trata, además, de un caso bien argumentado. Para el astrónomo y educador norteamericano Carl Sagan, por ejemplo, la ciencia puede ofrecer “el camino dorado” para que las naciones en desarrollo salgan de la pobreza y el atraso; puede alertarnos sobre los riesgos que plantean las tecnologías que alteran el medio ambiente del que dependen nuestras vidas; nos enseña “los aspectos más profundos de (los) orígenes, naturalezas y destinos: de nuestra especie, de la vida, de nuestro planeta, del universo”, y se caracteriza por valores que son “en muchos casos indistinguibles” de los de la democracia.[1]

En esa perspectiva, cabe preguntar qué condiciones permiten a la ciencia – entendida como una manera de conocer, antes que como un cuerpo de conocimientos[2] -, convertirse en el elemento articulador de una cultura, esto es, de una visión del mundo y un sistema de conducta correspondiente a su estructura. La respuesta que podamos dar a esta pregunta debe conducirnos, además, a plantear el problema más específico de las condiciones que han dado lugar a que la ciencia no haya llegado a desempeñar (aún) ese papel en el caso de Panamá.

Algunas precisiones pueden ser útiles. Primero, cabe recordar que la presencia del razonar científico como elemento central en la cultura humana es en verdad muy reciente: dos, quizás tres siglos a lo sumo, dentro de una historia de nuestro desarrollo como especie que abarca al menos cien mil años.[3] Segundo, que esa presencia del razonar científico en la cultura no es el resultado de una continuidad, sino de una ruptura – o mejor aún, de un conflicto constantemente renovado – con respecto a una prolongada etapa precedente de predominio del razonar mágico.[4]

Ese conflicto se hace evidente en el hecho de que incluso en aquellas sociedades en cuyo desarrollo la ciencia ha llegado a ocupar un lugar especialmente relevante, como los Estados Unidos, persiste y se reproduce constantemente una pertinaz presencia del pensamiento mágico y la superstición en la vida y la cultura cotidiana de amplios segmentos de la población. Así lo prueba, por ejemplo, el empeño demostrado por los medios masivos de comunicación en explotar, cuando no ampliar, ese segmento de su mercado, contribuyendo a crear una situación que llevó a Carl Sagan a plantear que

Hemos preparado una civilización global en la que los elementos más cruciales – el transporte, las comunicaciones y todas las demás industrias; la agricultura, la medicina, la educación, el ocio, la protección del medio ambiente e, incluso la institución democrática clave de las elecciones – dependen profundamente de la ciencia y la tecnología. También hemos dispuesto las cosas de modo que nadie entienda la ciencia y la tecnología. Eso es una garantía de desastre. Podríamos seguir así una temporada pero, antes o después, esta mezcla combustible de ignorancia y poder nos explotará en la cara.[5]

El papel de la ciencia en la cultura está íntimamente asociado a la creación de condiciones de desarrollo y organización económica y social, y de relación con el mundo natural, que carecen de precedente en la historia de nuestra especie. La ciencia es una conquista intelectual alcanzada y preservada a través de una transformación revolucionaria en las formas de organización del trabajo humano, tanto en el plano del aprovechamiento intensivo de las condiciones de producción – fuerza de trabajo, recursos naturales, infraestructura -, como en el de la producción de esas condiciones.[6]

Las condiciones que constituyen el sustrato de la cultura de la ciencia surgieron con el capitalismo y, en particular, con el desarrollo de su forma más acabada y compleja de organización: la economía de escala planetaria en que vivimos, cuyo proceso de organización, iniciado a mediados del siglo XVI, estaba culminado en lo esencial hacia 1850.[7] En ese mercado mundial, si por un lado la aplicación masiva del conocimiento a la producción y el comercio es un requisito imprescindible para satisfacer la demanda de mercados en constante expansión, por otro lado la expansión de esos mercados crea los medios necesarios para dar respuesta a esa necesidad de conocimiento.

Ahora bien: el mercado mundial se caracteriza por la interdependencia asimétrica entre sus componentes, tanto al nivel de las sociedades nacionales, como al de los diversos sectores que integran cada una de esas sociedades. En este sentido, el acceso a una cultura científica por parte esas sociedades, como de los distintos sectores al interior de cada una de ellas, está asociado de múltiples maneras con sus posibilidades de relación con las formas de organización del trabajo y la vida cotidiana correspondientes a la era de la ciencia.[8]

Esta situación explica la presencia de amplios segmentos de población que, en Panamá como en todo el planeta, viven en el siglo XXI mientras habitan en el XIV, o el XVIII, en la medida en que sus condiciones de vida, trabajo y esperanza no demandan ni un pensamiento ni una cultura científicos, ni proporcionan el estímulo y los medios imprescindibles para alcanzarla. En esos segmentos de población, por el contrario, persisten y se renuevan de manera constante el pensamiento mágico, sus conductas y sus valores, de un modo que puede incluso distorsionar por entero las posibilidades de transformación que ofrece el acceso a nuevas técnicas y métodos de organización y trabajo.

En lo que hace a Panamá, Rodrigo Noriega – en su ensayo Ciencia imperial: la investigación científica en los trópicos como un discurso de poder -, considera que en la medida en que la ciencia “representa una entidad racionalizadora de los valores de la sociedad que la emprende”[9], la posibilidad de generar en Panamá una cultura de la ciencia depende en una medida muy importante de la capacidad del país para generar desde sus propios valores y necesidades la ciencia que articule esa cultura.

Así, por ejemplo, nuestras carencias en educación y calidad de vida se ubican en un terreno en el que es posible obtener avances con relativa rapidez si se cuenta con una estrategia para el desarrollo integral del país, y con la voluntad política para llevarla a cabo. Y esto es tanto más necesario, cuanto que resulta imposible imaginar una política de desarrollo científico y tecnológico que no sea parte de un proyecto nacional de desarrollo.

Esa política científica, por otra parte, no puede ser una mera extensión de lo que se haya hecho en el pasado o se esté haciendo en el presente. Por el contrario, incluso en lo relativo a las oportunidades abiertas por las nuevas posibilidades de acceso a la red global de producción y difusión del conocimiento y la innovación, bien puede ocurrir lo mismo que en relación al viejo subsistema de educación superior e investigación científica del antiguo enclave canalero. Allí, como plantea Noriega, aunque ha existido “una apropiación política de la ex zona del Canal, y una apropiación económica de la misma por parte de las élites, no ha habido la correspondiente apropiación científico-tecnológica por parte de las comunidades cognitivas”.[10]

Una cultura de la ciencia construida desde nuestros valores, requiere de una agenda que sintetice nuestras aspiraciones y nuestras necesidades. Desde una agenda así, disciplinas como la hidráulica, campos como los de la gestión ambiental y la producción social de la salud, y toda la amplia gama de problemas políticos, culturales, técnicos y económicos del desarrollo humano sostenible deberán estar en el centro de la ciencia que llegue a estar en el centro de nuestra cultura. El momento es bueno para hacerlo.

El sistema panameño de gestión del conocimiento debe reencontrarse con el país que emerge de la incorporación del Canal de Panamá a la economía interna, y de esa economía al mercado global. En el siglo XXI, el conocimiento – y la conciencia nacional que le otorgue sentido – determinarán de manera decisiva la posibilidad de que nuestra gente conquiste la vida mejor a la que aspira. Lograrlo exigirá, más que una reforma administrativa del sistema nacional de producción y difusión del conocimiento, una reforma social y económica que abra a los panameños la posibilidad de encarar desde sí el reto que ayer apenas presentara Carl Sagan a sus compatriotas en los Estados Unidos:

Para encontrar una brizna de verdad ocasional flotando en un gran océano de confusión y engaño se necesita atención, dedicación y valentía. Pero si no ejercitamos esos duros hábitos de pensamiento, no podemos esperar resolver los problemas realmente graves a los que nos enfrentamos… y corremos el riesgo de convertirnos en una nación de ingenuos, un mundo de niños a disposición del primer charlatán que nos pase por delante.[11]

[1] “Ciencia y esperanza”, en El Mundo y sus Demonios. La ciencia como una luz en la oscuridad. Planeta, México, 1997 (1995), p. 56, 57.

