Con Cuba en el mundo real

Estudien, los que quieran opinar…

Guillermo Castro H.

 

¿Qué significa para nuestro pueblo el 10 de Octubre de 1868?

¿Qué significa para los revolucionarios de nuestra patria esta gloriosa fecha?

Significa sencillamente el comienzo de cien años de lucha,

el comienzo de la revolución en Cuba,

porque en Cuba solo ha habido una revolución:

la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de Octubre de 1868.

Y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes.

Fidel Castro Ruz, La Demajagua, 1968[1]

 

 

El fallecimiento de Fidel Castro Ruz, la austera modestia que pidió para su memoria, la masividad inestridente y afectuosa de su funeral, y la elección del Cementerio de Santa Efigenia en Santiago de Cuba como su lugar de reposo final – en compañía de Carlos Manuel de Céspedes, Mariana Grajales y José Martí-, abren a debate, una vez más, el carácter y el alcance del proceso revolucionario que encabezó entre 1953 y 2016. Ese debate no puede ser planteado –ni siquiera imaginado- en los términos amorales, anacionales y finalmente ahistóricos que han venido a ser usuales en los años de hierro del neoliberalismo triunfante. Tales términos, en efecto, sólo permiten dar cuenta de mundos imaginarios, pero no del mundo real, donde persiste en ocurrir lo imposible una y otra vez, desde la elección del Papa Francisco en un extremo, hasta la del nuevo Presidente de los Estados Unidos, en el otro.

Los términos que reclama el debate sobre Cuba todo lo contrario de aquellos otros: éticos, nacionales, e históricos. Desde esos términos, por ejemplo, ha advertido Fernando Martínez Heredia que en Cuba viene ocurriendo un proceso socialista de liberación nacional. Ese proceso nace del rico y complejo devenir de la formación de la nación cubana, que se inicia a fines del siglo XVIII, ingresa de 1868 en adelante a una fase revolucionaria, que adoptó una forma liberal radical primero, otra demócrata revolucionaria a partir de 1895, y finalmente una socialista al alcanzar su fase culminante en las condiciones de desarrollo del capitalismo a escala mundial a mediados del siglo XX.

Aquella primera fase liberal radical encontró una clara expresión en los términos en que el joven José Martí emplazó a la Primera República Española – nacida en febrero de 1873, liquidada por un golpe de Estado monárquico en diciembre de 1874 – a aceptar el hecho de que Cuba había optado por conquistar su independencia en el campo de batalla, y no por una mera reforma de su condición colonial:

 

Más dirán ahora que puesto que España da a Cuba los derechos que pedía, su insurrección no tiene ya razón de existir. – No pienso sin amargura en este pobre argumento, y en verdad que [de] la dureza de mis razones habrá de culparse a aquellos que las provocan. – España quiere ya hacer bien a Cuba. ¿Qué derecho tiene España para ser benéfica después de haber sido tan cruel? – Y si es para recuperar su honra ¿qué derecho tiene para hacerse pagar con la libertad de un pueblo, honra que no supo tener a tiempo, beneficios que el pueblo no le pide, porque ha sabido conquistárselos ya? – ¿Cómo quiere que se acepte ahora lo que tantas veces no ha sabido dar?¿Cómo ha de consentir la revolución cubana que España conceda como dueña de derechos que tanta sangre y tanto duelo ha costado a Cuba defender?- España expía ahora terriblemente sus pecados coloniales que en tal extremo la ponen que no tiene ya derecho a remediarlos. – La ley de sus errores la condena a no parecer bondadosa. Tendría derecho para serlo si hubiera evitado aquella inmensa, aquella innumerable serie de profundísimos males. Tendría derecho para serlo si hubiera sido siquiera humana en la prosecución de aquella guerra que ha hecho bárbara e impía.[2]

 

La cercanía de este emplazamiento con los términos en que Cuba ha ejercido su lucha contra el bloque que le ha sido impuesto desde 1960 por los Estados Unidos serán evidentes para el observador atento de nuestras realidades. De igual modo debería ser evidente el paso a un planteamiento democrático revolucionario en el momento en que la lucha armada del pueblo cubano por el derecho a decidir su propio destino ingresa nuevamente en una fase armada a comienzos de 1895, según lo plantearon José Martí y Máximo Gómez como voceros del mando político y militar de la revolución que renacía de la derrota a que la habían condenado sus disputas internas en la guerra de 1868 – 1878:

 

Cuba vuelve a la guerra con un pueblo democrático y culto, conocedor celoso de su derecho y del ajeno; o de cultura mucho mayor, en lo más humilde de él, que las masas llaneras o indias con que, a la voz de los héroes primados de la emancipación, se mudaron de hatos en naciones las silenciosas colonias de América; y en el crucero del mundo, al servicio de la guerra, y a la fundación de la nacionalidad, le vienen a Cuba, del trabajo creador y conservador en los pueblos más hábiles del orbe, y del propio esfuerzo en la persecución y miseria del país, los hijos lúcidos, magnates o siervos, que de la época primera de acomodo, ya vencida, entre los componentes heterogéneos de la nación cubana, salieron a preparar, o – en la misma Isla continuaron preparando, con su propio perfeccionamiento, el de la nacionalidad a que concurren hoy con la firmeza de sus personas laboriosas, y el seguro de su educación republicana.[3]

 

Tal fue, así, el pueblo democrático y culto que poco después pudo decir al New York Herald, a través del Delegado de su Partido Revolucionario Cubano que

 

“es nuestro deber, como representantes electos de la Revolución, […] expresar de modo sumario al pueblo de los Estados Unidos y al mundo las razones, composiciones y fines de la Revolución que Cuba inició desde principios de siglo, que se mantuvo en armas con reconocido heroísmo de 1868 a 1878, y se reanuda hoy por el esfuerzo ordenado de los hijos del país dentro y fuera de la Isla, para fundar, con el valor experto y el carácter maduro del cubano, un pueblo independiente, digno y capaz del gobierno que abre la riqueza estancada de la Isla de Cuba, en la paz que solo puede asegurar el decoro satisfecho del hombre, al trabajo libre de sus habitantes y al paso franco del Universo”.[4]

 

Cuba, y su revolución, existen en este mundo real, no en el imaginario del pensamiento único y las abstracciones tan cómodas como acomodaticias de la cultura que ese pensamiento promueve. Como tal, Cuba, y su revolución, pueden y deben ser objeto de todo el debate que merezcan sus limitaciones, sus logros, los errores que haya cometido y los modos en que los haya enmendado o no.