[2] En el sentido en que el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) plantea – en un ensayo de referencia obligada sobre el tema – que, si bien la ciencia proporciona “conocimientos sobre la técnica que, mediante la previsión, sirve para dominar la vida, tanto las cosas externas como la propia conducta de los hombres”, por otro ofrece “métodos para pensar, instrumentos y disciplina para hacerlo” y sobre todo, “claridad”. “La ciencia como vocación”, en El Político y el Científico, Alianza, México, 1991, p. 221.

[3] El proceso que llevó a la ciencia a ocupar ese lugar central en la cultura europea occidental, por ejemplo, se expresa en el campo de la literatura en lo que va de la publicación en 1818 de la novela Frankestein o el moderno Prometeo, de la escritora inglesa Mary Shelley, al éxito editorial sin precedentes en la literatura de masas alcanzado por el novelista francés Julio Verne con obras como Viaje al centro de la tierra (1864), De la tierra a la luna (1865), Veinte mil leguas de viaje submarino (1870), La isla misteriosa (1870) y La vuelta al mundo en ochenta días (1872). La tensión ya evidente en el siglo XIX entre las preocupaciones de orden ético y moral sobre el poder que la ciencia otorgaba a los humanos en su relación con la naturaleza viviente, característica de la obra de Shelley, y el optimismo progresista de Verne se prolonga hasta nuestros días, y se renueva incluso en el debate en torno a las promesas y los riesgos de la manipulación genética, por citar un ejemplo destacado.

[4] Así, por ejemplo, Weber llega a señalar que el progreso científico “constituye una parte, la más importante” del proceso de “intelectualización y racionalización” que, más que “un creciente conocimiento general de las condiciones generales de nuestra vida”, significa “se sabe o se cree que en cualquier momento en que se quiera se puede llegar a saber que, por tanto, no existen en torno a nuestra vida poderes ocultos e imprevisibles, sino que, por el contrario, todo puede ser dominado mediante el cálculo y la previsión. Esto quiere decir simplemente que se ha excluido lo mágico del mundo”. Op. Cit. pp. 198-200 (negrita del autor). El corolario ético de ese planteamiento, por demás inquietante en la perspectiva de Shelley, lleva a Weber a afirmar que “Todas las ciencias de la naturaleza responden a la pregunta de qué debemos hacer si queremos dominar técnicamente la vida. Las cuestiones previas de si debemos y, en el fondo, queremos conseguir este dominio y si tal dominio tiene verdaderamente sentido son dejadas de lado o, simplemente, son respondidas afirmativamente de antemano”. Ibid., p. 209.

[5] Ibid., p. 44.

[6] Al respecto, por ejemplo: O’Connor, James: “The Conditions of Production and the Production of Conditions”, en Natural Causes. Essays in Ecological Marxism. The Guilford Press, New York London, 1998, pp. 144- 157. Una version en español aparecerá próximamente en la revista TAREAS, del Centro de Estudios Latinoamericanos “Justo Arosemena”.

[7] “La misión particular de la sociedad burguesa”, decía Carlos Marx en una carta a Federico Engels en 1959, “es el establecimiento del mercado mundial, al menos en esbozo, y de la producción basada sobre el mercado mundial. Como el mundo es redondo, esto parece haber sido completado por la colonización de California y Australia y el descubrimiento de China y Japón.” Marx a Engels. Londres, [8 de octubre de] 1858. Apud. Dobb, Maurice (1977): Marx como Economista. Editorial Nuestro Tiempo, México, p. 106. Fuente original: Marx, Engels (1957): Correspondencia. Editorial Cartago, Buenos Aires. Por otra parte, Marx atribuye a la organización y desarrollo de ese mercado un papel decisivo en la formación de la ciencia moderna: “La exploración de la Tierra en todas las direcciones, para descubrir tanto nuevos objetos utilizables como nuevas propiedades de uso de los antiguos, al igual que nuevas propiedades de los mismos en cuanto materias primas, etc.; por consiguiente el desarrollo al máximo de las ciencias naturales; igualmente el descubrimiento, creación y satisfacción de nuevas necesidades provenientes de la sociedad misma; el cultivo de todas las propiedades del hombre social y la producción del mismo como un individuo cuyas necesidades se hayan desarrollado lo más posible, por tener numerosas cualidades y relaciones; su producción como producto social lo más pleno y universal que sea posible (pues para aprovecharlo multilateralmente es necesario que sea capaz de disfrute, y por tanto cultivado al extremo) constituye asimismo una condición de la producción fundada en el capital.” Elemento Fundamentales para la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) 1857 – 1858. I. Siglo XXI Editores, México, 2007 (1971). I, 361.

[8] Así, por ejemplo, ocurre que haya sido la Inglaterra victoriana la que, en la década de 1850, estuviera en la necesidad de, y dispusiera de los medios para, domesticar el árbol de la cinchona, originario de la Amazonía Perú-boliviana, con el fin de producir quinina en la cantidad y calidad necesaria para proteger de la malaria a sus tropas, administradores y plantadores en la India. Como testimonio del éxito de la empresa, el Superintendente del Museo del Gobierno Central de Madras, India, Cirujano-Mayor Bidie, escribió en 1879 a Thisleton Dyer, Director Asistente del Jardín Botánico de Kew, en Inglaterra, lo siguiente: “Para Inglaterra, con sus numerosas y extensas posesiones coloniales, (la cinchona) es simplemente invaluable; y no es exagerado decir que si existen porciones de su imperio tropical que están sometidas por la bayoneta, el brazo que sostiene el arma sería ineficaz de no ser por la corteza de Cinchona y sus principios activos”. Philip, Kavita: “Imperial Science Rescues a Tree: Global bothanic networks, local knowledge and the transcontinental transplantation of Cinchona”. Environment and History, Volume 1, Number 2, June 1995, p. 192.

[9]En El Canal de Panamá en el Siglo XXI. Encuentro académico internacional sobre el Canal de Panamá. Panamá, 4 – 5 de septiembre de 1997. Universidad de Panamá, Universidad Tecnológica de Panamá, Universidad Santa María La Antigua, Ciudad del Saber, Centro de Estudios y Acción Social Panameño, Centro de Estudios Latinoamericanos. Panamá, 1998. P. 398.

[10] Ídem.

[11] “Ciencia y esperanza”, en op. Cit., p. 57.

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Nota sobre el Estado, el país y su Universidad

Nota sobre el Estado, el país y su Universidad

Guillermo Castro H.

La discusión sobre el Gobierno de la Universidad de Panamá está íntimamente asociada a la que demanda el Gobierno del país. La dificultad para encararla en estos términos se hace aún mayor cuando los medios de comunicación informen sobre la Universidad y el Gobierno de un modo que busca exacerbar los conflictos entre personas, antes que para discutir las ideas que puedan estar en pugna, convirtiéndose así en verdaderas armas de distracción masiva.

En el caso de la Universidad de Panamá, por ejemplo, esto acentúa la percepción de que la contradicción principal radica en quién ocupa la Rectoría, cuando habría que buscarla en la pérdida de vinculación de la Universidad con el país al que debe servir de centro de producción y debate de conocimientos sobre sí mismo, y sobre sus desafíos y oportunidades en el mundo contemporáneo. Este problema se agrava, además, porque el Estado nacional ha venido a reducir su relación con la Universidad a la de un mero proveedor de fondos de funcionamiento, y no está – desde hace mucho – en capacidad ni disposición de proporcionar un marco de relación correspondiente a una visión del desarrollo nacional que vaya más allá de proporcionarle al mercado los subsidios y la protección legal que necesita para funcionar a su libre arbitrio.

No es de extrañar, así, que el sistema nacional de educación superior tienda cada vez más a convertirse en un mercado de servicios académicos de formación profesional. En ese mercado convergen como si fueran iguales entidades públicas y privadas, y son las primeras, con sus intereses legítimamente particulares, las que imponen su lógica y sus demandas a las segundas, cuyos intereses sólo puede ser legítimos en la medida en que sean nacionales. En una situación como esta, la Universidad no sabe hacia dónde encaminarse – y tiende espontáneamente a replegarse sobre sí misma hasta el riesgo de asfixia -, como no lo sabe la Nación, porque el Estado ha dejado de cumplir la función de representante del interés general de nuestra sociedad.

En estas circunstancias, el orden de cosas vigente en el país y en sus instituciones, origen de los problemas que nos aquejan, tiende inevitablemente a aislar a la Universidad de su entorno. Distinta sería – y será – la situación cuando el tema de las relaciones entre la Universidad y la sociedad sea llevado a la sociedad misma, saliendo del campus para debatirlo con organizaciones sindicales, profesionales, empresariales, comunistarias y con el propio Estado, además de hacerlo con todos los estamentos universitarios, como es natural.

Para algunos, esto puede parecer un riesgo político excesivo. Y, sin embargo, el riesgo puede ser mucho mayor si no se entiende que si no se resuelve el problema por esa vía a partir de la alianza de los universitarios con los sectores más sanos de nuestra sociedad, la solución quedará en manos de los sectores más retrógrados de nuestra vida nacional, para mal del país entero.

Panamá, ese país Caribe (a 26 años de entonces)

Comparto un texto ya antiguo, en términos humanos, que quizás contenga todavía algo de aquellas verdades a que se refería Martí, que una vez puestas en movimiento siguen andando hasta que dejan de serlo…

Panamá, ese país Caribe

Guillermo Castro Herrera / Panamá, 19 de mayo de 1988.

En medio del ir y venir de noticias sobre agresiones y resistencias, es poco lo que finalmente se dice sobre Panamá y los panameños en los medios internacionales de información. Queda a veces la impresión, incluso, de que se habla de un lugar poblado por banqueros, militares –gringos y nacionales- y políticos de traje blanco y habano en boca, todo ello rodeado por la nada. Sin embargo, este es uno de los rincones más fascinantes de la América Latina, poblado por descendientes de catorce etnias distintas, con una cultura popular rica y diversa, y con una fuerte personalidad nacional. No en balde fue el primer punto de tierra firme donde intentó Cristóbal Colón fundar un asentamiento de españoles, cuatrocientos años antes de que el Canal fuera construido con dólares norteamericanos y sudor de peones antillanos.

Para explicar Panamá, quizás haya que decir en primer término que este es un país Caribe y no centroamericano. La frontera con Costa Rica, en efecto, no solo define un límite político. Además, de eso, la raya imaginaria separa dos universos culturales, lingüísticos y conductuales profundamente distintos. Hasta allí, Centroamérica, indígena, española y mestiza, tierra de tortillas asadas de maíz blanco y alimentos finamente picados, con su polo cultural en México. Desde allí, el Caribe, africano, español e indígena también, enriquecido además con toda suerte de aportes de Asia y la Europa mediterránea, tierra de frituras y mariscos, con su polo cultural en Cuba y la Dominicana. La primera tierra de guitarra. Esta tierra de tambor. Allá, de Rubén Darío. Acá, de Nicolás Guillén.

El español es el idioma oficial de esta república de dos millones y medio de habitantes, que se comunican entre sí en otras trece lenguas adicionales, desde el guaymí y el kuna autóctonos, hasta el chino, el hindú y el bronco y musical inglés de las Antillas. La Constitución Nacional declara al catolicismo como religión mayoritaria del país. Lo practican, con matices muy del trópico, los descendientes de españoles y mestizos, junto a los musulmanes, los taoístas chinos, los budistas y el universo inacabable de las sectas evangélicas que pregonan la exclusiva salvación en Cristo. Todos los creyentes además, de uno u otro modo, participan de un ambiente de religiosidad popular fuertemente impregnado del culto a la santería, surgido del encuentro entre el catolicismo colonial y la religiosidad de los esclavos africanos de siglos ya idos.

Nadie puede extrañase, en una tierra así, de que sean el desenfado y un sentido íntimo y preciso de lo justo y lo injusto, los rasgos más característicos de la personalidad de este pueblo. El primero se traduce en una tendencia incontenible a vivir con toda la alegría posible una existencia a menudo difícil y esforzada. El segundo se expresa en una forma de solidaridad hacia los más débiles que, en su momento, llevó al general Torrijos a decir que este pueblo era más lastimero que justiciero. Ambos, además, confluyen en un orgullo nacional fuerte y sencillo, tan panameños para hacer de su país una nación, frente al empeño norteamericano por hacer de Panamá, simplemente, la periferia de un Canal.

Ese empeño en deshacernos hace parte de lo caribe que somos. En este mediterráneo americano surgieron a la condición de potencia Estados Unidos, a lo largo de una cadena de intervenciones que se inició en Cuba y Puerto Rico en 1898, siguió con Panamá en 1903 y llegó hasta Haití y la dominicana en 1914 y 1916.

Así se inició el camino en que andamos y andándolo así, en lucha por nuestro derecho a ser la nación que somos, lo seguiremos hasta el fin con todos nuestros hermanos.

Panamá: el país que merecemos ser

Panamá: el país que merecemos ser
Guillermo Castro H.[1]

Para Ricaurte Soler y José de Jesús Martínez, aquí, con nosotros

Época de cambios

El debate sobre los problemas que encara la sociedad panameña a comienzos del siglo XXI suele evadir lo que debería ser su premisa más evidente: el hecho de que el nuestro ha sido el último país de nuestra América en culminar su proceso de formación como Estado nacional soberano. Menos de un cuarto de siglo ha transcurrido desde que abandonaran nuestro territorio las últimas unidades del ejército extranjero que una vez estuvieran albergadas en las bases militares de la que fuera Zona del Canal de Panamá, y que tantas veces actuaran como factor decisivo en nuestra vida política, incluso mediante intervenciones de enorme violencia en nuestros asuntos internos. Por primera vez desde los inicios de la República, en aquel noviembre de 1903, somos enteramente responsables por su destino. Y por primera vez también, tras 485 años de control extranjero, la ruta interoceánica de Panamá está bajo control del Estado de los habitantes del Istmo.

Diversas circunstancias convergen en esta percepción alienada de la conquista del derecho a ejercer los deberes de la soberanía. Está el mal final de la lucha por la recuperación del Canal, tan tenazmente librada entre 1936 y 1979, que vino a descomponerse en la aventura autoritaria de 1984 a 1989, hasta desembocar en el golpe de Estado ejecutado por las fuerzas armadas acantonadas en las bases que alguna vez albergara la Zona del Canal y la puesta en marcha del programa de reforma del Estado y ajuste estructural que abarcó toda la década de 1990.

Esos azares de la política criolla han contribuido también a ocultar – tras una cortina de anécdotas, invectivas y recriminaciones finalmente pueblerinas – el hecho de que la incorporación del Canal a la economía interna aceleró el desarrollo del capitalismo en el país, de un modo que llevó a la liquidación de todo el sector productivo – estatal y privado -, asociado al modelo anterior de desarrollo protegido, al tiempo que catapultaba una economía atrasada a la vorágine del proceso de globalización. Y esto ocurrió, además, en el preciso momento en que el Estado se privaba de la mayor parte de sus capacidades para conducir el desarrollo económico del país, y delegaba esa función en las llamadas “fuerzas del mercado”, que en su accionar no reconocen otra ley que la del más fuerte.

No es de extrañar, en esas circunstancias, que los tres primeros quinquenios del siglo llevaran al país a una situación de crecimiento económico con degradación ambiental y deterioro social. El resultado inevitable ha sido una situación de anomia y desorden, de creciente riesgo para todas las partes involucradas.