Para que ese debate sea útil, en todo caso, es bueno recordar dos cosas. Una, que no existen en el mundo real críticas constructivas ni destructivas, sino únicamente críticas fundamentadas o carentes de fundamento. Y otra, el sano consejo que ofreció Martí a quienes deseaban participar en la discusión de las cosas de este mundo, incluyendo la Revolución a la que había dedicado todas sus fuerzas, y a la que entregaría su vida un año después:

 

Estudien, los que pretenden opinar. No se opina con la fantasía, ni con el deseo, sino con la realidad conocida, con la realidad hirviente en las manos enérgicas y sinceras que se entran a buscarla por lo difícil y oscuro del mundo. Evitar lo pasado y componernos en lo presente, para un porvenir confuso al principio, y seguro luego por la administración justiciera y total de la libertad culta y trabajadora: ésa es la obligación, y la cumplimos. Ésa es la obligación de la conciencia, y el dictado científico. La misma injusticia de aquella escasa porción de nuestra patria que no amase a los que la quieren constituir para una paz durable, conforme a sus verdaderos elementos, no podría desviar, ni aflojar siquiera, a los que, dispuestos a dar la vida por su país, le dan de seguro lo que vale menos que ella: – la paciencia. […] Amemos la herida que nos viene de los nuestros. Y fundemos, sin la ira del sectario, ni la vanidad del ambicioso. La revolución crece.[5]

 

Panamá, 13 de diciembre de 2016

 

[1] Discurso pronunciado por el Comandante Fidel Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, en el resumen de la Velada Conmemorativa de los Cien Años de Lucha, efectuada en La Demajagua, Monumento Nacional, Manzanillo, Oriente, el 10 de Octubre de 1968. (Departamento de Versiones Taquigráficas del Gobierno Revolucionario)

http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1968/esp/f101068e.html

 

[2] Martí, José: “La República Española ante la Revolución Cubana”. Febrero, 1873. Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2006. I, 105.

 

[3] “Manifiesto de Montecristi”. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. IV, 95.

 

[4] Martí, José: “Al New York Herald. 2 de mayo de 1895”. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. IV, 151 – 152.

[5] Martí, José: “Crece”.[Patria, 5 de abril de 1894]. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. IV, 121.

 

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Sobre el martiano Gramsci y el gramsciano Martí.