Todo esto ha ocurrido, por otra parte, en otra circunstancia, tan elusiva como ubicua en nuestro caso. El mundo no atraviesa hoy por una época de cambios, como quisieran los liberales, sino por un cambio de épocas, que es lo que más temen los conservadores. Lo que ocurre en Panamá hace parte de los procesos de desintegración -y de la formación de opciones de re-integración – que recorren el sistema mundial. Faltan hoy aquellos referentes de la Guerra Fría, de tan aparente claridad, y todas las sociedades del planeta, la nuestra incluida, avanzan a tientas, sin columna de fuego que las guíe a través del desierto de la crisis. Así las cosas, lo sensato sería encarar los desafíos que nos plantea el futuro, para encaminar los cambios que ya están en curso hacia la transformación de la sociedad que hemos sido en la que podemos llegar a ser. Y esto obliga, en primer término, a pensar con orden, que siempre es más difícil que morir con honra.

Tiempos de transformación

Un problema que ha venido forjándose a lo largo de 500 años no puede ser encarado con la última teoría de moda, ni con la imitación de lo que imaginamos que ha sido el camino hacia el éxito de otras sociedades, distintas a la nuestra y que a menudo conocemos poco y mal. Por el contrario, conviene recordar que en el análisis de la formación y las transformaciones de las estructuras y las prácticas sociales tienen especial importancia tres tipos de proceso histórico distinto, estrechamente relacionados entre sí.

El primero de esos procesos se organiza en torno a estructuras de larga duración, como las derivadas de la función de tránsito desempeñada por el territorio de Panamá desde mucho antes de la Conquista europea. El segundo, de duración media, corresponde al despliegue de las estructuras de organización territorial y social correspondientes al papel desempeñado por el Istmo en el proceso de formación y desarrollo del moderno sistema mundial, a partir de la Conquista europea. A esta duración media corresponde, en particular, aquel tipo de formación económico – social que el historiador Alfredo Castillero designara en 1973 como “transitista”, esto es, organizada en torno al monopolio del tránsito y la concentración de sus beneficios por parte de formaciones estatales extranjeras, entre los siglos XVI y XX, y por el Estado nacional de Panamá en el XXI.

El tercer tipo de proceso, finalmente, se expresa en las transiciones entre aquellas grandes etapas y, en particular, entre los distintos momentos en el desarrollo de la segunda. Este último tipo de proceso, de corta duración con respecto a los otros dos, ve acentuarse los conflictos no resueltos del pasado, como ve formarse nuevas opciones de futuro. Bien comprendido y aprovechado, puede conducir tanto a superar y trascender los conflictos de ayer como a la previsión de los del mañana, abriendo paso al despliegue de todas las capacidades de progreso y transformación acumuladas por la sociedad en su desarrollo. Mal comprendido, bien puede conducir a una situación de estancamiento y descomposición por vía lenta, en el que – al decir de Antonio Gramsci -,

La vieja sociedad resiste y se asegura un período de “respiro”, exterminando físicamente a la élite adversaria y aterrorizando a las masas de reserva; o bien ocurre la destrucción recíproca de las fuerzas en conflicto con la instauración de la paz de los cementeros y, en el peor de los casos, bajo la vigilancia de un centinela extranjero.[2]

Nuestra sociedad se encuentra hoy, precisamente, inmersa en un proceso de transición entre dos etapas de su historia. No es el primero, por supuesto. No será el último, tampoco. Lo que realmente importa, aquí y ahora, es comprender que la larga, mediana y corta duración no definen tiempos distintos, sino tres dimensiones diferentes de un mismo devenir, íntimamente asociadas entre sí, aunque diversas en su función y su significado históricos. A lo largo de estos tiempos del tiempo, los diversos elementos de la vida social cosas dejan de ser lo que habían sido en un período anterior, cambian a ritmos muy desiguales, y terminan por desembocar en estructuras generales de una calidad distinta a la precedente.

Así, los cambios acumulados en la fase final del proceso de transición del Estado semicolonial al plenamente soberano constituyen el aspecto principal de la formación de las contradicciones que animan una transformación en curso, que hoy nos toca encarar. Esos cambios incluyen, por ejemplo:

  1. El paso de una economía de enclave, articulada a un canal vinculado a la economía interna de los Estados Unidos y organizada en torno a un sector agropecuario atrasado y a una Zona de Libre Comercio y un Centro Financiero Internacional volcados hacia el exterior, a una distinta y más compleja, rápidamente transnacionalizada, que hoy se estructura como una Plataforma de Servicios Globales en pleno desarrollo, y un mercado de servicios ambientales en proceso de formación.
  2. La incorporación a la vida nacional de nuevos sectores emergentes – desde corporaciones transnacionales hasta movimientos indígenas y campesinos, de trabajadores urbanos y de profesionales de capas medias -, que se combina con la declinación de actores tradicionales de gran influencia ayer apenas, como las organizaciones empresariales, cívicas y sindicales forjadas al interior del modelo de desarrollo protegido hoy en desintegración.
  3. El paso desde una sociedad de fuertes valores rurales y estrechos vínculos entre los sectores populares y capas medias profesionales de origen reciente, a otra de carácter urbano, de gran desigualdad estructural y precarios niveles de organización.
  4. La transformación de los pobres de la ciudad y el campo, y de amplios sectores de capas medias empobrecidas, desde la situación de aceptación más o menos pacífica de su condición de marginalidad, gestada sobre todo a partir del golpe de Estado de diciembre de 1989, hacia otra de creciente voluntad y capacidad para reclamar mejores condiciones de vida, a partir de la actividad tanto de sectores de trabajadores – del campo y de la ciudad, manuales e intelectuales -, cada vez mejor educados y organizados, como del incremento en el número y las mejoras en la educación y la organización de grupos antes marginales – como los pueblos originarios – y de la solidaridad internacional de reciben.
  5. La creciente vinculación de nuestros movimientos sociales a la vida política de la región, que va dejando atrás un prolongado período de aislamiento parroquial y abre posibilidades inéditas de aprendizaje y maduración política a una población que se caracteriza en su bajísimo nivel de organización, y su alto nivel de dependencia de los peores hábitos del clientelismo político.
  6. Una crisis de identidad que expresa, en primer término, el agotamiento de la autoridad moral y cultural de los viejos grupos dominantes, y se acentúa con el ingreso a la vida activa de nuevas generaciones de jóvenes que han crecido y maduran en el proceso de transición, sin más referencia al pasado que la que puede brindarles un sistema educativo hace tiempo agotado, y las mitologías cívicas de las que participan sus mayores.

Estos cambios, sin embargo, no se traducen todavía en un verdadero proceso de renovación de la sociedad panameña y su Estado. Señalan apenas el ingreso a un momento en nuestra historia en el que todo lo que ayer apenas parecía sólido hoy se desintegra ante los ojos de todos, y se inicia un proceso de transformación que, al menos en sus primeras fases, será por necesidad lento, contradictorio y de apariencia errática. De momento, y en ausencia de un liderazgo histórico capaz de conducirlo, ese proceso ha dado lugar a un fenómeno de apariencia aberrante: la formación de un Gobierno cada vez más fuerte y un Estado cada vez más débil, como se aprecia en cuatro ejemplos característicos.

Uno, el debilitamiento de la capacidad de gestión de los grandes organismos estatales a cargo de la atención a demandas sociales masivas, como las de educación, salud y seguridad social.  Otro, la multiplicación de agencias con mandatos puntuales en sectores como los del transporte, el agua, la recolección de desechos, la energía, la incorporación de tecnologías innovadoras a la gestión pública, la gestión de la ciencia, la recolección de impuestos, la titulación de tierras y la formación profesional. El tercero, la creciente militarización de la fuerza pública, en curso desde mediados de la década de 1990, y su implicación cada vez mayor en proyectos regionales de seguridad y control. Y el cuarto, por el que nos felicitamos cada día, corresponde a la decisión de proteger a la operación del Canal de los riesgos que genera el deterioro de la sociedad a la que debe servir, reconociendo en la práctica que ese deterioro puede ser administrado, en el mejor de los casos, pero no revertido en el marco del ordenamiento estatal y social vigente.