MT26. Nota sobre el martiano Gramsci y el gramsciano Martí.
Guillermo Castro H.
En sus notas sobre Maquiavelo como primer teórico de la política moderna, Gramsci hace una reflexión del mayor interés sobre los vínculos entre la socialidad y la eficacia histórica de los partidos políticos.[1] Así, tras preguntarse en qué consiste la elaboración de la historia de un partido político, señala lo siguiente:
¿Será la mera narración de la vida interna de una organización política? ¿Cómo nace, los primeros grupos que lo constituyen, las polémicas ideológicas a través de las cuales se forma su programa y su concepción del mundo y de la vida? En ese caso se trataría de la historia de grupos restringidos de intelectuales y a veces de la biografía política de un individuo aislado. El marco del cuadro, por lo tanto, tendrá que ser más amplio y global. Deberá hacerse la historia de una determinada masa de hombres que habrá seguido a los promotores, los habrá apoyado con su confianza, con su lealtad, con su disciplina, o los habrá criticado “realistamente” dispersándose o permaneciendo pasivos frente a algunas iniciativas.
            Y enseguida procede a ampliar sus propias interrogantes de una manera característica de su proceder en la reflexión teórica. Esa masa, se pregunta, ¿será únicamente la de los afiliados al partido, cuya conformación y desarrollo puede ser rastreada a partir de “los congresos, las votaciones, etcétera, o sea todo el conjunto de actividades y de modos de existencia con que una masa partidaria manifiesta su voluntad?” Al respecto, plantea enseguida:
Evidentemente habrá que tener en cuenta el grupos social del que el partido es expresión y parte más avanzada: la historia de un partido, pues, no podrá dejar de ser la historia de un determinado grupo social. Pero este grupo no está aislado: tiene amigos, afines, adversarios, enemigos. Sólo del complejo cuadro de todo el conjunto social y estatal (y a menudo incluso con interferencias internacionales) se desprenderá la historia de un determinado partido, por lo que puede decirse que escribir la historia de un partido significa lo mismo que escribir la historia general de un país desde el punto de vista monográfico, para poner de relieve un aspecto característico.
A esto añade un criterio tan sencillo como el siguiente para que lo anterior conduzca a un juicio de valor: “Un partido”, dice, “habrá tenido mayor o menor significado y peso en la medida en que su particular actividad haya pesado más o menos en la determinación de la historia de su país.” Y, al respecto, señala que el modo de escribir la historia de un partido se corresponde con el concepto que se tiene “de lo que es un partido o lo que debe ser.”:
El sectario se exaltará en los detalles internos, que tendrán para él un significado esotérico y lo llenarán de místico entusiasmo; el historiador, aun dando a cada cosa la importancia que posee en el cuadro general, pondrá el acento sobre todo en la eficiencia real del partido, en su fuerza determinante, positiva y negativa, en el haber contribuido a crear un acontecimiento y también en el haber impedido que otros acontecimientos se realizasen.
Valdrá la pena cotejar estas observaciones de Gramsci con los documentos producidos por José Martí para el Partido Revolucionario Cubano y con los artículo que dedicara a divulgar – justamente – “su programa y su concepción del mundo y de la vida”. En ese cotejo, tendrá especial importancia la idea fundamental de que el Partido Revolucionario Cubano “es el pueblo cubano.”[2] Los textos fundamentales para ese cotejo figuran entre las páginas 279 y 486 del I Tomo de la Obras Completas de Martí, en la edición aquí citada. De entre esos textos, tienen especial relevancia, por supuesto, los correspondientes a las Bases y a losEstatutos Secretos del Partido Revolucionario Cubano, y aquellos otros dedicados a la divulgación de la concepción del mundo y de la vida que alentaba en la nueva organización. Pero el conjunto es mayor y más complejo, pues incluye desde discursos hasta correspondencia menuda, todo ello vinculado con el propósito mayor de construir la autoridad moral, cultural y política – que es el modo martiano de definir lo que Gramsci llamó la hegemonía – del Partido en la comunidad de los cubanos.
En la indagación acerca del contenido histórico y la eficacia práctica de labor de organización y educación política, será de gran utilidad lo afirmado por Gramsci en el sentido de que “la historia de un partido, pues, no podrá dejar de ser la historia de un determinado grupo social. Pero este grupo no está aislado: tiene amigos, afines, adversarios, enemigos.” Al respecto, por ejemplo, cabrá preguntarse si una organización de frente nacional como la gestada por el Partido Revolucionario Cubano no se correspondía acaso con la visión y los intereses de un
determinado grupo social que buscaba estructurar en en torno a sí a sus amigos y afines con el fin de aislar a sus adversarios – integristas, autonomistas y anexionistas – desenmascarando su compromiso abierto o vergonzante con la defensa del statu quo colonial cubano de fines del XIX?
            Y, por otra parte, el compromiso del Partido Revolucionario Cubano con la idea de alcanzar con la independencia los medios necesarios para lograr el fin mayor de liberar a su sociedad del legado terrible del colonialismo y proceder a la construcción de una sociedad democrática en Cuba, ¿no expresa acaso con singular claridad la voluntad de contribuir a crear un acontecimiento histórico de nuevo tipo, e impedir que se prolongaran en la República los males de la colonia? De allí, sin duda, aquella reflexión sobre los modos de ser de la política, de tan singular contemporaneidad, en la que Martí nos explica que
Cuando la política tiene por objeto cambiar de mera forma un país, sin cambiar las condiciones de injusticia en que padecen sus habitantes; cuando la política tiene por objeto, bajo nombres de libertad, el reemplazo en el poder de los autoritarios arrellanados por los autoritarios hambrientos, el deber del hombre honrado o será nunca, ni aun con esa excusa, el de echarse a un lado de la política, para dejar que sus parásitos la gangrenen. Es la casa en que vive lo que le gangrenan y ha de entrar en ella para purificarla. Cuando la política tiene por objeto poner en condiciones de vida a un número de hombres a quienes un estado inicuo de gobierno priva de los medios de aspirar por el trabajo y el decoro a la felicidad, falta al deber de hombre quien se niega a pelear por la política que tiene por objeto poner a un número de hombres en condición de ser felices por el trabajo y el decoro.[3]
Hay, sin duda, singulares afinidades entre Martí y Gramsci, que sólo pueden ser explicadas en el marco del moderno sistema mundial, donde ambos se vinculan a sociedades periféricas o semiperiféricas, como la cubana y la italiana de sus respectivos tiempos. Esto nos presenta un vasto terreno pendiente de indagación histórica y política, que no podrá llevarse a cabo a partir de la lectura de América Latina desde Marx o del propio Gramsci, sino de la lectura inversa, de ambos desde nuestra región.
No sólo se trata de que el gracejo relativo al MT26 – esto es, a un marxismo de la tendencia 26 de julio, que busca resaltar la originalidad de la práctica revolucionaria cubana a partir del asalto al Cuarte Moncada en 1953 y hasta por lo menos los primeros años de la década de 1970, con importantes persistencias que animan la reforma política en curso en ese país – deje así de referirse a una característica meramente cultural, para pasar a ser un referente histórico concreto, en su potencial como en sus limitaciones. Además, y sobre todo, se trata de recuperar los medios que demanda la construcción de un futuro que deje de ser, finalmente, imaginado como la mera culminación de pasados ya cancelados, para convertirse de una vez por todas en la transformación del Nuevo Mundo de ayer apenas en el Mundo Nuevo que nuestro presente reclama ya.
Panamá, junio 29, 2013


[1] Gramsci, Antonio, 1999: Cuadernos de la Cárcel. Edición crítica del Instituto Gramsci. Ediciones ERA, México. Notas breves sobre la política de Maquiavelo. V, 74 – 75.
[2] Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. I, 366: “El Partido Revolucionario Cubano” [Patria, Nueva York, 3 de abril de 1892].
[3] “La política”. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. I, 336.

Confusión / nota sobre el carácter de la crisis que enfrentamos

GCH
Hay una confusión en el planteamiento básico de los problemas que encara Panamá en este momento de su historia.
Se da por sentado que la economía crece en una sociedad que no cambia.
En ese sentido, por ejemplo, la desigualdad puede incrementarse, sin duda, pero sigue siendo un problema ancestral, etc.
En realidad, el crecimiento – y la desigualdad – son formas – entre otras- en que se expresa un proceso más complejo de transformación de la sociedad, de su economía, y de su cultura.
Fuimos una economía rural atrasada.
Las dos zonas más prósperas de aquella economía estaban asociadas a enclaves económicos que recibían grandes subsidios del resto del país, su población y su territorio: las bananeras, la Zona del Canal, la Zona Libre de Colón.
La integración del Canal a la economía interna, como la inserción de la economía local en la global a través de la formación de la Plataforma de Servicios Transnacionales en torno al Canal, no son hechos que puedan ser reducidos a una mera expansión cuantitativa d ela vieja economía de enclave.
Estamos frente a una nueva economía, aún en formación, cuyo desarrollo va devastando toda la institucionalidad creada para el servicio y reproducción de la economía anterior, así como va haciéndolo con las formas del razonar propias de la cultura asociada a aquella institucionalidad.
Expresión de ello, en el plano cultural, lo es tanto la crisis de dirección en el sistema educativo como la de identidad y propósito en la vida social.
La primera reacción, naturalmente, ha sido la de resistir a esa devastación.
FRENADESO salió así a la defensa de lo que restaba de los derechos sociales otorgados durante el período torrijista populista de 1972 – 1976, como salieron a la defensa de lo que restaba de la institucionalidad restaurada por el golpe de Estado de diciembre de 1989 los sectores democráticos de capas medias.
Todo eso, sin embargo, va de salida.
Los que intuyeron la inminencia de ese cambio – no para conducirlo, sino para explotarlo en su propio beneficio – no saben con qué sustituir lo que tan activamente contribuyen a destruir.
Sus oponentes tampoco saben con qué sustituir lo que ya no están en capacidad de defender.
Todo apunta aquí a confirmar que a lo real hay que estar, no a lo aparente, y que en política lo real “es lo que no se ve”, como lo advirtiera José Martí.
Urge, cada vez más, identificar la naturaleza del cambio que ya está en curso, como la de los rezagos del pasado y los obstáculos de coyuntura que hacen más lento y distorsionan ese cambio, acentuando sus peores rasgos – en lo que hace a la inequidad social y la desesperanza política -, y limitando la posibilidad de encauzarlo en una dirección que se corresponda con los mejores intereses del país.
No estamos ante un problema de mala administración del Estado y la economía, sino de gestión del proceso de transformación que nos conduce a una etapa enteramente nueva en nuestra historia.
Esa nueva etapa será recordada por lo mucho peor o mucho mejor que llegue a ser con respecto a la que la precedió.
Libradas las cosas a la espontaneidad del cambio, será sin duda peor.
Encaradas en su carácter contradictorio, apoyando lo que esa contradicción entraña de promesa y previendo a tiempo lo que trae de amenaza, la etapa nueva puede llegar a ser mucho mejor.

Pero nunca, eso sí, será una mera continuidad de la que la precedió.

El legado de Hugo Chávez

El legado de Hugo Chávez
Guillermo Castro Herrera
La muerte de Hugo Chávez priva a nuestra América de una de sus voces más características en la primera década del siglo XXI, y de uno de sus espíritus más solidarios. Su inspiración fue Bolívar, como lo fue de José Antonio Páez, el caudillo “sin más escuela que sus llanos, ni más disciplina que su voluntad, ni más estrategia que el genio, ni más ejército que su horda, [que] sacó a Venezuela del dominio español en una carrera de caballo que duró dieciséis años” [1], como lo caracterizara José Martí en 1888, en el momento en que emprendía su retorno a Caracas, tras morir en el exilio en Nueva York en 1873. Y, como Páez, “jamás fue tan grande como el día en que de un pueblo lejano mandó llamar al cura, para que le tomase, ante la tropa, el juramento de ser fiel a Bolívar”.
En el ejercicio de esa lealtad fue – junto a otros compatriotas de su Patria Grande que también han partido ya, como Néstor Kirchner – de los primeros en promover la resistencia más activa a los males del neoliberalismo en nuestra América, y la reconquista de nuestra personalidad política en el concierto de las naciones en esta hora de crisis y creciente desgobierno mundial. De su política interior – tan contraria siempre al dogma de trasladar a las espaldas de los pobres el peso de los problemas generados por economías deformadas hasta la médula misma por la dependencia -, criticada por algunos como mero subsidio a la pobreza, podría decirse lo que reclamaba Martí a la política social de los liberales de su tiempo: “¡Yerra, pero consuela!  Que el que consuela, nunca yerra.” [2] Y de su política exterior sólo cabe decir, también desde Martí, que contribuyó de una manera decisiva a injertar a nuestra América en el mundo, para crecer con él, y ayudarlo a crecer.
Fue tal fue el éxito de esa política de construcción de espacios de equilibrio en un mundo que se desliza hacia el caos, que aun su adversario más eficaz de sus últimos días optó por hacerlo suyo, y llamar a preservarlo, tras haberse sumado en los años iniciales de aquella labor al intento de cercenarla mediante las violencias de un golpe de Estado. Ahora toca a su pueblo todo – el de la mayoría que le dio su apoyo, como el de la minoría que lo adversó – dar fe de su capacidad para preservar lo mejor de esos frutos, para sí mismos y para el mundo, y de ir más allá de los yerros que hubieran podido limitar la eficacia transformadora de su gestión de estadista. Eso, en lo inmediato. Porque en lo trascendente la verdad de ese legado ya está en movimiento, y seguirá andando hasta que deje de serlo.


[1]“Un héroe americano”. La Nación. Buenos Aires, 13 de mayo de 1888. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VIII.
[2] “La futura esclavitud”. La América. Nueva York, abril de 1884. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XV, 391.