De momento, esto nos ha llevado a una circunstancia caracterizada por la erosión simultánea de la eficiencia del Gobierno y de la legitimidad del Estado en la tarea de conducir los cambios en curso en el país, que genera un riesgo creciente de anomia social y política. Con todo, el nuestro es todavía un tiempo “de ebullición, no de condensación; de mezcla de elementos, no de obra enérgica de elementos unidos”, en el que “las especies luchan por el dominio en la unidad del género”, como dijera Martí del suyo en 1881.[3]

En un tiempo así, el problema mayor que debemos encarar consiste en crear las condiciones que permitan hacer posible lo que va siendo percibido como necesario por sectores cada vez más amplios de nuestra sociedad, cada uno desde su propia perspectiva de interés.[4] Se trata, en otros términos, de ser capaces de identificar y expresar a través de una enérgica demanda de reforma cultural y moral – esto es, política – el interés general de la Nación que emerge en el siglo XXI, a partir de la descomposición de la que se forjó en la lucha contra el colonialismo y su Estado a lo largo del siglo XX.

Ese interés, como sabemos, es el de los grupos sociales fundamentales de nuestra sociedad en superar un conjunto de obstáculos a su propio desarrollo que afloran en ese proceso de descomposición, desde la ausencia de control de la gestión pública por parte de la ciudadanía hasta las limitaciones legales y prácticas al derecho de los trabajadores a la organización, pasando por las condiciones de desamparo en que se encuentran los productores nacionales, y por aquellas otras que fomentan el saqueo del patrimonio natural de la Nación y, en particular, de sus pueblos imaginarios.

Frente a todo esto, podemos tener motivos de optimismo bien fundados.  Nosotros, los panameños, hemos sido capaces en el pasado de encarar con éxito desafíos de tan extraordinaria complejidad como la negociación de los Tratados Torrijos Carter, que pusieron fin tanto al enclave colonial norteamericano en Panamá, como a la condición semicolonial de nuestro Estado. Trabajar con la gente, y desde ella, será la mejor manera de vincular entre sí las iniciativas que ya están en marcha en el país, y de proporcionarles la orientación que les permita contribuir a establecer en Panamá un Estado capaz de representar y ejercer el interés general de la nación en este momento de su historia.

Pausa (que no conclusión)

Al cerrar la nota de su cuaderno de apuntes sobre los tiempos de ebullición que le había correspondido vivir, se preguntaba Martí: “¿Se unirán en consorcio urgente, esencial y bendito, los pueblos conexos y antiguos de América? ¿Se dividirán, por ambiciones de vientre y celos de villorrio, en nacioncillas desmeduladas, extraviadas, laterales, dialécticas…?” La nuestra es, justamente, la última de aquellas nacioncillas, que por su propio esfuerzo – y a pesar de las conductas a menudo “desmeduladas, extraviadas, laterales” de sus propios dirigentes – ha sabido llegar a las vísperas de su plenitud.

Alcanzar esa plenitud, ejercerla y disfrutarla, es una meta que está al alcance – finalmente – de lo mejor de nosotros mismos. Por eso mismo, crear las condiciones que permitan a nuestra gente conocerse y ejercerse en la construcción de una vida justa y buena para todos es, sin duda, el más importante desafío que encaran hoy los hombres y mujeres de cultura de mi tierra.

Para nosotros, ha llegado el momento de poner en imperativo el himno de la Nación que fuimos, para anunciar que si deseamos un país distinto, debemos crear un sociedad diferente. Identificar esa diferencia, y las formas de construirla y ejercerla con todos y para el bien de todos los que aspiramos a vivir en una Patria libre, equitativa y efectivamente soberana, es la tarea más compleja que encaran hoy los panameños. Diga entonces el Himno del país que viene:

“Alcancemos por fin la victoria,

en el campo feliz de la unión.

Con ardientes fulgores de gloria,

se ilumine la nueva nación.

Es preciso quitar todo velo,

del pasado, el calvario y la cruz.

Y que alumbre el azul de tu cielo,

de justicia la espléndida luz.”

Universidad Autónoma de Chiriquí, 22 de septiembre de 2014

[1] Conferencia inaugural del XIV Congreso Centroamericano de Sociología. Universidad Autónoma de Chiriquí, Panamá. 22 de septiembre de 2014.

[2] Gramsci, Antonio, 2003: Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado Moderno. Nueva Visión, Buenos Aires. Traducción de José Aricó. “El príncipe moderno”, p. 61

[3] “No hay letras, que son expresión, hasta que no hay esencia que expresar en ellas. Ni habrá literatura hispanoamericana, hasta que no haya – Hispanoamérica. Estamos en tiempos de ebullición, no de condensación; de mezcla de elementos, no de obra enérgica de elementos unidos. Están luchando las especies por el dominio en la unidad del género. – El apego hidalgo a lo pasado cierra el paso al anhelo apostólico de lo porvenir. Los patricios, y los neopatricios se oponen a que gocen de su derecho de unidad los libertos y los plebeyos. Temen que les arrebaten su preponderancia natural, o no les reconozcan en el Gbno. su parte legítima – se apegan los indios con exceso y ardor a su Gbno. La práctica sesuda se impone a la poesía ligera. Las instituciones que nacen de los propios elementos del país, únicas durables, van asentándose, trabajosa pero seguramente, sobre las instituciones importadas, caíbles al menor soplo del viento. Siglos tarda en crearse lo que ha de durar siglos.[…] Lamentémonos ahora de que la gran obra nos falta, no porque nos falte ella, sino por que esa es señal de que nos falta aún el pueblo magno de que ha de ser reflejo, – que ha de reflejar – (de que ha de ser reflejo) ¿Se unirán en consorcio urgente, esencial y bendito, los pueblos conexos y antiguos de América? ¿Se dividirán, por ambiciones de vientre y celos de villorrio, en nacioncillas desmeduladas, extraviadas, laterales, dialécticas…?”

Martí, José (1975: XXI, 164): Cuadernos de Apuntes, 5 (1881). Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana. XXI, 164.

[4] Tal el interés que subyace, por ejemplo, en la demanda cada vez más generalizada de que se proceda a convocar a una Asamblea Constituyente para normar en nuevos términos las relaciones entre los panameños y su Estado.

Panamá: la construcción del futuro

Panamá: la construcción del futuro

Guillermo Castro H.

 

“A lo que se ha de estar no es a la forma de las cosas, sino a su espíritu. Lo real es lo que importa, no lo aparente. En la política, lo real es lo que no se ve. La política es el arte de combinar, para el bienestar creciente interior, los factores diversos u opuestos de un país, y de salvar al país de la enemistad abierta o la amistad codiciosa de los demás pueblos.”

José Martí, mayo de 1891.[1]

 

Poco a poco, afloran las interpretaciones más diversas sobre los comicios de mayo de 2014 y sus resultados. Toda clase de factores han sido implicados en ellas: culturales, morales, geopolíticos, económicos, ideológicos, políticos (sobre todo en sentido estrecho), sociales y demás. Hasta ahora, sin embargo, ha sido notoria la débil presencia en esos aportes de un abordaje en perspectiva histórica de los cambios en curso en la sociedad nacional a partir del proceso de ejecución de los Tratados Torrijos – Carter, que permita ubicar y comprender a esos comicios como un momento de aquel proceso mayor.

En este plano, se tiende más bien a ceñirse a la denuncia del gatopardismo de los grupos dominantes, de su carácter intrínsecamente corrupto, y de su compromiso con los valores y las políticas del neoliberalismo. Con ello, en la mayoría de los casos ha sido la continuidad, y no el cambio, el eje fundamental de reflexión. Y, sin embargo, el hecho es que aquel proceso electoral ocurrió precisamente en el momento en que aquellos cambios inician el tránsito de lo cuantitativo a lo cualitativo, y tienden a generar un proceso de transformación social y política cuyas consecuencias – mejores o peores – apenas empezamos a comprender.