Nosotros los de ahora y los de entonces

Guillermo Castro H.
Conferencia inaugural en el XIV Congreso Nacional de Sociología
Universidad de Panamá, 16 de agosto de 2012
Para Lourdes, siempre
1929 – 2009
La crisis de 1929 tiene especial importancia para el análisis de la que enfrentamos hoy, al menos en dos sentidos. El primero y más general corresponde a su alcance y su importancia histórica. Con ella, el ciclo de desarrollo liberal clásico, que a partir de 1914 había ingresado en plenitud a su fase imperialista, recibió el impulso final que lo llevaría a desembocar – a través de la II Guerra Mundial, y las que la precedieron en España y China – en la fase de desarrollo del moderno sistema mundial que hoy designamos con el término “globalización”. El segundo tiene un carácter más específico. La gestión de la crisis de 1929 proporcionó un importante modelo de referencia en la formación de varias generaciones de científicos sociales latinoamericanos, en lo relativo a la comprensión del lugar y el papel de la región en los procesos de formación y transformación del sistema mundial.
            Así, para las ciencias sociales latinoamericanas en las décadas de 1950 y 1960, el manejo de la crisis de 1929 fue percibido como exitoso en cuanto había logrado dos importantes objetivos. Uno, contener y revertir su terrible impacto inicial y, otro, conducir al sistema mundial a un escalón superior de desarrollo civilizatorio. En el proceso, la ideología del progreso – sucesora a su vez de la de la civilización, tan cercana a las oligarquías de nuestra América – cedió su lugar a la del desarrollo, más adecuada a un mundo que dejaba de estar organizado en metrópolis y colonias para constituirse en una comunidad de Estados independientes vinculados entre sí por un único mercado mundial. Y, de una manera en nada casual, fue entre nosotros donde el desarrollo vino a convertirse en un cuerpo teórico y un imaginario colectivo determinante en la conducta de nuestras sociedades y sus Estados hasta la década de 1980.
Como todo modelo explicativo, éste contiene imprecisiones. Lo descrito en el párrafo anterior, por ejemplo, corresponde a las formas más visibles de gestión de aquella crisis, tales como la intervención masiva del Estado en la economía, la ampliación de los derechos democráticos de las capas medias y los trabajadores en los Estados nacionales de la época, y la creación de servicios públicos eficientes de salud pública, educación masiva y seguridad social en esos países. John Maynard Keynes, en lo económico, como Franklin Delano Roosevelt en lo político y lo social constituyen sin duda los héroes más relevantes de aquel momento histórico en este nivel de visibilidad.
            Un segundo nivel, que ha ganado en visibilidad en estos tiempos, hace a las dos grandes reformas que conoció el sistema mundial en el camino hacia la superación de la crisis. La primera se refiere a la creación de un verdadero sistema monetario internacional a partir de los acuerdos de Breton Woods, en julio de 1944. La segunda, y más notoria, a la creación del moderno sistema interestatal, estructurado como una Organización de las Naciones Unidas, que pasó de medio centenar de Estados fundadores en octubre de 1945, a casi doscientos medio siglo después.
            Estos dos niveles de visibilidad en la gestión de aquella crisis fueron el resultado, también, de circunstancias que hoy no tienen equivalente. La primera y más notoria en el plano político fue la claridad de las opciones enfrentadas: el liberalismo al centro, con el fascismo a la derecha y el comunismo estalinista a la izquierda, definieron de manera prístina el escenario de la geopolítica mundial entonces. Y a eso cabría agregar la amplitud de los espacios sociales, ambientales y políticos de maniobra conque contaba entonces el sistema mundial, y de los que carece hoy.
La baja presión demográfica de una población muy inferior a la actual, sometida en su mayor parte a un vasto sistema colonial – al que cabía agregar los que en aquellos años eran considerados como “espacios vacíos” de la América Latina -, permitía contar con reservas de recursos humanos y naturales que ya no están disponibles. En lo político, el espacio de maniobra se desplegaba en dos vertientes. Por un lado, el carácter restrictivo de la vieja democracia liberal imperante en las sociedades de capitalismo más maduro estimulaba la construcción de consensos en torno a la ampliación de los derechos ciudadanos de las capas medias y los trabajadores. Por el otro, se desplegaba la lucha por alcanzar esos derechos a través de la conformación de Estados nacionales en las regiones coloniales de Asia, África y Oceanía.
Allí, además – como en nuestra América -, esa lucha por derechos elementales se combinaba con el carácter primario de las expectativas sociales. Si el analfabetismo supera la mitad de la población adulta, la expectativa de vida al nacer no va más allá de los cincuenta años, la industrialización no se ha iniciado y la organización de los trabajadores es una novedad, concesiones relativamente pequeñas por parte de los grupos dominantes en materia de educación, salud y seguridad social pueden producir transformaciones importantes y de impacto duradero en el desarrollo social.
Y estaba, por supuesto, el enorme espacio de maniobra que ofrecía el sistema colonial para un crecimiento económico renovado. Si éste ya había cumplido su función inicial de subsidio masivo al despegue del capitalismo en los países centrales, su reorganización como sistema de economías nacionales pudo ofrecer – como en efecto lo hizo – un enorme impulso al nuevo ciclo de expansión económica que tuvo lugar entre las décadas de 1950 y 1970, hasta desembocar en la creación de algunas de las condiciones previstas por Gramsci a comienzos de la década de 1930, cuando en sus cuadernos de la cárcel anotaba lo siguiente:
Atlántico – Pacífico. Función del Atlántico en la civilización y en la economía moderna. ¿Se trasladará este eje al Pacífico?  Las masas de población más grandes del mundo están en el Pacífico: si China y la India se convierten en naciones modernas con grandes masas de producción industrial, su alejamiento de la dependencia europea rompería el equilibrio actual: transformación del continente americano, traslado desde la orilla atlántica a la orilla del Pacífico del eje de la vida americana, etcétera. Ver todas estas cuestiones en términos económicos y políticos (tráficos, etcétera).[1]
Otros niveles de visibilidad en la gestión de la crisis de 1929, muy cercanos a este comentario de Gramsci, han sido y son mucho menos percibidos. En lo que hace a la geocultura del sistema mundial, por ejemplo, el énfasis en la formación del concepto de desarrollo puede ocultar la maduración de formas complejas de identidad, pensamiento y organización política en la periferia del sistema, que han venido a tener importantes consecuencias hasta hoy. Así, por ejemplo, los casos del pensamiento radical democrático de José Martí (1853 – 1895) en América Latina, sintetizado en su ensayo Nuestra América, de enero de 1891; del pensamiento nacional democrático de Sun Yat Sen (1886 – 1925), en China, sintetizado en los Tres Principios del Pueblo – democracia, nacionalismo y bienestar -, y los del humanismo patriótico de Mahatma Gandhi (1869 – 1948) y Nelson Mandela.
Tampoco recibe la atención debida el hecho de que la transición al sistema internacional a partir de la gestión de la crisis de 1929 dependió en una constante medida del recurso a la violencia y el autoritarismo en su periferia. Convertida primero en zona caliente de la Guerra Fría, pasó a ser después el escenario de los llamados “Estados fallidos”, cuya viabilidad depende de la presencia de fuerzas de ocupación extranjeras. Así, a la secuencia inicial de violencias en Palestina, Corea, Argelia, el África ecuatorial, el Sudeste asiático y América Latina, ha sucedido la situación de conflicto endémico, abierto o soterrado en los Balcanes, el Asia Central, el Medio Oriente, el África sub sahariana, y México y Colombia, por mencionar sólo casos muy visibles.
Hoy, en todo caso, está en crisis lo que resultó de aquellas transformaciones. La crisis financiera de 2008, en efecto, se vio precedida por crecientes dificultades en el funcionamiento de los mecanismos de gestión del sistema internacional. Esta dificultad se hizo evidente ya a principios de la década de 1990, en el intento de conciliar el imaginario del desarrollo en el sistema internacional – expresado en el papel del organismo creado para promoverlo, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo -, con el reconocimiento de la insostenibilidad de ese objetivo que emerge como problema en la Cumbre de la Tierra de 1992.
A esa dificultad de orden ideológico y cultural se agrega, poco después, la de orden político que resulta del fracaso del intento de transitar hacia un sistema internacional organizado en torno a la Organización Mundial del Comercio, como resultado de la resistencia masiva a la versión neoliberal de la globalización. A partir de allí, el proceso de globalización pasó a tener dos voceros enfrentados entre sí: los Foros de Davos y de Porto Alegre. Y si bien el primero expresa la aspiración a una organización mucho más eficiente del desarrollo desigual y combinado a escala mundial, y el otro la demanda de un mundo en el que la equidad y la sostenibilidad se requieran mutuamente para un desarrollo que mereciera ser llamado humano, el enfrentamiento entre ambos – como lo advirtiera Immanuel Wallerstein en 2004 -, no está referido “a si estamos o no a favor del capitalismo como sistema mundial”, si no al hecho de que la que está en cuestión es
en lo más esencial, si el sistema de reemplazo será jerárquico y polarizante (esto es, igual o peor que el sistema actual) o será en cambio relativamente democrático e igualitario. Estas son opciones morales básicas, y estar de uno u otro lado determina nuestras políticas.[2]
XXI
Esta crisis – nuestra crisis – ha venido a expresar, así, el agotamiento de las premisas políticas, culturales y ambientales que habían sostenido la transformación del moderno sistema mundial a partir de la segunda postguerra, y definido el de las ciencias sociales como discurso explicativo de su desarrollo.[3] Por lo mismo, ella se ubica de lleno en el terreno de la hegemonía, en cuanto expresa la incapacidad de la geocultura del sistema mundial para dar cuenta de su contradicción más profunda: la del carácter desigual y combinado del desarrollo que ese sistema organiza, del cual depende para existir, y en cuyo marco debe encarar sus problemas o enfrentar el riesgo de su propia implosión.
La complejidad de esta circunstancia nos obliga – y seguirá haciéndolo – a reexaminar una y otra vez nuestras conclusiones sobre el carácter y el significado de esta crisis en el desarrollo del mundo que hemos conocido. Nos encontramos, así, en una circunstancia muy semejante a la que encaraba la generación de jóvenes revolucionarios latinoamericanos de la que formaba parte José Martí en 1881:
Nacidos en una época turbulenta, arrastrados al abrir los ojos a la luz por ideas ya hechas y por corrientes ya creadas, obedeciendo a instintos y a impulsos, más que a juicios y determinaciones, los hombres de la generación actual vivimos en un desconocimiento lastimoso y casi total del problema que nos toca resolver. […] Establecer el problema es necesario, con sus datos, procesos y conclusiones.- Así, sinceramente y tenazmente, se llega al bienestar: no de otro modo. Y se adquieren tamaños de hombres libres.[4]
            El proceso de globalización ha creado ya, en efecto, opciones de un nuevo tipo – desde ciudades – Estado como Singapur hasta regiones económicas de creciente integración política y ascendiente global, como las de Asia Pacífico y el Mercosur -, cuyos oportunidades y necesidades de desarrollo desbordan las capacidades de las estructuras políticas de cooperación intergubernamental, y de las economías organizadas a partir de mercados nacionales. En ese marco, también, están en marcha nuevos y complejos procesos de concentración y centralización del capital. Asistimos otra vez a la destrucción masiva de empleos y de organizaciones productivas; a incrementos en la productividad derivados de la innovación tecnológica combinada con la sobrexplotación de los trabajadores; a la formación de sectores de actividad económica nueva, como el mercado de servicios ambientales, y al conflicto entre nuevas fracciones del capital.
En nuestra América, en conjunto con – y más allá de- los procesos de reforma democrática y estabilización económica que ocurren en Estados tan diversos como los de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Cuba, Brasil, Chile, Uruguay y Argentina, se acentúa el proceso de reorganización territorial de las economías iniciado en la década de 1990. Nuestra región, cada vez más urbanizada, expande sus fronteras de recursos, organiza como verdaderas biofábricas sus espacios de agroexportación, e intensifica la transformación de la naturaleza en capital natural por los medios más diversos, desde la inversión en megaproyectos de infraestructuras, el desarrollo de nuevas y más eficientes modalidades de inserción en el mercado global de servicios ambiéntales, y la creación de los marcos legales y culturales que esos mercados requieren para operar con eficiencia en el nivel glocal.
Todo esto, naturalmente, se presenta acompañado de una cauda de conflictos entre estructuras de convivencia y modelos de gestión política, social, económica y ambiental viejos y nuevos. Esto abre espacio a la formación de alianzas de estas nuevas fracciones con sectores de capas medias urbanas y de pobres de la ciudad y el campo resocializados para bien o para mal en el curso de estos procesos. Y, frente al carácter esencialmente defensivo de las luchas populares en este terreno, establece un campo fecundo para el desarrollo de opciones alternativas que sean viables en cuanto faciliten la creación colectiva de nuevas formas de expresión del interés general de comunidades territoriales, regionales nacionales complejas.
            Nada de esto implica que las luchas sociales – y sin duda la lucha de clases – hayan dejado de ser el motor de la historia. Supone, simplemente, que ese motor ha pasado a operar en un nivel de complejidad que nos obliga a replantearnos una vez más lo que sabíamos o creíamos saber sobre su funcionamiento. ¿De qué clases se trata, en esta etapa de esta historia?; ¿cuáles son, cómo son, dónde están?; ¿qué tienen de común, qué de distinto con el pasado inmediato y mediato del que proceden?; ¿cómo y dónde se estructuran las relaciones que mantienen entre sí en las distintas regiones y las diversas escalas del sistema mundial en que actúan? Y en estos términos, ¿qué posibilidades existen de identificar y establecer formas nuevas de expresión de intereses colectivos, y las formaciones sociales y políticas capaces de ejercer ese interés en cada región y cada ámbito del sistema?
Para las ciencias sociales en general, y para las nuestras en particular, esto plantea singulares desafíos. El primero y más complejo, sin duda, es dejar de ser lo que han sido y son: ámbitos especializados para el estudio del mercado, la sociedad y el Estado en un mundo en el que la historia sólo puede ocuparse del pasado. Estamos otra vez en aquella situación de 1845, en que cabía afirmar que la tarea de interpretar el mundo debía ceder su lugar a la explicarlo para transformarlo. Nos toca, otra vez, recuperar y ejercer aquella negativa “a separar las diferentes disciplinas académicas” a que se refiere Eric J. Hobsbawn cuando, al analizar el significado contemporáneo de la obra de Carlos Marx, señala que, para éste,
Las relaciones sociales (es decir, la organización social en el sentido más amplio) y las fuerzas materiales de producción, a cuyo nivel corresponden, no pueden ser divididas. “La estructura económica de la sociedad está formada por la totalidad de estas relaciones de producción”.[…] El desarrollo económico no puede quedar reducido a “crecimiento económico”, y mucho menos a la variación de factores aislados como la productividad o el índice de acumulación de capital”.[5]
Esto es tanto más necesario en cuanto que la nuestra es, en lo político, una circunstancia de hechos cumplidos. El programa neoliberal es uno de esos hechos, al menos en su forma de Consenso de Washington, por más que muchas de sus políticas lo hayan sobrevivido. El programa inicial de resistencia a las consecuencias del neoliberalismo está agotado también. Los sectores subordinados carecen de un proyecto alternativo. Los sectores dominantes también. En ambos campos se acentúan las contradicciones internas, con la salvedad de que es más viable la resistencia desde estructuras profundas de encuadramiento y dominación que permanecen esencialmente intactas, que el paso a una ofensiva general de los dominados contra esas estructuras.
Las cosas, en suma, ya no son lo que eran, ni volverán a serlo. Tampoco, sin embargo, han llegado a ser lo que serán. Por lo mismo, cabe recordar que, si bien nunca existe un pasado al cual regresar, la crisis abre ante nosotros múltiples opciones de futuro a construir. A esas opciones es que cabe referir todas las propuestas que afloran por todos los ámbitos de nuestra cultura, desde el bien vivir hasta  la demanda de un mundo en que quepan todos los mundos.
Al propio tiempo, esta circunstancia – en que los conflictos que emergen de la crisis se combinan con los que fueron mediatizados pero no resueltos en el ciclo hegemónico que culmina – ofrece nuevas posibilidades de construcción de entendimientos entre movimientos sociales emergentes que se expresan desde racionalidades y con voces sin cabida en la geocultura que implosiona. El detalle de esos entendimientos en casos particulares será diverso, pero sus lineamientos fundamentales ganan cada día en claridad: gobierno basado en el consenso; autoridad funcional, no jerárquica ni de casta; igualdad sustentada en la equidad; armonía en las relaciones sociales, y en las interacciones entre sistemas sociales y sistemas naturales, y una producción centrada en valores de uso, y en la valoración de los recursos a partir de la función que cumplen en los ecosistemas que los proveen.
Lo esencial, ahora, es que los sectores oprimidos – siempre a la defensiva, siempre empujados a la dispersión por el acoso incesante de los opresores- despliegan capacidades de iniciativa y concertación que habían estado ausentes de la política latinoamericana desde la década de 1980. Una vez más: no hay en nuestra América batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. Volvemos al camino que va de Martí a Mariátegui, y allí al Che, a la Teología de la Liberación y a los movimientos sociales nuevos. El pequeño género humano que dio de sí a Bolívar ha dicho otra vez ¡basta!, y otra vez ha echado a andar.
Buenos Aires – Panamá, septiembre de 2009 / agosto de 2012