En efecto, la incorporación del Canal a la economía interna – conducida por los sectores dominantes que emergieron victoriosos en la disputa por el control de los bienes y las oportunidades de negocios del enclave canalero, librada a lo largo de la década de 1980 – aceleró el desarrollo del capitalismo en el país de un modo que llevó a la liquidación de todo el sector productivo asociado al modelo anterior de desarrollo protegido, al tiempo que catapultaba una economía atrasada a la vorágine del proceso de globalización. Y esto ocurrió, además, en el preciso momento en que el Estado se privaba de la mayor parte de sus capacidades para conducir el desarrollo económico del país, y delegaba esa función en las llamadas “fuerzas del mercado”, que en su accionar no parecen reconocer otra ley que la del más fuerte.

En lo inmediatamente visible, el resultado de ello consistió en la liquidación de todo un segmento del capital nacional, que entre las décadas de 1950 y 1970 había conocido un importante crecimiento al calor de la protección y los subsidios que le brindaba una política estatal de corte liberal desarrollista. Privado de esa protección por el proceso de ajuste estructural de corte neoliberal dominante a partir de la década de 1990, dicho segmento del capital nacional optó en lo fundamental por liquidarse a sí mismo, vendiendo sus activos al capital transnacional, para vincular su suerte a la del capital financiero.

La debilidad de aquel capitalismo protegido se hizo patente en que ni siquiera fue devorado por sus competidores norteamericanos y europeos, sino por empresas mexicanas, colombianas, venezolanas y aun costarricenses, en vías ellas mismas de transnacionalización. Y ese proceso se vio favorecido a su vez por la política estatal de atracción de empresas transnacionales de países desarrollados, a las que se ofrecieron todas las concesiones necesarias para que establecieran en Panamá sus oficinas regionales para América Latina y el Caribe.

De un modo muy característico del atraso cultural y del carácter rural – conservador de los grupos dominantes en Panamá, este proceso – de tan extraordinaria complejidad – fue reducido a sus aspectos inmediatamente visibles: la publicitada compra de Panamá por extranjeros, y la necesidad de reivindicar nuevamente al país para sus habitantes ante la inmigración masiva de trabajadores colombianos, venezolanos y centroamericanos. El hecho de que toda compra supone un vendedor no mereció una atención equivalente, como tampoco el hecho de que una parte sustantiva de la inmigración de trabajadores extranjeros a Panamá haya tenido su origen en la incapacidad manifiesta de los grupos dominantes en el país para formar una clase trabajadora moderna y competitiva a lo largo de casi medio siglo de prosperidad subsidiada.

            Aquel intercambio de quejas y reproches contribuyó, además, a enmascarar otros cambios en curso en el mismo proceso. Tales son, por ejemplo, el paso desde una sociedad de fuertes valores rurales y vínculos a menudo estrechos entre los sectores populares y de capas medias profesionales de origen reciente, a otra de carácter urbano, de gran desigualdad estructural, que aún se encuentra en el proceso de construir su nueva identidad; la declinación de la autoridad de actores tradicionales de gran influencia ayer apenas, como las organizaciones empresariales, cívicas y sindicales forjadas al interior del modelo de desarrollo protegido y, en particular, la transformación de los pobres de la ciudad y el campo, y de amplios sectores de capas medias empobrecidas, desde una situación de aceptación más o menos pacífica de su condición de marginalidad hacia otra de creciente voluntad y capacidad para reclamar mejores condiciones de vida. Todo ello, en ausencia de una conducción política de complejidad correspondiente a la del proceso de cambios en curso, se tradujo en una crisis cultural y moral que expresa, en primer término, el agotamiento de la autoridad de los viejos grupos dominantes, y se acentúa con el ingreso a la vida activa de nuevas generaciones de jóvenes que han crecido y maduran en el proceso de transición, sin más referencia al pasado que la que puede brindarles un sistema educativo hace tiempo agotado, y las mitologías cívicas de las que participan sus mayores.

Ante este panorama, cabría decir que la sociedad panameña emergía de aquella fase de su desarrollo en la que, para el caso de la Italia de la década de 1920 como para el de Panamá entre 1950 y 1980, “la célula elemental del Estado era el propietario que en la fabrica somete a la clase obrera según su beneficio.” En esa “fase liberal”, añadía Gramsci,

 

el propietario era también empresario industrial: el poder industrial, la fuente del poder industrial, estaba en la fábrica, y el obrero no conseguía liberarse la consciencia de la convicción de la necesidad del propietario, cuya persona se identificaba con la persona del industrial, con la persona del gestor responsable de la producción, y, por tanto, también de su salario, de su pan, de su ropa y de su techo.

 

Por contraste, en la fase que entre nosotros se inaugura con la incorporación del Canal a la economía interna, el poder económico “se desprende de la fábrica y se concentra en un trust, en un monopolio, en un banco, en la burocracia estatal”, con lo cual “se hace irresponsable y, por tanto, más autocrático, más despiadado, más arbitrario”, mientras el obrero,

 

liberado de la sugestión del “jefe”, liberado del espíritu servil de jerarquía, movido por las nuevas condiciones generales en que se encuentra la sociedad, movido por las nuevas condiciones generales en que se encuentra la sociedad por la nueva fase histórica, el obrero consigue inapreciables conquistas de autonomía y de iniciativa.[2]

 

Y en ese mismo proceso, advertía Gramsci, los partidos políticos creados para la democracia liberal, que “servían para indicar hombres políticos de valía y para hacerlos triunfar en la concurrencia política”, se veían desplazados por el hecho de que los “hombres de gobierno” pasaban a ser “impuestos por los bancos, por los grandes periódicos, por las asociaciones de industriales”, mientras los partidos se descomponían “en una multitud de camarillas personales.”[3]

            Cumplido el primer decenio de ese proceso en Panamá, ¿qué ha venido a ser nuestra sociedad?¿Cuántos de sus integrantes son trabajadores manuales, cuántos son trabajadores intelectuales?¿Cuántos son propietarios de medios de producción, cuántos no tienen otra mercancía que ofrecer en el mercado que no sea su propia capacidad para trabajar?

Y las relaciones sociales de producción, ¿cómo han evolucionado?¿Cuántos trabajadores están organizados, en el campo y en la ciudad, y cuántos carecen de toda posibilidad de querer y poder cambiar sus condiciones de vida y de trabajo porque carecen de las organizaciones que les permiten ejercerse como ciudadanos? ¿Qué ocurre con los sectores de profesionales de capas medias, cuyas condiciones de trabajo y de vida se parecen cada vez más a las de los trabajadores manuales? Y entre los propietarios de medios de producción, ¿cuál es la situación? En el sector agropecuario, por ejemplo, ¿cuáles han salido ganando, y cuáles perdiendo con el salto a la economía global? ¿Y qué ha ocurrido entre sus pares urbanos?

            Estas no son meras preguntas retóricas. Por el contrario, las respuestas que puedan encontrar en el trabajo de científicos sociales realmente comprometidos con el conocimiento de la realidad nacional son imprescindibles para comprender en qué consiste, en esta circunstancia de nuestra historia, el interés general de la sociedad panameña. Y ese interés no es otra cosa que el de los distintos sectores fundamentales de la sociedad en superar un conjunto de obstáculos que en ese momento de su historia se oponen a su desarrollo como los sectores que son. Superados esos obstáculos, naturalmente, entre esos sectores se generan nuevas y más complejas contradicciones, que vienen a definir los nuevos términos en que se desarrolla la lucha política en la sociedad que cambia.

Tal fue el caso, en la década de 1970, de la conquista de la plena soberanía y del derecho a ejercerla para culminar la formación de un Estado nacional en el Istmo. Tal, el de la disgregación del bloque histórico creado para aquella conquista, hasta culminar en el golpe de Estado de diciembre de 1989 y la recomposición del ordenamiento democráticos necesario para legitimar la restauración en plenitud del poder de los grupos tradicionalmente dominantes en el país, que hoy culmina en la crisis de aquella legitimidad así restaurada, un cuarto de siglo después.

Nada de esto niega las razones que alegan los distintos análisis de los resultados de los comicios de mayo de 2014, cuyo comentario sirvió de inicio a esta reflexión. No cabe duda, por ejemplo, de que en esos resultados desempeñó un importante papel el factor moral de repudio a la corrupción y el deterioro de la institucionalidad vigente a lo largo de los últimos quince años. Y, sin embargo, el conjunto de las razones invocadas en el debate recuerda que lo falso es, siempre, el resultado de la exageración unilateral de uno de los aspectos de la verdad, y que esa verdad sólo puede emerger en plenitud puesta en la perspectiva histórica que la genera.

A ese respecto, y con todos sus males, el quinquenio 2009 – 2014 tuvo al menos la virtud de arrasar el entramado de las apariencias a que se refería José Martí en su reflexión de 1891, y dejar al desnudo las verdades más elementales e inmediatamente visibles de la sociedad que hemos venido a ser. El riesgo de anomia que esa situación estaba en vías de generar pasó a convertirse en un factor de interés general, pero la propuesta planteada al respecto no parece ir mucho más allá de restaurar las apariencias para devolver las realidades de la política al ámbito de lo que no se ve.         

Para nosotros, se ha hecho ya imperativo conocernos mucho mejor, pues de nuestra comprensión de los cambios que están ocurriendo en la realidad dependerá cada vez más la posibilidad de transformarla. Por eso mismo, nunca como ahora ha sido tan importante que el análisis materialista sea, también, un análisis histórico en el más rico, más pleno y más integral sentido del término. Porque es de la historia de lo que hablamos, en construcción por nosotros mismos, y porque si esa construcción no conduce a la transformación de la realidad por medios políticos, el proceso de cambios en curso no se detendrá, ni desembocará por sí mismo en el derrumbe espontáneo del orden que conocemos. Por el contrario, como lo advirtiera también Antonio Gramsci,

 

Si falta este proceso de desarrollo que permite pasar de un momento al otro, y si es esencialmente un proceso que tiene por actores a los hombres y su voluntad y capacidad, la situación permanece sin cambio, y pueden darse conclusiones contradictorias. La vieja sociedad resiste y se asegura un período de “respiro”, exterminando físicamente a la élite adversaria y aterrorizando a las masas de reserva; o bien ocurre la destrucción recíproca de las fuerzas en conflicto con la instauración de la paz de los cementerios y, en el peor de los casos, bajo la vigilancia de un centinela extranjero.”[4]

 

Ya hemos estado allí, y ya sabemos lo que eso implica.

 

Panamá, mediados de agosto de 2014

[1] “La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América”. La Revista Ilustrada, Nueva York, mayo de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI, 158.

 

[2] Gramsci, Antonio, 1999 (1970): Antología. Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán. Siglo XXI Editores: 80. “El Consejo de Fábrica.” L’ Ordine Nuovo, 5 – VI – 1920.

 

[3] Gramsci, Antonio, 1999 (1970): Antología. Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán. Siglo XXI Editores: 110. “El Partido Comunista.” L’Ordine Nuovo, 4-IX y 9 – X – 1920.

 

[4] Gramsci, Antonio, 2003: Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado Moderno. Nueva Visión, Buenos Aires. Traducción de José Aricó. “El príncipe moderno”, p. 61.

 

Panamá: transitismo, Canal, ambiente

Panamá: transitismo, Canal, ambiente

Entrevista a Guillermo Castro Herrera

Luis Pulido Ritter / La Estrella de Panamá

 

 1. Playas, ríos, lagos, islas y el agua que tomamos. ¿Es irrazonable desear y exigir el control público de estos recursos?

Creo que la pregunta está mal planteada.

El problema no consiste tanto en qué controla el Estado, sino y sobre todo en quién controla al propio Estado.

Quienes lo vienen controlando en Panamá a lo largo de los últimos 20 o 30 años han encarado nuestra relación con el entorno natural como una serie de oportunidades de saqueo, y a la protección del mismo como un obstáculo para aprovechar esas oportunidades.

El control público de esos recursos es indispensable para garantizar que estén al servicio del bien común, pero eso supone la creación de un Estado que funcione a partir del control social de la gestión pública.

Una sociedad así tendrá que estar mucho más y mejor organizada que la que tenemos hoy, que no se sustenta en el pleno ejercicio de la libertad de organización de todos los habitantes del país, sino en las restricciones al ejercicio de ese derecho, sobre todo cuando quienes aspiran a ejercerlo son los trabajadores y los grupos comunitarios y populares.

 

2. En tu libro El agua entre los mares reconoces “una contradicción insoluble entre el transitismo y el tránsito” . ¿Quizás un diagnóstico apocalíptico para Panamá?

Solemos asociar el Apocalipsis con una suerte de fin catastrófico de todo lo existente, seguido de un largo período de caos y violencia sin fin.

En sentido estricto, sin embargo, el Apocalipsis designa el fin de los tiempos de la opresión y la llegada de una era de justicia.

Visto así, el tránsito como actividad puede llegar a ser mucho más productivo – y mucho más equitativo en la distribución de sus beneficios – de lo que ha sido y es el transitismo como modalidad histórica de organización de esa actividad.

Esa modalidad de organización ya fue descrita en 1973 por el historiador Alfredo Castillero: ella se caracteriza por el monopolio de una sola de las rutas de tránsito por un poder estatal extranjero; por la concentración de sus ingresos en manos de una élite, y por la centralización del poder derivado de esa organización para poner al país entero al servicio de esa actividad en particular.

El Apocalipsis de que aquí se trata es el del transitismo.

Ese Apocalipsis deberá liberar al tránsito del carácter opresivo y excluyente que le impone su modalidad transitista; permitirá disponer de sus beneficios para construir una vida mejor para todos, y restablecerá el papel de Panamá como puente terrestre y punto de encuentro de todos los pueblos y todas las economías de las Américas.

 

3. En esta dialéctica -de larga duración entre transitismo y tránsito-, ¿qué papel juega la ampliación del Canal de Panamá?

En su modalidad actual, toda expansión del tránsito es una expansión de las contradicciones del transitismo.

En ese sentido, en las condiciones del siglo XXI el transitismo conspira contra el tránsito en la medida en que lo torna cada vez más conflictivo, erosiona sus bases naturales de sustentación, y hace cada vez más difícil su gestión territorial, administrativa y política.

A su modo, el Presidente Ernesto Pérez Balladares captó lo más esencial de este problema al decir en alguna ocasión que Panamá se vería ante la disyuntiva de desarrollar el país o subdesarrollar el Canal.

Esa disyuntiva está más activa que nunca.

A modo de ejemplo, bastaría con el contraste entre la eficiencia en la administración del Canal y el caos reinante en sus áreas urbanas aledañas, que incluye a una parte cada vez mayor de la cuenca hidrográfica que abastece de agua a ambos.

La lógica del transitismo fragmenta lo que debería estar integrado, y centraliza lo que debería ser autónomo, siempre en aras de la concentración del poder en torno a la ruta interoceánica, cuya consecuencia inevitable es el subdesarrollo constante del resto del país.

 

4. Una agenda ambiental -”transformar para conservar” – en América Latina. ¿Es posible pensar y además gestionar más allá de las fronteras nacionales?

Si antes eso era imginable, hoy ya es imprescindible.

La crisis ambiental tiene un carácter global, pues resulta de las interacciones entre sistemas sociales y sistemas naturales a escala planetaria, con resultados no previstos ni deseados, como el cambio climático y la creación de los enormes basureros oceánicos.

Lo que opera a esa escala, a esa escala debe ser encarado.

El problema inmediato radica en que, en su forma actual, esa escala es la del mercado mundial gestado a partir del siglo XVI en torno a un núcleo Noratlántico de origen, que hoy tiende a desplazarse a la región de Asia – Pacífico.

Global, aquí, significa la primacía de las economías de esas regiones, que dependen para su crecimiento incesante de los subsidios en materias primas, alimentos, servicios y fuerza de trabajo que les proporcionan las demás sociedades del planeta.