[1] Cuadernos de la Cárcel. Edición crítica del Instituto Gramsci. A cargo de Valentino Gerratana. Ediciones ERA, México, I, 276.
[2] “Después del desarrollismo”. Ponencia presentada en la conferencia “Development Challenges for the 21st Century”, Universidad de Cornell, Octubre 1, 2004.
[3] En estas circunstancias – sobre todo a partir del derrumbe del socialismo en la Unión Soviética y Europa Oriental, que hace recaer todo el peso de la crisis sobre el centro liberal – no es de extrañar que  se multipliquen lo que Gramsci llamó “fenómenos morbosos” que caracterizan la fragmentación de los marcos preexistentes de referencia y control. Tal es el caso de la creciente importancia política que adquiere la difusión de los fundamentalismos de todo tipo, regresiones populistas, fragmentación y disolución de formaciones estatales, migraciones sin control y situaciones de carácter cuasi maltusiano que asolan regiones completas, como el África subsahariana, en un marco de erosión generalizada de las formas tradicionales de autoridad moral y política y de generalización del recurso a la violencia como medio de control social.
[4] José Martí, Cuadernos de apuntes, 1881. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975.
[5] Cómo Cambiar el Mundo. Marx y el marxismo 1840 – 2011. Crítica, Barcelona, pp. 143 – 144.