En este sentido, estamos atrapados en una doble contradicción: no puede haber soluciones locales, pero tampoco las habrá globales en el marco del orden vigente.

Para América Latina, esto plantea dilemas de una singular complejidad.

Somos la última gran reserva de recursos naturales del planeta: hídricos, minerales, forestales, agrarios, energéticos y demás.

Por eso, el fenómeno dominante en nuestra historia ambiental contemporánea es la acelerada transformación del patrimonio natural en capital natural, mediante la expropiación de las comunidades humanas de nuestras fronteras interiores.

Esto ocurre por encima y más allá de nuestras fronteras nacionales, y tendría que ser enfrentado de la misma manera, mediante una política regional de integración de esas reservas de recursos, que fomente el trabajo con la naturaleza – y no contra ella – a partir del trabajo con nuestra gente, y no contra ellos.

Esa política de conservación para el desarrollo sostenible – que ponga fin a la de subsidiar el crecimiento económico mediante el despilfarro de las riquezas naturales – demanda un Estado de amplia base democrática, administrado por una sociedad culta y bien organizada, capaz de identificar y ejercer intereses comunes con sus vecinos.

Y por ahora, lo más parecido a eso es lo que se intuye en los programas de los nuevos movimientos sociales de la región, en particular aquellos que plantean la demanda del vivir bien todos, y la contraponen al deseo de una vida mejor para una minoría cada vez más reducida.

4. La ACP, como primera empresa del país, ¿no podría ser un gestor institucional en esta dirección?

En las circunstancias actuales, la ACP opera en una contradicción creciente con el resto de la institucionalidad estatal, y es percibida como cada vez más distante de los intereses y necesidades de las grandes mayoría nacionales.

Esto es muy peligroso para el país, y para la propia ACP.

Ese peligro debe y puede ser encarado modificando el entorno institucional de la ACP para facilitarle a ésta una interacción mucho más virtuosa con el resto del país.

De momento, seguimos teniendo una empresa muy moderna en una sociedad muy atrasada, en una relación que – dentro del ordenamiento estatal vigente – tenderá a ser conflictiva.

 

5. Soñemos un poco: es posible que, en la clase política de América Latina, se inserte el tema ambiental en una campaña política como lo han hecho -aunque ya no exclusivamente – los Verdes en Europa?

La clase política en América Latina se reduce, en lo fundamental, al conjunto de los administradores del Estado creado por el neoliberalismo triunfante de la década de 1990 en adelante.

Su propósito fundamental es el del Estado a su cargo: garantizar el crecimiento económico sostenido, y no el desarrollo sostenible, salvo en aquellos casos en que éste sea compatible con aquél.

Aquello que anunciaron los Verdes alemanes en tiempos de Petra Kelly emerge aquí en los nuevos movimientos sociales del campo y la ciudad.

En esos movimientos se combina tanto la lucha de los pobres del campo y la selva por conservar el control de su entorno, como el de los pobres de la ciudad por alcanzar el del suyo.

Cada vez que estas demandas han alcanzado algún grado de expresión en el sistema político formal, han sido devoradas, metabolizadas y convertidas en legislación y normas devueltas a la sociedad como imposiciones, y no como mecanismos de participación.

Con lo cual regresamos a lo realmente esencial: que el ambiente expresa el resultado de las interacciones entre la sociedad y entorno natural; que cada sociedad ha tenido un ambiente que le ha sido característico, como lo tiene la nuestra, y que el cambio de ese ambiente ha ocurrido como resultado de la transformación de la sociedad – estimulada, sin duda, por el deterioro de su entorno natural.

Si deseamos un ambiente distinto, debemos construir una sociedad diferente.

Identificar esa diferencia, y los modos de ejercerla, es el principal desafío cultural y político de nuestro tiempo.

Nota sobre la geometría política de nuestro tiempo

Nota sobre la geometría política de nuestro tiempo

Guillermo Castro H.

 

Un chiste amargo, como suelen serlo los de la política en estos tiempos, cuenta que los socialdemócratas se presentan como de izquierda, se imaginan como de centro, y en el gobierno aplican políticas de derecha.

Esto puede parecer exagerado – en eso, entre otras cosas, consiste lo chistoso – pero tiene un claro asidero en lo que han venido a ser los partidos que se llaman a sí mismos socialdemócratas de Estados nacionales como Inglaterra, Francia y España.

Ese venir a ser, a su vez, resulta de esa geometría política (así la llamaba el General Omar Torrijos), establecida a partir de la Revolución Francesa a nuestros días, a escala Noratlántica primero – cuando quienes así la ejercían eran apenas un puñado de potencias coloniales -, y del sistema internacional entero, tras la II Guerra Mundial.

Dentro de esa geometría, izquierda, centro y derecha constituyen opciones de política y maniobra al interior de cualquier régimen estatal establecido dentro del moderno sistema mundial.

Ninguna de esas opciones constituye, en verdad, una alternativa al régimen que se estructura en torno a ellas – y a través de esa estructura procesa sus contradicciones internas -, aunque en algunas de sus formas extremas puedan parecerlo, o contribuir a la creación de condiciones favorables para la transformación de ese régimen en otro.

Este modo de concebir y ejercer la política constituye uno de los grandes logros del liberalismo, junto a otros como la separación de poderes y las relaciones de equilibrio y control entre los poderes constitutivos del Estado.

No ha sido tan universal como lo hubiera querido el liberalismo, sin embargo.

Así, por ejemplo, frente al capitalismo y el Estado burgués de su tiempo – que fue por excelencia el del liberalismo triunfante -, Marx no se consideró nunca a sí mismo como un político de izquierda, sino como un antagonista que luchaba por un régimen económico y un ordenamiento estatal distintos en forma y propósito.

Lo mismo puede decirse de las otras personalidades que dieron forma y proyecto a la filosofía de la praxis en las condiciones de la transición del siglo XIX al XX, desde Rosa Luxemburgo y Vladimir Lenin hasta Antonio Gramsci.

Por contraste con ellos, por la misma época pasaron a ser “de izquierda” aquellos de sus compañeros de ruta que buscaron y encontraron un lugar para sí mismos como segmento crítico del mismo régimen que los socialistas y comunistas de origen buscaban derrocar.

La labor de deslinde entre ambas tendencias constituye una importante fuente para el estudio de la transformación de la filosofía de la praxis en una guía para la acción política.

La “Crítica del Programa de Gotha”, de Marx, y el folleto “La revolución proletaria y el renegado Kautsky”, de Lenin, constituyen dos de sus expresiones más características.

Todo esto, además, tendría que ser examinado a la luz de las experiencias de aquella gran mayor parte de la Humanidad que sólo conoció del liberalismo triunfante sus rasgos más conservadores, y que no consiguió expresar en aquellos términos sus propias aspiraciones.

Tal el caso del General Torrijos, con su consigna de “Ni con la izquierda ni con la derecha: con Panamá.”

Tal el de Emiliano Zapata con su “Tierra y Libertad”.

Y tal, sobre todo, el de José Martí, con su advertencia de que no existía entre nosotros – como lo proclamaban los liberales – una batalla “entre la civilización y la barbarie”, sino otra, realmente decisiva en el camino a la construcción de un mundo nuevo, “entre la falsa erudición y la naturaleza.”

La lucha de los europeos y norteamericanos por la reconstrucción del Estado de Bienestar identifica a su izquierda dentro del mundo realmente existente para ellos, hoy bajo control de su derecha.

Nuestra demanda de construir un mundo nuevo – que sea popular por lo revolucionario, y revolucionario por lo democrático que llegue a ser – no es, en esta perspectiva, de izquierda.

Ella corresponde a la naturaleza más profunda de nuestra identidad, de nuestras necesidades y nuestras aspiraciones, definida en la batalla incesante contra la falsa erudición del liberalismo en crisis.

Ni con la izquierda, pues, ni con la derecha: con nuestra gente, en todo lo que ella puede llegar a ser.

 

Panamá, abril de 2014