Nota sobre el país que viene

Panamá: Nota sobre las transformaciones en curso en la sociedad y el Estado

Guillermo Castro Herrera
En el análisis de la formación y las transformaciones de las estructuras y las prácticas sociales tienen especial importancia dos tipos de proceso histórico distinto, estrechamente relacionados entre sí. El primero corresponde a procesos organizados en torno a estructuras de larga duración, como las derivadas de la función de tránsito desempeñada por el territorio de Panamáen la formación y desarrollo del mercado mundial desde el siglo XVI. El segundo, a procesos de transición entre momentos distintos de organización de la vida social.
A lo largo de estos procesos, los diversos elementos de la vida social cosas dejan de ser lo que habían sido en un período anterior, cambian a ritmos con frecuencia muy desiguales – a menudo acompañadas por formas aberrantes de ejercicio de la política -, y terminan por desembocar en estructuras generales de una calidad distinta a la precedente. Nuestra sociedad se encuentra hoy inmersa en un proceso de ese tipo.
No es el primero, por supuesto. Uno ocurrió a lo largo del siglo XVI, cuando el Istmo transitó desde una situación de desarrollo humano separado del mercado mundial, a otra de desarrollo integrado al de ese mercado. Otro tuvo lugar durante el período de adhesión a la Gran Colombia, en cuyo marco ocurrió nuestra transición desde la condición de dominio de la Corona española a la de Estado nacional independiente. Y otro más tuvo lugar a lo largo del siglo XX, que llevó a ese Estado desde su condición semicolonial de origen hasta la de Estado nacional en vías de maduración, en que se encuentra hoy.
Las contradicciones inherentes a la maduración de ese Estado y de su sociedad constituyen el aspecto principal del proceso de transformación que encaramos hoy. Este proceso se expresa en una serie de transformaciones en curso, de entre las cuales cabe mencionar por ejemplo las siguientes:
  1. La transformación de una economía de enclave, articulada en torno a un canal vinculado a la economía interna de los Estados Unidos, y dotada apenas de un sector agropecuario atrasado, y de una Zona de Libre Comercio y un Centro Financiero Internacional volcados hacia el exterior, que hoy se estructura a partir de una Plataforma de Servicios Globales en pleno desarrollo, y de un mercado de servicios ambientales en proceso de formación.
  2. La incorporación a la vida nacional de nuevos sectores emergentes – desde corporaciones transnacionales hasta movimientos indígenas y de trabajadores -, que se combina con la declinación de actores tradicionales de gran influencia ayer apenas, como las organizaciones empresariales, gremiales y sindicales forjadas al interior de la vieja sociedad semicolonial.
  3. La transformación de una sociedad de fuertes valores rurales y estrechos vínculos entre los sectores populares y capas medias profesionales de origen reciente, en otra de carácter urbano, de gran desigualdad estructural, que aún se encuentra en el proceso de construir su nueva identidad.
  4. La transformación de los pobres de la ciudad y el campo desde una situación de aceptación más o menos pacífica de su condición de marginalidad hacia otra de creciente voluntad y capacidad para reclamar mejores condiciones de vida, a partir de la actividad tanto de sectores de trabajadores urbanos cada vez mejor educados y organizados, como del incremento en el número y las mejoras en la educación y la organización de grupos antes marginales, como los pueblos originarios.
  5. La creciente vinculación de nuestros movimientos sociales a la vida política de la región, que deja atrás un prolongado período de aislamiento parroquial y abre posibilidades inéditas de aprendizaje y maduración política a una población que se caracteriza en su bajísimo nivel de organización y su alto nivel de dependencia de los peores hábitos del clientelismo político.
  6. El deterioro ideológico, político y moral de los grupos dirigentes tradicionales y sus organismos de participación política y concertación social, que han perdido toda capacidad de expresar el interés general de la nación en un proyecto de desarrollo realmente alternativo.
En este marco general, en el que todo lo que apenas ayer parecía sólido hoy se desintegra ante los ojos del país entero, el proceso de transformación del Estado es por necesidad lento, contradictorio, de apariencia errática, y se presenta preñado de riesgos de confrontación interna. En ausencia de un bloque histórico capaz de conducirlo, ese proceso ha operado a partir de tres factores principales.
El primero ha sido el debilitamiento de la capacidad de gestión de los grandes organismos estatales a cargo de la atención a demandas sociales masivas, como las de educación, salud y seguridad social. El segundo, la multiplicación de agencias con mandatos específicos en sectores como los del transporte, el agua, la recolección de desechos, la energía, la incorporación de tecnologías innovadoras a la gestión pública, y la administración de bienes públicos, como las tierras del Estado. Y el tercero consiste en la creciente militarización de la fuerza pública, en curso desde fines de la década de 1990, y su implicación cada vez mayor en proyectos regionales de seguridad y control.
De momento, esto nos ha llevado a la situación – paradójica solo en apariencia – de que Panamá haya venido a tener en el siglo XXI un gobierno cada vez más fuerte en un Estado cada vez más débil. Con ello, atravesamos por una circunstancia caracterizada por la erosión simultánea de la eficiencia del Gobierno y de la legitimidad del Estado en la tarea de conducir las transformaciones en curso en el país, que genera un riesgo creciente de anomia social y política.
Aun así, el nuestro es todavía un tiempo “de ebullición, no de condensación; de mezcla de elementos, no de obra enérgica de elementos unidos”, en el que “las especies luchan por el dominio en la unidad del género”, como dijera del suyo José Martí del suyo en 1881. En estas circunstancias, el problema mayor que debemos encarar es el de crear las condiciones que permitan hacer posible lo que ya es percibido como necesario por sectores cada vez más amplios de nuestra sociedad, cada uno desde su propia perspectiva de interés.
Frente a todo esto, podemos tener motivos de optimismo bien fundados. Nosotros, los panameños, hemos sido capaces en el pasado de encarar con éxito desafíos de tan extraordinaria complejidad como la negociación de los Tratados Torrijos Carter, que pusieron fin tanto al enclave colonial norteamericano en Panamá, como a la condición semicolonial de nuestro Estado.
Dado que a fin de cuentas la política es cultura en acto, trabajar con la gente, y desde ella, será la mejor manera de vincular entre sí las iniciativas que ya están en marcha en el país, y de proporcionarles la orientación que les permita contribuir a establecer en Panamá un Estado capaz de representar y ejercer el interés general de la nación en este momento de su historia. Por eso mismo, crear las condiciones que permitan a nuestra gente conocerse y ejercerse en la construcción de una vida justa y buena para todos es, sin duda, el más importante desafío que encaran hoy los hombres y mujeres de cultura de mi tierra.